sábado, 11 de junio de 2016

Elías Canetti: El primer libro, “Auto de fe”



El título es desorientador, pues el que habría de ser mi primer libro fue concebido como uno entre un total de ocho, esbozados todos simultáneamente en el curso de un año: entre el otoño de 1929 y el otoño de 1930. El manuscrito de la primera de estas novelas, en la que después me concentré y que concluí al cabo de otro año, llevaba por título: Kant se incendia. Bajo este título la tuve guardada en casa por espacio de cuatro años, en versión manuscrita, y sólo cuando estuvo a punto de aparecer, en 1935, le di el título que desde entonces lleva: Auto de fe (Die Blendung).

El protagonista de este libro, conocido hoy como Kien, era designado en las primeras versiones con una B., abreviatura de Büchermensch (hombre-libro). Pues así, como hombre-libro, lo tenía yo ante mis ojos, a tal punto que su relación con los libros era mucho más importante que él mismo. Componerse de libros era su único atributo por entonces: no tenía ningún otro. Cuando por fin me senté a escribir su historia en forma coherente, le di el nombre de Brand (incendio). En dicho nombre estaba contenido su final: tenía que acabar en un incendio. Mientras yo ignoraba aún cómo progresaría la novela, una cosa era segura ya desde el comienzo: él mismo se prendería fuego junto con sus libros y ardería con su biblioteca en ese incendio. Por eso se llamaba Brand. Así, pues, sus dos nombres iniciales, Büchermensch y Brand, fueron desde un principio el único dato seguro sobre su persona.



Aunque había también otra cosa segura, y es algo que podríamos calificar de decisivo para el libro: la contrafigura de Teresa, la limitada ama de llaves. Su modelo era tan real como irreal era el propio hombre-libro. En abril de 1927 alquilé una habitación en las afueras de Viena, sobre una colina que dominaba Hacking, en la Hagenberggasse. Ya había vivido antes en cuartos de estudiantes dentro de la ciudad, de modo que, por variar, decidí ahora vivir fuera. El zoológico de Lainz me atraía con sus viejos árboles, y el anuncio de una habitación situada muy cerca del muro del zoológico me llamó la atención de inmediato. Fui a ver el cuarto: la casera me abrió y me condujo al segundo piso, que no tenía sino esa habitación. Ella misma vivía con su familia en la planta baja. Quedé fascinado con la vista: por encima de un campo deportivo se veían los árboles del gran jardín arzobispal, y, al otro lado del valle, en lo alto de la colina opuesta, divisábase Steinhof, la ciudad de los locos, circundada por un muro. Tomé mi decisión en el acto: tenía que instalarme en ese cuarto, de modo que, al lado de la ventana abierta, discutí las condiciones con la dueña. La falda le llegaba hasta el suelo, tenía la cabeza ladeada y, de rato en rato, la inclinaba al otro lado. La primera parrafada que me echó se encuentra, transcrita literalmente, en el tercer capítulo de Auto de fe: sobre la juventud actual y las patatas, que ya cuestan el doble. Fue una monserga bastante larga, y tanto me irritó que la memoricé en seguida. Si bien es cierto que en los años subsiguientes volví a oírla a menudo y con las mismas palabras, no habría podido olvidarla ya tras ese primer encuentro.

En aquella visita inicial puse como condición que mi amiga pudiera ir a verme. La casera insistió en que fuera siempre la misma "señorita novia". La indignación con que le respondí que sólo tenía una, la tranquilizó. Y que también tenía muchos libros, le dije. ¡Pero oiga!", replicó, "¡eso es normal en un señorito estudiante!" Más dificultades tuve con mi condición final: poder colgar los cuadros que siempre llevaba conmigo. Ella exclamó: "¡Ay, mi empapelado tan bonito! ¿Tiene usted que usar chinchetas?" Y yo, implacable, le dije que sí. Llevaba varios años viviendo entre grandes reproducciones de los frescos de la Capilla Sixtina, y mi entrega a los profetas y sibilas de Miguel Ángel era tan absoluta que no los hubiera sacrificado ni siquiera por aquel cuarto. Ella notó mi obstinación y cedió a regañadientes.




A esa habitación, en la que viví seis años, no sólo debo el personaje de Teresa. La perspectiva cotidiana sobre Steinhof, donde vivían seis mil locos, fue para mí un estímulo constante. Estoy totalmente seguro de que, sin aquel cuarto, jamás hubiera escrito Auto de fe.

Pero aún faltaba mucho: yo era a la sazón un estudiante de química que iba diariamente al laboratorio y sólo dedicaba sus tardes a escribir. Tampoco quisiera dar la falsa impresión de que el personaje de Teresa, que sólo surgiría tres años y medio después, tenía más rasgos en común con mi casera que la manera de hablar y cierto parecido externo. Era una empleada de correos jubilada —su marido también había trabajado en correos—, y con —ellos vivían dos hijos ya grandes. Sólo el primer discurso de Teresa fue calcado de la realidad; el resto es invención pura y simple.

