jueves, 4 de febrero de 2016

Pascal Quignard cita a Ovidio



La impotencia (languor) es la obsesión romana y converge con el espanto. En el libro III de los Amores, Ovidio relata un fiasco y describe los terrores supersticiosos que lo rodean: “En vano la tuve entre mis brazos. Estaba inerte (languidus). Yacía como un fardo sobre la cama. Yo sentía deseos. Ella sentía deseos. Pero no pude esgrimir mi sexo (inguinis). Mis riñones estaban muertos.

Por más que ella rodeaba mi cuello con sus brazos más blancos que la nieve de Sithonia, deslizaba su lengua dentro de mi boca, provocaba mi lengua. Por más que pasaba su pierna debajo de la mía, me llamaba su dueño (dominum), susurraba todas las palabras que excitan. Mi miembro adormecido, como frotado con la fría cicuta, no me secundó. Yacía inerte, pura apariencia, peso inútil, a medio camino entre el cuerpo de un hombre y una sombra de los infiernos. Ella se fue de mis brazos tan pura como la Vestal que va piadosamente a velar la llama eterna. ¿Acaso un veneno de Tesalia paraliza mis fuerzas? ¿Acaso un hechizo? ¿Son hierbas que me hacen mal? ¿Acaso una maga escribió mi nombre en la cera roja? ¿Hundió una aguja acerada en medio de mi hígado? Si se le lanza un sortilegio, Ceres no es más que una hierba estéril. También las fuentes se secan cuando les hacen una brujería. El encantamiento separa la bellota del roble. El racimo de uvas cae de la vid. Los cantos funestos hacen caer los frutos del árbol antes de que se lo haya sacudido.




¿No podrían también las artes de la magia dormir ese nervio (nervos)? ¿Eso fue lo que me volvió impotente (impatiens)? A todo esto se añadió la vergüenza (pudor). La vergüenza amplificó la flaqueza. ¡Y qué maravillosa mujer tenía sin embargo ante mis ojos! La tocaba tan de cerca como su túnica la roza durante el día. Pero la infortunada no tocaba a un hombre (vir). La vida junto a la virilidad se habían separado de mí. ¿Qué placer les puede provocar a oídos sordos el canto de Phemius? ¿Qué placer puede darles a los ojos muertos de Thamyras un cuadro pintado (picta tabella)? ¿Qué placeres no me había prometido secretamente para esa noche? Había soñado los gestos. Había imaginado las posiciones. Y todo para mi miembro, lamentable, como muerto por anticipado (praemortua), más languideciente que una rosa cortada la víspera. Pero sucede que ahora se endurece, recobra un vigor a destiempo (intempestiva). Y entonces reclama servicio y quiere emprender el combate.



¡La peor parte de mí mismo (pars pessima nostri), no tienes pudor!
Traicionaste a tu dueño (dominum). Dulcemente ella acercó su mano, lo tomó, lo movió (sollicitare). Pero cuando todo su arte resultó sin efecto exclamó: “¿Te burlas (ludis) de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, a venir a extender tus miembros en mi cama si no tenías deseos? ¿O acaso la envenenadora de Ea anudó sus tablillas para lanzarte un sortilegio? ¿O antes de venir aquí te agotó

otra muchacha?”. En seguida saltó de la cama, cubierta simplemente con su túnica, sin tomarse el trabajo de atar sus sandalias. Luego, para disimular que estaba intacta de mi semen, fingió que se lavaba la ingle”.

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