domingo, 10 de abril de 2016

Párrafos de… Sueños de un paseante solitario / J. J. Rousseau



PRIMER PASEO

Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni sociedad que yo mismo. El más sociable y el más amante de los humanos ha sido proscrito de ella por u n acuerdo unánime. Han buscado en los refinamientos de su odio qué tormento podía serle más cruel a mi alma sensible y han roto violentamente todos los lazos que me ligaban a ellos. Habría amado a los hombres a pesar de ellos mismos. Helos ahí, pues, extraños, desconocidos, nulos, en una palabra, para mí pues que lo han querido. Pero yo, desligado de ellos y de todo, ¿qué soy yo mismo? Ve aquí lo que me queda por buscar. Desgraciadamente, tal búsqueda debe ir precedida de un intuito a mi posición. Es ésta una idea por la que necesariamente ha de pasar para llegar de ellos a mí. De quince y más años acá, que estoy en esta extraña posición aún me parece un sueño. Siempre imagino que me atormenta una indigestión, que duermo con mal sueño y que voy a despertarme bien aliviado de mi dolor encontrándome de nuevo con mis amigos. Sí, sin duda, debo de haber dado un salto de la vigilia al sueño, o más bien de la vida a la muerte, sin darme cuenta. Sacado no sé cómo del orden de las cosas, me he visto precipitado en un caos incomprensible donde nada percibo; y cuanto más pienso en mi situación presente menos puedo comprender dónde estoy. ¡Ah! ¿Cómo hubiera podido prever el destino que me esperaba? ¿Cómo concebirlo aún hoy que estoy entregado a él? ¿Podía suponer en mi sensatez que un día yo, el mismo hombre que era, el mismo que soy todavía, pasaría, sería tomado sin la menor duda por un monstruo, por un emponzoñador, por un asesino, que me convertiría en el horror de la raza humana, en el juguete de la chusma, que los viandantes escupirían sobre mí por todo saludo, que una generación entera se entretendría por un acuerdo unánime en enterrarme vivo? Cuando se operó esta extraña revolución, cogido de sorpresa, al principio me trastornó.



Mis agitaciones, mi indignación me sumieron en un delirio que no tuvo bastante con diez años para calmarse, y en este disparate, he ido suministrando a los rectores de mi destino otros tantos instrumentos con mis imprudencias que ellos han empleado con habilidad para fijarlo irremisiblemente. Durante largo tiempo me he batido tan violenta como inútilmente. Sin pericia, sin arte, sin disimulo, sin prudencia, franco, abierto, impaciente, arrebatado, no he hecho batiéndome sino envolverme más y darles incesantemente nuevos asideros que se han cuidado mucho de despreciar. Sintiendo que todos mis esfuerzos eran inútiles y que estaba atormentándome para nada, he tomado la única decisión que me quedaba por tomar, la de someterme a mi destino sin forcejear más contra la necesidad. En esta resignación he hallado el resarcimiento a todos mis males por la tranquilidad que me procura y que no podía combinarse con el trabajo continuo de una resistencia tan penosa como infructífera. Otra cosa ha contribuido a esta tranquilidad. De todos los refinamientos de su odio mis perseguidores han omitido uno que su animosidad les ha hecho olvidar; y ha sido el de graduar sus efectos tan bien que les permitiera mantener y renovar mis sufrimientos sin cesar produciéndome siempre algún nuevo perjuicio. Si hubieran tenido la pericia de dejarme un rayo de esperanza, aún me tendrían sujeto por ahí. Incluso podrían hacer de mí su juguete mediante un falso señuelo y lacerarme a continuación con un tormento siempre nuevo por mi decepcionada espera. Pero han agotado de antemano todos sus recursos; al no dejarme nada, se han quitado todo a ellos mismos. La difamación, la degradación, la derrisión, el oprobio de que me han cubierto no son más susceptibles de aumento que de disminución; somos por igual incapaces, ellos para agravarlos y yo para evitármelos. Tanto se han apresurado para colmar la medida de mi miseria que ni todo el poder humano, asistido de todas las astucias del infierno, podría añadir nada más.