A los pocos meses de instalarme en el nuevo cuarto ocurrió algo que dejaría hondas huellas en mi vida ulterior, pero también en la composición de Auto de fe. Fue uno de aquellos acontecimientos públicos, no demasiado frecuentes, que conmueven tanto a una ciudad que después deja de ser la misma.




La mañana del 15 de julio de 1927 no estaba yo, como de costumbre, en el Instituto Químico de la Währingers trasse, sino que me quedé en mi casa. En el Café de Ober-St. Veit leí los diarios de la mañana. Aún recuerdo la indignación que me embargó al coger el Reichspost y ver un titular gigantesco que decía: Una sentencia justa. En el Burgenland se habían producido tiroteos de resultas de los cuales murieron varios obreros. El tribunal había absuelto a los asesinos, y ese veredicto era calificado de "sentencia justa" en el órgano del Partido gubernamental. ¡Pero qué digo calificado: pregonado! Este escarnio a cualquier sentimiento de justicia, más aún que el veredicto mismo, fue lo que provocó una irritación atroz entre la clase obrera vienesa. Desde todos los barrios de Viena, los obreros se dirigieron en filas cerradas al Palacio de Justicia, cuyo simple nombre personificaba para ellos la injusticia. Hasta qué punto fue una reacción totalmente espontánea pude comprobarlo yo también en mi persona. Bajé rápidamente al centro en mi bicicleta y me uní a una de esas filas.

La clase obrera, que era en general disciplinada, confiaba en sus líderes social demócratas y estaba contenta de que el Ayuntamiento de Viena fuese ejemplarmente administrado por ellos, actuó aquel día sin esos líderes. Cuando los obreros prendieron fuego al Palacio de Justicia, el alcalde Seitz, con el brazo derecho en alto, les salió al encuentro en un coche de bomberos. Su gesto no tuvo repercusión alguna: el Palacio de Justicia ardió. Pero la policía recibió orden de disparar y hubo noventa muertos.

Han transcurrido 46 años y aún siento en mis huesos la emoción de aquel día. Es lo más próximo a una revolución que he vivido jamás en carne propia. Cien páginas no bastarían para describir lo que vi. Desde entonces supe perfectamente que nunca necesitaría leer una palabra más sobre el asalto a la Bastilla: me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella, y no opuse la menor resistencia a cuanto emprendía. Me asombra comprobar que, pese a hallarme en ese estado, fuera capaz de registrar todas las escenas concretas que, en forma aislada, iban desfilando ante mis ojos. Quisiera mencionar aquí una de ellas.

En una calle lateral, no muy lejos del Palacio de Justicia en llamas, aunque sí algo apartada, había un hombre que, distanciándose muy claramente de la masa y con los brazos en alto, palmoteaba desesperado sobre su cabeza, sin dejar de gritar en tono lastimero: "¡Las actas se queman! ¡Todas las actas!" "¡Por suerte no son hombres!", le dije yo, pero mis palabras no le interesaron: sólo tenía esas actas en mente. Pensé que tal vez tuviera algo que ver con ellas, que acaso trabajase en el Archivo. Parecía inconsolable y, pese a la situación, lo encontré divertido. Pero al mismo tiempo me irritó. "¡Han matado gente a tiros!", le dije furibundo, "¡y usted piensa en las actas!" Él me miró como a un ser inexistente y repitió, entre lamentos: "¡Las actas se queman! ¡Todas las actas!" Aunque se hubiera apartado un poco, su situación no dejaba de ser peligrosa: su lamento era perceptible, yo mismo lo había oído.



Pocos años más tarde, cuando esbocé la "Comédie Humaine de la locura", bauticé a B., el ratón de biblioteca, con el nombre de Brand. Por entonces no estaba yo consciente de que su nombre y su destino nacieron aquel 15 de julio; admitir esa vinculación me hubiera resultado, sin duda, muy penoso, y quizás hubiera rechazado todo el plan. En cualquier caso, el apellido Brandempezó a oprimirme mientras redactaba la novela. Sucedieron muchas cosas entretanto, y el final, en el que aún ni cabía pensar, parecía excesivamente prefigurado en aquel apellido. Se lo cambié, pues, por el de Kant, y fue éste el que llevó ininterrumpidamente por más tiempo. En agosto de 1931, cuatro años después de aquel 15 de julio, Kant prendió fuego a su biblioteca y sucumbió en el incendio.

