viernes, 27 de mayo de 2016

MARCEL PROUST / Ensayos literarios





PREFACIO

Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal. En realidad, como ocurre con las almas de difuntos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, se encarna y se oculta en cuanto muere en algún objeto material. Queda cautiva, cautiva para siempre, a menos que encontremos el objeto. Por él la reconocemos, la invocamos, y se libera. El objeto en donde se esconde —o la sensación, ya que todo objeto es en relación a nosotros sensación— muy bien puede ocurrir que no lo encontremos jamás. Y así es cómo existen horas de nuestra vida que nunca resucitarán. Y es que este objeto es tan pequeño, está tan perdido en el mundo, que hay muy pocas oportunidades de que se cruce en nuestro camino. Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos por siempre para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar. La otra tarde cuando volví helado por la nieve y no me podía calentar, habiéndome puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me propuso hacerme una taza de té, en contra de mi costumbre. Y la casualidad quiso que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en la taza de té, y en el instante en que llevé el pan tostado a mi boca y cuando sentí en mi paladar la sensación de su reblandecimiento cargada de un sabor a té, sufrí un estremecimiento, olor a geranios, a naranjos, una sensación de extraordinaria claridad, de dicha; permanecí inmóvil, temiendo que un solo movimiento interrumpiera lo que estaba pasando en mí y que yo no comprendía, aferrándome en todo momento a aquel pedazo de pan mojado que parecía provocar tantas maravillas, cuando de pronto cedieron, rotas, las barreras de mi memoria, y los veranos que pasé en la casa de campo que he dicho irrumpieron en mi conciencia, con sus mañanas, trayendo consigo el desfile, la carga incesante de las horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y tomaba su té. 



Mojaba un bizcocho y me lo daba a comer. Y cuando hubieron pasado aquellos veranos, la sensación del bizcocho reblandecido en el té fue uno de los refugios en donde habían ido a acurrucarse las horas muertas —muertas para la inteligencia—y en donde sin duda no las habría hallado nunca si esta tarde de invierno, cuando volvía helado de la nieve, mi cocinera no me hubiera ofrecido la bebida a que estaba ligada la resurrección, en virtud de un pacto mágico que yo desconocía. Pero en cuanto probé el bizcocho, se trenzó en la tacita de té, como esas flores japonesas que no agarran más que en el agua, todo un jardín, hasta entonces impreciso y apagado, con sus alamedas olvidadas, macizo por macizo, con todas sus flores. Asimismo muchas de las jornadas de Venecia que la inteligencia no me había podido ofrecer estaban muertas para mí, hasta que el año pasado, al atravesar un patio, me paré en seco en medio del empedrado desigual y brillante. Los amigos con los que me encontraba temieron que hubiese resbalado, pero les hice señas de que siguieran su camino, que ya me reuniría con ellos; un objeto más importante me ataba, aún no sabía cuál, pero en el fondo de mí mismo sentía estremecerse un pasado que no reconocía: fue al poner el pie sobre el empedrado cuando sufrí esa turbación. Sentía una dicha que me invadía, y que iba a enriquecerme con esa sustancia pura hecha de nosotros mismos que representa una impresión pasada, de la vida pura conservada pura (y que no podemos conocer más que conservada, pues en el momento en que la vivimos no acude a nuestra memoria sino rodeada de sensaciones que la eliminan), y que sólo pedía la liberación, venir a aumentar mis tesoros de poesía y de vida. Pero yo no me sentía con fuerzas bastantes para liberarla. ¡Ah!, la inteligencia no me hubiese servido de nada en un momento semejante. Deshice unos cuantos pasos para volver de nuevo a hollar adoquines desiguales y brillantes para intentar tornar al mismo estado. Se trataba de la misma sensación en el pie que había experimentado al pisar el pavimento algo desigual y liso del baptisterio de San Marcos. La sombra que se dejaba caer aquel día sobre el canal en donde me aguardaba una góndola, toda la dicha, toda la riqueza de esas horas, se precipitaron tras aquella sensación reconocida, y aquel mismo día revivió para mí. 



