domingo, 17 de abril de 2016

En el oscuro laberinto de la trama neonazi NSU / Rafael Poch






El caso Snowden muestra que en materia de secretos y crímenes  de Estado las peores sospechas suelen quedarse cortas.  (*)

El caso Snowden muestra que en materia de secretos y crímenes  de Estado las peores sospechas suelen quedarse cortas. Suponíamos que la tecnología digital abría alguna difusa autopista al control orwelliano. Ahora tenemos las pruebas concretas de que la red es el espacio de un control absoluto y sin precedentes: los documentos, los nombres, los organigramas, los programas, las organizaciones y los responsables. Y su enormidad nos sorprende.
Sabemos también que durante décadas Estados Unidos y la OTAN, a través de servicios secretos y grupos especiales, animaron una red de terrorismo preventivo en Europa justificada en las estrategias de contención del comunismo, pero aún falta por conocer muchos detalles.

Los niveles de infiltración de los aparatos de Estado en organizaciones armadas europeas “revolucionarias” de los años sesenta, setenta y ochenta, cuyo mayor mérito fue comprometer y criminalizar grandes movimientos sociales, permiten también sospechar una instrumentalización desde sus primeros momentos.
Muchos años después de cometidos aquellos crímenes, los antiguos secretos de Estado siguen siendo protegidos de la luz pública con gran celo. Su revelación a agua pasada apenas sería dañina, si no fuera porque lo que se protege con ello no es el pasado, sino el presente: la actualidad de esas prácticas.

Es la vigencia de la misma guerra sucia mantenida por aparatos de Estado emancipados de toda atadura y con licencia para actuar más allá de toda frontera legal, la que determina la defensa acérrima del secreto anterior. ¿Por qué sino se habría cubierto con un silencio mediático más que revelador el juicio de Luxemburgo por el caso Bommeleeër?

El tema de este libro tiene que ver en última instancia con esto. Con la razonable sospecha de la complicidad del Estado en la trama terrorista más importante de los últimos veinte años de historia alemana y las reflexiones de presente y futuro que se desprenden de ello.

Alemania es un país en el que el culto al Estado tiene una profunda tradición. Esa tradición incluye un periodo criminal, el del nazismo, que ocupa un lugar principal en la historia de la infamia humana. En pocos países de Europa la “presunción de inocencia” del Estado está tan arraigada en la cultura como en Alemania. El caso de la saga neonazi alemana NSU apesta a secreto de Estado protegido por esa presunción de inocencia cultural.



Tirando del hilo NSU se recoge mucho más que indicios de ambigüedad, chapuza y encubrimiento de crímenes racistas, atentados y atracos. Desde ese hilo se recoge el ovillo de la historia del Estado alemán de posguerra. Puede recordarse que el anticomunismo alemán fue lo que unió a los ex nazis con los militares y administradores de las potencias ocupantes occidentales en la posguerra. Que aquel Estado de posguerra fue reconstruido por los aliados con los materiales del nazismo alegando la fuerza mayor del peligro comunista.

Hoy, mientras se invocan nuevos peligros como el islamista radical y entre conexiones tan parecidas y turbias como las del pasado, asoma una nueva Alemania en el contexto de un tablero mundial dominado por la recomposición de la hegemonía occidental en lucha con nuevas, y no tan nuevas, potencias emergentes.

Esa “quinta Alemania” reunificada por anexión sobre los términos y tradiciones de la República de Bonn, vuelve a expresar ambiciones y tendencias dominantes en la Europa en crisis que ya han contribuido fuertemente a añadir un nuevo frente del Este en Ucrania al tradicional frente Sur, cada vez más revuelto y caótico. Es imperativo regresar a aquella historia para recrear el movimiento contra la guerra y el dominio imperial, y explorar las conexiones entre el anticonstitucional control generalizado de la ciudadanía al servicio de Estados Unidos y sus agencias, la trama terrorista de la OTAN y la manipulación de adversarios en general. En tiempos de crisis y de posible efervescencia social en Europa todas esas maquinaciones tienen un gran terreno por delante.

Los ingenuos, y también los defensores del orden establecido, le llaman a esto “teoría de la conspiración”. Es el recurso estándar para cortar toda sospecha cuando ésta se encuentra todavía en un estadio difuso, “pre-Snowden” podríamos decir. Sin embargo, el pestazo es inevitable y hay que seguir el rastro, digan lo que digan. Es, precisamente, lo que hace el autor de este libro.

Mientras en el país surgen por doquier agitadores institucionales de la necesidad de un nuevo intervencionismo militar alemán en el mundo con sus propias agendas, el caso NSU evidencia el color pardo del Estado, de su policía y sus servicios secretos, para los que desde su fundación de posguerra el peligro siempre estuvo a la izquierda, y, lógicamente nunca en sus propias filas. La relación de la red policial con la trama NSU a lo largo de más de una década es el secreto del momento en Alemania.

Ante esa olorosa sospecha solo cabe apelar a la experiencia Snowden. Considerar que al valorar los rastros e indicios, el peligro siempre será, más bien, quedarse cortos.

Rafael Poch

(*) Este texto es prólogo del libro de Roger Suso, La claveguera marró. Editado en Barcelona por Tigre de Papel. 



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