sábado, 5 de marzo de 2016

Sufragistas / Lidia Falcón



La película del mismo título que acaba de estrenarse en los cines españoles nos cuenta en imágenes, por bendita primera vez, la epopeya de las sufragistas inglesas que en reclamación de su derecho al voto lucharon durante 70 años para lograr convencer a los diferentes legisladores de su Majestad británica de que también eran seres humanos.

Lo hicieron en las peores condiciones que puede hacerlo una clase en lucha, es decir no solo se enfrentaron a los patronos, a los gobiernos y a las fuerzas de represión que cargaron con toda crueldad contra las rebeldes, sino, más penosamente, contra sus propios maridos, padres, hermanos, amigos y colegas. No solo la policía las hirió con porrazos y disparos en las manifestaciones callejeras, en los intentos de huelga y en el enfrentamiento con los empresarios, sino que fueron víctimas sistemáticamente de los abusos sexuales y violaciones de los patronos y de sus “compañeros” de trabajo, y de la tiranía de sus maridos, que la ley permitía.

No solo sufrieron físicamente los golpes y las heridas y la alimentación forzada mediante sistemas medievales que les insertaban a la fuerza gomas en la nariz y en la boca por las que mediante un embudo les introducían alimentos líquidos, sino también fueron maltratadas psicológicamente mediante las humillaciones, los insultos y el menosprecio de sus familiares y de los otros obreros. No solo fueron heridas en su cuerpo sino también en su alma, en su dignidad, lo que no ha sufrido nunca el Movimiento Obrero, que a pesar de sus derrotas ha sido siempre respetado, hasta por sus enemigos. Durante 78 años los periódicos del muy poderoso Imperio británico no las mencionaron por otro nombre que el de “las locas”.




La película relata la decisión tomada por un pequeño grupo de obreras –y eso que siempre se ha intentado desprestigiar al Movimiento Feminista de aquella época acusándolo de elitista y formado por señoras burguesas- de lanzarse a realizar algunas acciones violentas, ante la imposibilidad de lograr por medios pacíficos que la Cámara de los Comunes aprobara una nueva Ley electoral que permitiera el sufragio a las mujeres. En el momento de la película las inglesas llevaban cincuenta años desarrollando una campaña legal, mediante manifestaciones, asambleas, reuniones, escritos, artículos de prensa, conferencias, debates en el Parlamento, sin que obtuvieran ningún avance en sus pretensiones.
Ni los testimonios que algunas obreras deponen en una Comisión del Parlamento sobre la explotación y el maltrato que sufren –comienzan a trabajar en la lavandería a los siete años– conmueve el pétreo corazón de los señores diputados ni del Presidente del Gobierno.  Es esta nueva negativa y el fracaso que conlleva la que las induce a quemar buzones de correos y la casa de veraneo del Presidente.

Son tantas las vejaciones, la descarnada explotación que sufren, las enormes diferencias de salario con los obreros, los partos sobrellevados en la propia lavandería –la protagonista nace de tal guisa, y los bebés se escondían en el suelo entre las máquinas–, las enfermedades que padecen y la escasa expectativa de vida que tenían las lavanderas, que aquella breve explosión de violencia es minúscula en comparación con la que el poder ejerce impunemente contra ellas.  Y Emily Davidson llega al propio sacrificio cuando se tira sobre uno de los caballos del Derby real en plena carrera, esgrimiendo la pancarta de “Votes for Women”, muriendo en el acto.
Gracias repetidas debemos darle a la directora y a todo el equipo que ha llevado al cine esta pequeña parte de la heroica epopeya que vivieron las sufragistas inglesas, ya que ningún otro director ni productor se ha sentido nunca emocionado por la gesta de las mujeres, tantos como invierten fortunas en relatarnos  estupideces machistas y batallas masculinas que son las únicas que merecen su reconocimiento.



Así mismo las mujeres estadounidenses lucharon para conseguir el sufragio desde 1848, como se reclama en el Manifiesto de Séneca Falls de ese año, hasta 1920 en que finalmente se les “concede”. Setenta y dos años de reclamaciones, manifiestos, marchas imponentes, presentación de enmiendas en el Congreso, artículos, mítines, conferencias. Como las inglesas, tres cuartos de siglo en los que muchas fueron barridas por la caducidad de la vida, encarceladas, apartadas de la familia y de su inserción social, abandonadas por el marido o expulsadas del domicilio conyugal, a las que se les quitó la potestad sobre sus hijos, los padres las repudiaron y el patrono las despidió de su trabajo. Se vieron en la miseria, durmiendo en la calle, recogidas en alguna iglesia por curas más compasivos que los políticos, y viviendo de la ayuda que les prestaban las asociaciones que luchaban por obtener el estatus de ciudadanas.

Debemos a estas mujeres, y a nuestras precursoras españolas, que no por ser menos y menos arriesgadas, dejaron de sufrir marginación y exclusión social, insultos y desprecios por su defensa del feminismo, todo nuestro homenaje, nuestro agradecimiento, la imprescindible necesidad de que se investigue y se relate con veracidad la epopeya de nuestras antepasadas, que lograron cambiar la situación de servidumbre que padecían las mujeres de sus países, y cuyas ventajas hoy disfrutamos sus nietas y sus bisnietas. Lamentablemente la película olvida en sus letreros finales a España donde en 1931 la III República aprobó el derecho a votar y ser votadas para las mujeres.