No sólo la inteligencia no puede ayudarnos a esas resurrecciones, sino que incluso estas horas del pasado no van a guarnecerse más que en objetos en donde la inteligencia no ha tratado de encarnarlos. En los objetos con los que has intentado establecer conscientemente relaciones con las horas que viviste no podrá hallar asilo. Y además, si alguna otra cosa puede resucitarlas, aquéllos, cuando renazcan con ella, estarán desprovistos de poesía. Recuerdo que un día de viaje, desde la ventana del vagón, me esforzaba por extraer impresiones del paisaje que pasaba ante mí. Escribía mientras veía pasar el pequeño cementerio aldeano, notaba barras luminosas de sol descendiendo sobre los árboles, las flores del camino parecidas a las del Lys dans la vallée. Luego, rememorando aquellos árboles listados de luz, aquel pequeño cementerio aldeano, trataba de evocar aquella jornada, quiero decir aquella jornada misma y no su frío fantasma. No lo conseguía nunca, y ya había renunciado a conseguirlo, cuando al desayunar el otro día dejé caer mi cuchara sobre el plato. Entonces se produjo el mismo sonido que el del martillo de los guardagujas que golpeaban aquel día las ruedas del tren en las paredes. En el mismo instante, el momento quemante y deslumbrador en que aquel ruido tintineaba revivió en mí, y toda aquella jornada con su poesía, de la que sólo se exceptuaban, ganados para la observación voluntaria y perdidos para la resurrección poética, el cementerio de la aldea, los árboles listados de luz y las flores balzacianas del camino. En ocasiones, por desgracia, encontramos el objeto, la sensación perdida nos hace estremecer, pero ha transcurrido demasiado tiempo, no podemos definir la sensación, requerirla, no resucita. Al cruzar el otro día una oficina, un trozo de tela verde que tapaba una parte de la vidriera rota me hizo detener de pronto, escuchar dentro de mí. Me llegó un resplandor de verano. ¿Por qué? Traté de acordarme. Vi avispas en un rayo de sol, un olor de cerezas en la mesa, y no pude acordarme. Durante un instante fui como esos durmientes que al levantarse durante la noche no saben dónde están, tratan de orientar su cuerpo para tomar conciencia del lugar en que se encuentran, sin saber en qué cama, en qué casa, en qué lugar de la tierra, en qué momento de su vida se encuentran. Hallándome así vacilé un instante, buscando a tientas en torno al recuadro de tela verde, los lugares, el tiempo en donde debía situarse mi recuerdo que apenas despuntaba. Vacilé a un tiempo entre todas las sensaciones confusas, conocidas u olvidadas de mi vida; aquello no duró más que un instante. Inmediatamente no vi ya nada. 


Mi recuerdo se había adormecido para siempre. Cuántas veces, durante un paseo, me han visto así amigos, detenerme ante una alameda que se abría frente a nosotros, o ante un conjunto de árboles, pidiéndoles que me dejaran solo un momento. Todo en vano; para conseguir nuevas fuerzas en mi búsqueda del pasado, a pesar de cerrar los ojos, de no pensar ya en nada, de abrirlos luego de repente, para tratar de volver a ver estos árboles como la primera vez, no lograba saber dónde los había visto. Reconocía su forma, su disposición, la línea que trazaban parecía calcada de algún misterioso dibujo amado, que se agitaba en mi corazón. Pero no podía añadir más, incluso ellos, con su actitud natural y apasionada, parecían expresar su pena por no poderse expresar, por no poderme contar el secreto que sabían, aunque yo no podía desvelarlo. Fantasmas de un pasado querido, tan querido que mi corazón latía como si fuera a estallar, me tendían brazos impotentes, como esas sombras que Éneo encuentra en los infiernos. ¿Estaba ubicado en los paseos por la ciudad donde discurrió mi infancia feliz, se hallaba sólo en ese país imaginario en donde soñé luego con mamá tan enferma, junto a un lago, en un bosque en donde se veía durante toda la noche, país sólo soñado, pero casi tan real como el país de mi infancia, que no era ya más que un sueño? Nunca lo sabré. Y tenía que reunirme con mis amigos, que me esperaban en el recodo del camino, con la angustia de volver la espalda para siempre a un pasado que no volvería a ver, de renegar de los muertos que me tendían brazos impotentes y amorosos, y parecían decirme: Resucítanos. Y antes de reemprender la charla, me volví aún un momento para echar una mirada cada vez menos penetrante en dirección a la línea curva y huidiza de los árboles expresivos y callados que todavía serpeaba ante mis ojos.

