sábado, 9 de enero de 2016

Grupo salvaje / Daniel Bernabé


 Para el autor lo importante no es qué debe hacer Podemos, sino si hay suficiente gente que piensa que las ideas defendidas por IU (más allá de la organización en sí) pueden conformar un proyecto diferente al primero.





En 1969, Sam Peckinpah firmó Grupo Salvaje, una historia, en apariencia, sobre una banda de asaltantes de bancos en el crepúsculo de aquello que se dio en llamar el oeste americano. La película es un western en cuanto a la estética polvorienta y desolada pero apenas cumple ninguno de los atributos clásicos del género: no hay buenos ni malos, sino tan sólo supervivientes. Por contra levantó críticas debido a la excesiva violencia que destilaban sus escenas, una violencia poco común para el cine del momento (muerte cruenta de niños y mujeres, por ejemplo) pero presente, en ese mismo año, en aquel país del sudeste asiático llamado Vietnam. The Wild Bunch, en su título original, era algo más que eso. Narraba la gran tragedia de quien mantiene una forma de vida que ya no es aceptada en una nueva época, más sofisticada pero tan salvaje como la anterior.

Las películas de Sam Peckinpah van de esto, de la irresoluble contradicción entre la construcción de un presente deudor de una sociedad cerrada y sus antagonistas, los que se oponen a aceptar unas reglas que saben hipócritas, injustas y sobre todo favorecedoras de privilegios. Puede que los personajes de Peckinpah no sean buenos, pero sí son héroes clásicos: enfrentan el conflicto que su resistencia a lo pautado les provoca.
Nosotros también vivimos un inicio de siglo, un cambio de época. De los muchos debates que nuestro momento nos ha dado hay uno que crepita insistente en las brasas de la esfera pública, esto es, el debate sobre la izquierda. Tanto es así que la propia palabra que da nombre, más que a una ideología concreta, a unas formas de dirigirse en la vida, se ve cuestionada. Lo nuevo pretende ser una ola, que en su afán por diferenciarse, arrasa incluso el léxico originario.

Este debate encierra uno concreto, el del destino de IU. En un momento de tensión las zonas que más sufren son las que se sitúan en los puntos de quiebra, e IU estaba justo sobre la falla, en ese lugar indeterminado entre institucionalidad y superación, aceptación de las costumbres políticas y nuevas formas de hacer.
A mí, sinceramente, el destino de IU me preocupa relativamente poco, visto, sobre todo, la prontitud con que algunos de sus cargos públicos y parte de su dirección han dado el salto por la borda. En la vida nunca se puede penalizar el cambio, pero sí señalar, al menos, a los oficiales que abandonan el navío en plena tormenta: si tan claro tenían el chaparrón deberían haberlo anticipado. Es comprensible el enfado de una tripulación -afiliados, simpatizantes y votantes- que ven alejarse en barquitas a quien, hasta hace nada, decía ser el recambio a la vieja guardia del aparato. Aparato, por cierto, del que todos formaban parte. Cualquier dirección política o cargo público debería saber que, si está ahí, si sus palabras tienen una resonancia particular o su trayectoria se ha convertido en carrera política, es, sobre todo, por esa gente anónima que les eligió como sus representantes y trabajó en la sombra sin aspiraciones personales.

Decía que el futuro de IU me preocupa relativamente poco. Lo que sí me preocupa, en serio, es el hundimiento de determinadas ideas que empiezan a quedar relegadas a un espacio injusto, máxime viendo el panorama político y sus consecuencias sociales.
Porque al final esto va bastante más allá de Podemos e IU o las expresiones confluyentes municipales o autonómicas. Va de cómo enfrentar el cambio. El cambio, sí, pero no ese que nos hemos narrado con mejor voluntad que acierto, sino el que ya está en marcha, tanto en este país como a nivel europeo y que comprende, entre otros asuntos, autoritarismo y militarización, destrucción del sistema de derechos o quiebra de la estabilidad laboral.
Si hay algo que me molesta profundamente -en política, en todo- es que la validación de las ideas dependa exclusivamente de su repetición. Si hay algo que me preocupa es que esa repetición dependa más de la calidad mediática del que las expresa que de las propias ideas.