Pero sobre todo les debemos proseguir la tarea iniciada por ellas, en muy peores condiciones que las que sufrimos nosotras. Porque cierto es que hoy podemos votar –si el marido nos lo permite, y solo lo que este dice, como vi que sucedía en las primarias de Sevilla y en las elecciones en Madrid-, que existen leyes laborales y derechos civiles que explicitan la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, pero no se quien puede estar tan engañado que piense que no se producen explotaciones, abusos y desprecios contra las mujeres por serlo y contra las obreras por su condición. Sin tener en cuenta –que es mucho no tenerla- la montaña de asesinadas que se ha formado en estos últimos años, y de apaleadas, violadas y abusadas.



En otro artículo, El mapa de la explotación femenina daba unos retazos de la situación laboral de las olivareras de Andalucía, de las plataneras de Canarias, de las camareras de hotel en toda España, de las limpiadoras industriales y domésticas, de las obreras en las fábricas textiles, en las industrias conserveras, en las del tabaco, en las de explosivos, pero a ellas hay que agregar decenas de otros sectores productivos que padecen iguales  sufrimientos e injusticias.
Porque ya es hora de visibilizar las explotaciones de las amas de casa, y para ello nada mejor que comenzar con la sentencia recientemente dictada por el Tribunal Supremo contra la empresa Uralita por la contaminación de asbesto sufrida por las esposas de los obreros, al lavarles la ropa de trabajo.

He aquí una escandalosa –si este país fuese capaz de escandalizarse por algo– prueba de la explotación que padece la mujer que sólo realiza el trabajo de su casa.

Esposas y madres que invierten de 50 a 90 horas semanales en las tareas de fregado, lavado, compra, cocinado, limpieza, alimentación y cuidado de hijos y mayores, sin disponer ni de salario ni de días de descanso ni de vacaciones ni de seguridad social ni indemnizaciones por accidentes o enfermedad común ni jubilación. Solamente la esclavitud tenía las mismas condiciones de trabajo. Y además comparten, como las esposas de los trabajadores de Uralita, muchos de los riesgos laborales de sus maridos, sin que hasta esta histórica sentencia se les haya reconocido, ni en la legislación ni en las declaraciones políticas ni en las tareas sindicales.

Obreras, campesinas, empleadas de servicios, mineras, secretarias, esposas y madres, la mayoría de las mujeres en España siguen padeciendo similares explotaciones a las que denuncia la película Sufragistas.



Y nosotras, sus nietas y bisnietas, ¿estamos a la altura de aquellas heroicas pioneras? Nosotras, las dirigentes de grupos feministas, las políticas de diversos partidos, las profesoras universitarias, las técnicas de igualdad (ahora hasta les pagan), las asistentes sociales, las participantes en tertulias, las escritoras y las politólogas, ¿nos ocupamos realmente de las miserias que padecen nuestras hermanas? La opresión social, el acoso sexual, las diferencias salariales, ¿son motivo principal de nuestras denuncias, escritos, tertulias, asambleas, conferencias y cursos? En las Universidades, ¿no se dan más cursos acerca del amor cortés y el simbólico de la madre que sobre la explotación laboral femenina? ¿No están más interesadas las más mediáticas de las feministas en legalizar la prostitución y divagar sobre la teoría queer?

Y en cuanto a las estrategias actuales para remover las conciencias de los políticos y lograr que aprueben las imprescindibles leyes contra el terrorismo machista, sobre la igualdad salarial y la protección en el trabajo, ¿qué pensamos hacer desde el Movimiento Feminista, aparte de reunirnos las siempre convencidas y cabildear con los partidos, algunas con el único propósito de conseguir un hueco en los sabrosos despachos del Parlamento, del Senado y de los Ayuntamientos?

¿Cuántas serían hoy las decididas a quemar los buzones de correos y la residencia de veraneo de Mariano Rajoy en protesta y denuncia de las injusticias y explotaciones que están sufriendo las trabajadoras?




Y que las feministas no arguyan que hoy las mujeres no viven como hace dos siglos, porque muchas, varios millones, lo siguen haciendo, y quienes se escandalicen con mis declaraciones son las señoritas que comen cada día, disfrutan de piso, coche, vacaciones y empleo remunerado, e investigan y escriben estúpidas tesis doctorales sobre el pornoterrorismo –que les publican los señores, encantados con esta deriva del feminismo.

Porque aquellas, las que no saben si comerán cada día, apaleadas primero por el padre y más tarde por el marido, las despedidas del empleo y desahuciadas de su casa, después de ser abusadas sexualmente por el empleador, que arrastran consigo varios hijos mocosos y descalzos, de refugio en refugio, no han notado mucha diferencia de su situación con la de sus abuelas. Y aún más triste, quizá las de hoy estén viviendo peor que sus madres.

Lidia Falcón

Madrid, 29 diciembre 2015



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