Junto a ese pasado, esencia íntima de nosotros mismos, las verdades de la inteligencia se nos antojan bien poco reales. Por eso cuando, sobre todo a partir del momento en que desfallecen nuestras fuerzas, nos dirigimos hacia todo aquello que puede ayudarnos a encontrarlo, deberíamos ser poco comprendidos por esas personas inteligentes que ignoran que el artista vive solo, que el valor absoluto de las cosas que ve no le importa, que la escala de valores no puede residir más que en uno mismo. Puede suceder que una representación musical detestable de un teatro de provincias, un baile que las personas de gusto consideran ridículo, evoquen recuerdos en él, se relacionen con él dentro de un orden de ensueños y de inquietudes, más que una ejecución admirable en la Ópera, una velada de extraordinaria elegancia en el jaubourg Saint-Germain. El nombre de las estaciones en una guía de ferrocarriles, en donde gustará imaginar que desciende del vagón en una tarde de otoño, cuando los árboles están ya desnudos de sus hojas y huelen intensamente en el aire fresco, un libro insípido para las gentes de gusto, lleno de nombres que no ha oído desde la infancia, pueden representar para él un valor distinto a los estupendos libros de filosofía, y llevan a decir a las gentes de gusto que para ser un hombre de talento, tiene gustos muy tontos. Quizá sorprenda que, prestando poca atención a la inteligencia, haya señalado como tema de las pocas páginas que seguirán precisamente algunas de esas observaciones que nos sugiere nuestra inteligencia, en contradicción con las trivialidades que oímos decir o que leemos. En un momento en que quizá mis horas estén contadas (además, ¿no las tienen contadas todos los hombres?), acaso resulte frívolo hacer una labor intelectual. Pero por un lado, aunque las verdades de la inteligencia son menos preciosas que esos secretos del sentimiento de los que hablé hace un rato, también encierran su interés. Un escritor no es sino un poeta. Incluso los más grandes de nuestro siglo, dentro de nuestro mundo imperfecto en donde las obras maestras del arte no son más que residuos del naufragio de grandes inteligencias, han rodeado de una trama de inteligencia las joyas de sentimiento en la que éstas no aparecen más que de vez en cuando. Y si se cree que respecto a este punto importante puede verse cómo se equivocan los mejores de nuestro tiempo, llega un momento en que uno se sacude la pereza y experimenta la necesidad de decirlo. El método de Sainte-Beuve puede que no resulte a primera vista un asunto tan importante. Pero conforme vayan discurriendo estas páginas puede que se vea uno inducido a percatarse de que guarda relación con muy importantes problemas intelectuales, quizá con el que más importancia reviste para un artista, con esa inferioridad de la inteligencia de que hablaba al principio. Y después de todo, esa inferioridad de la inteligencia es preciso pedirle que la fije la inteligencia. Efectivamente, si la inteligencia no merece el máximo galardón, ella es la única capaz de concederlo. Y si conforme a la jerarquía de las virtudes no cuenta más que con un segundo lugar, no hay nadie más que ella capaz de proclamar que es el instinto quien debe ocupar el primero.



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