Por ejemplo, la próxima vez que alguien cite al 15M como excusa sería de agradecer que se quitara el hábito. Mi generación sufrió la elevación a los altares de Mayo del 68, en versión hispana corrí-delante-de-los-grises y me temo, que si la cosa sigue así, el mayo de las acampadas sigue el mismo camino. El 15M, hoy, para la mayoría social trabajadora de este país no supone absolutamente nada, acaso un eco lejano de algo que no afectó a su materialidad demasiado. Y ya. Que ese momento haya tomado la categoría de acontecimiento fundacional no responde a más motivo que el que da carta de naturaleza a la mayoría de religiones, la necesidad del sacerdocio resultante de mantener el mito para validarse a sí mismos. Ni el 15m fue la primera vez que la sociedad se organizó al margen de un partido o sindicato concreto ni será la última. El 15m no fue la protesta más masiva del periodo antecedente ni de lejos. Y sí, el 15m dio algunas ideas interesantes, la mayoría ya desactivadas por la estructura cultural dominante hace tiempo (véase el sí se puede de Rivera o la publicidad de cualquier producto con gente representando asambleas, y luego revisen su concepto de hegemonía).

Digo esto del 15M porque para volver a tomar las calles, las plazas y la iniciativa en la agenda pública creo que nos deberían interesar más ejemplos, como las Marchas de la Dignidad, las expresiones descentralizadas y no espectacularizadas de barrios en conflicto o las luchas de barrenderos, Movistar, HP o Coca-Cola.

Acontecimientos, también del periodo antecedente, los cuales han generado mucha menos literatura pero cuyas repercusiones han sido más concretas y tangibles. No se trata de contraponer, pero sí de hacer notar la memoria selectiva respecto a aquellos conflictos donde los que narran el debate de la izquierda o no estuvieron o su presencia no fue tan decisiva como hubieran deseado.

Aquí, lo que se plantea, no es cómo debería ser eso que se ha llamado nueva política, sino si existe espacio para una política de clase. O en términos más concretos, no qué debe hacer Podemos, sino si hay suficiente gente que piensa que las ideas defendidas por IU (más allá de la organización en sí) pueden conformar un proyecto diferente al primero.

La idea general no debería ser tanto ese, ya, lugar común de repensar la izquierda, sino evitar que ésta perezca entre prisas y supuestas novedades. Es cierto que las banderas no abrigan ante la intemperie o que las siglas no conforman cuerpo teórico, casi tanto como que vagar con un rumbo dependiente de figuras carismáticas, los bandazos tácticos y las cesiones concretas sonrojantes tampoco me parecen un buen plan.

La izquierda de este país (y aquí que se incluya quien quiera, ya sin dramatismos ni exigencias) no puede permitirse estar atrapada en un bucle inacabable entre lo simbólico y lo procedimental, es decir, en esas formas de hacer y pensar tan propias de los que han renunciado a la transformación material.

Entre otras cosas porque equivoca y olvida, acomplejada por los nuevos discursos, a los suyos, a esa gente de la que nunca se habla, a esas que cada día ponen en marcha la maquinaria capitalista. Personas a las que en su cotidianidad nadie les da respuestas a problemas concretos que no serán solucionados por declaraciones de transparencia, ejercicios de supuesta participación o creación de nuevas identidades artificiales por los que dicen renegar de la identidad.

Esa gente existe y no nos espera ni le interesan nuestros alambicados debates porque están, estamos, demasiado ocupados sobreviviendo. Todo el tiempo perdido en no llevar la ideología a su vida y no tan sólo ese pálido reflejo táctico llamado electoralismo son instantes ocupados por la enorme capacidad del sistema para imponer sus prejuicios, sesgos y formas de actuar. No se trata, deconstruyendo otro falso debate, en que sólo haya una forma posible de ganar elecciones, se trata de que mientras que sólo pensemos en cómo desnaturalizarnos para ganar elecciones seremos incapaces de ganar la vida.

Daniel Bernabé


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