El mismísimo dolor físico distraería mis penas en vez de aumentarlas. Puede que al arrancarme gritos, me ahorrara gemidos, y los desgarros de mi cuerpo suspenderían los de mi corazón. ¿Qué más he de temer de ellos si todo está consumado? al no poder ya empeorar mi estado, no podrán inspirarme ya alarma. Son la inquietud y el espanto males de los que me han librado para siempre; nunca deja de ser un alivio. Poco me hacen los males reales; admito fácilmente los que padezco, pero no los que temo. Mi imaginación espantadiza los combina, los resuelve, los dilata y los aumenta. Su acechanza me atormenta cien veces más que su presencia, y el amago se me hace más terrible que el golpe. Tan pronto como ocurren, al privarles su acontecer de cuanto de imaginario tenían, les reduce a su justo valor. Los encuentro entonces mucho menores de como me los había figurado, y no dejo, en medio incluso de mi sufrimiento, de sentirme aliviado. En tal estado, liberado de todo nuevo temor y de la inquietud de la espera, la mera costumbre bastará para hacerme más soportable cada día una situación que no puede empeorar con nada, y a medida que se embota el sentimiento por la duración, van careciendo ya de medios para reanimarlo. Ve aquí el bien que me han hecho mis perseguidores al agotar sin mesura las trazas de su animosidad. Se han privado de todo dominio sobre mí, y puedo en lo sucesivo burlarme de ellos. Una calma total se ha restablecido en mi corazón no hace aún ni dos meses. Hacía mucho tiempo que ya no temía nada, p pero seguía esperando, y esta esperanza, ora alimentada ora truncada, constituía una presa por la que mil pasiones diversas no cesaban de agitarme.

Un acontecimiento tan triste como imprevisto acaba finalmente de borrar de mi corazón este débil rayo de esperanza y me ha hecho contemplar mi destino fijado para siempre y sin remisión aquí abajo. Desde entonces me he resignado sin reserva y he encontrado la paz. En cuanto he comenzado a entrever la trama en toda su extensión, he perdido para siempre la idea de atraer en vida al público a mi lado; además, no pudiendo ser recíproco, en adelante el acercamiento me sería sobremanera inútil. Aunque los hombres volvieran a mí, no me encontrarían. Después del desdén que me han inspirado, su comercio se me hará insípido e incluso molesto, y soy cien veces más dichoso en mi soledad de lo que pudiera serlo viviendo con ellos. Han arrancado de mi corazón todas las dulzuras de la sociedad. Ya no podrían germinar de nuevo a mi edad; es demasiado tarde. En lo sucesivo, me hagan bien o mal, todo me es indiferente viniendo de ellos, y hagan lo que hagan, mis contemporáneos nunca serán nada para mí. Pero contaba aún con el futuro y esperaba que una generación superior desentrañaría fácilmente, al examinar mejor tanto los juicios de aquélla sobre mí como su conducta para conmigo, la añagaza de quienes la rigen y me vería por fin tal como soy. Con esta esperanza he escrito mis Diálogos, y ella me ha sugerido mil locas tentativas para hacerlos pasar a la posteridad. Aunque alejada, esta esperanza mantenía mi alma en la misma agitación que cuando aún buscaba en el siglo un corazón justo, y por mucho que las lanzara lejos, mis expectativas me hacían igualmente juguete de los hombres de hoy. He dicho en mis Diálogos en qué basaba esta espera. Me equivocaba. Por ventura, lo he sentido lo bastante a tiempo como para encontrar antes de mi última hora un intervalo de plena quietud y de reposo absoluto. El intervalo comenzó en la época de que hablo y me cabe creer que ya no será interrumpido…(…)




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