Pero ésta fue una consecuencia tardía e imprevista del 15 de julio. Si alguien me hubiera pronosticado entonces una repercusión literaria de este tipo, lo habría hecho volar por los aires. Ya que inmediatamente después, en esos días de profundo abatimiento en los que era imposible pensar en otra cosa —los sucesos que había presenciado volvían constantemente a mi memoria, persiguiéndome noche tras noche hasta en mis sueños—, sólo quedaba una vinculación legítima con la literatura, y era Karl Kraus. Mi idolátrica veneración por él alcanzó entonces su cota máxima. Esa vez fue un sentimiento de gratitud Por un acto público muy concreto, y no sabría decir a quién más hubiera podido agradecerle algo con tanta intensidad. Bajo el choque de la matanza de aquel día, Kraus hizo pegar, en toda Viena, carteles en los que exigía la "dimisión" del jefe de la policía Johann Schober, responsable de la orden de disparar y de los noventa muertos. Kraus lo hizo solo, fue la única personalidad pública que lo hizo, y mientras las demás celebridades —que nunca han escaseado en Viena— no quisieron exponerse ni, quizás, quedar en ridículo, sólo él encontró el valor necesario para manifestar su indignación. Sus carteles fueron lo único capaz de mantenerme en pie aquellos días. Yo iba de uno a otro, deteniéndome ante todos, y tenía la impresión de que toda la justicia de esta Tierra se hallaba condensada en las letras de su nombre.



El año que siguió a este suceso estuvo totalmente dominado por él. Hasta muy entrado el verano de 1928 mis pensamientos no giraron en torno a otra cosa. Estaba más decidido que nunca a explorar lo que era en realidad aquella masa que me había subyugado interior y exteriormente. Proseguí en apariencia los estudios de química y empecé a trabajar en mi tesis doctoral, pero la tarea que me imponían era tan poco interesante que rozaba a duras penas la piel de mi espíritu. Aprovechaba, pues, cualquier momento libre para estudiar las cosas que de verdad me importaban. Por los caminos más variados, y aparentemente más distantes, intenté aproximarme a mi propia experiencia con la masa. La busqué en la historia, y en la historia de todas las culturas. Cada vez me fascinaban más la historia y la antigua filosofía de la China. Con los griegos ya había comenzado mucho antes, en mi época de Francfort; esta vez me sumergí a fondo en los historiadores antiguos, muy especialmente en Tucídides, y en la filosofía de los presocráticos. Era comprensible que estudiase las revoluciones —la inglesa, la francesa y la rusa—, pero también comencé a vislumbrar la importancia de las masas en las religiones, y mi deseo de conocerlas todas, que jamás me ha abandonado desde entonces, se inició en aquella época. Leí a Darwin con la esperanza de encontrar en sus escritos algo sobre formaciones masivas entre los animales, y leí también, muy a fondo, libros sobre las repúblicas de los insectos. Debía dormir muy poco por entonces, pues me pasaba noches enteras leyendo. Escribí algunas cosas e intenté esbozar varios estudios. Todos eran trabajos de exploración previos al libro sobre las masas, pero ahora que los observo desde la perspectiva de la novela, descubro la cantidad de huellas dejadas por estos vastos y apasionados estudios en Auto de fe, que surgió pocos años más tarde.

En el verano de 1928 fui por vez primera a Berlín, y éste fue el siguiente acontecimiento decisivo. Wieland Herzfelde, el fundador de la editorial Malik, buscaba un joven que pudiera ayudarlo a preparar un libro y supo de mí por intermedio de una amiga. Me invitó a Berlín durante las vacaciones universitarias, a vivir en su casa y trabajar allí. Me recibió con gran cordialidad, sin hacerme sentir mi inexperiencia e ignorancia. Y de pronto me vi inmerso en uno de los núcleos de la vida intelectual berlinesa. Él me llevaba a todas partes y pude conocer a sus amigos y a muchísimas otras personas; a veces —en locales como el "Schlichter" o el "Schwanecke"— a una docena al mismo tiempo. Sólo nombraré a los tres que más me interesaron: George Grosz era uno de ellos (yo admiraba sus dibujos desde mis años de colegial en Francfort); Isaak Babel, cuyos dos libros había leído muy poco antes (de todos los libros de la literatura rusa moderna son los que más profundamente me impresionaron); y Brecht, del que sólo conocía unos cuantos poemas, pero de quien se hablaba tanto que su nombre despertaba curiosidad (además, era uno de los pocos escritores jóvenes reconocidos por Karl Kraus). Grosz me regaló su carpeta del Ecce-Homo, que estaba prohibida; Babel me llevaba a todas partes, y en particular al "Aschinger", local donde más a gusto se sentía. Yo vivía maravillado por la sinceridad de ambos, que hablaban conmigo sobre cualquier cosa. Brecht, que advirtió al punto mi ingenuidad y al que —muy comprensiblemente— crispaba mi "elevada espiritualidad", intentaba desconcertarme haciendo observaciones cínicas sobre su persona. Nunca lograba verlo sin que me dijera sobre él cosas chocantes. Yo sentía que Babel, a quien difícilmente hubiera podido aportar algo, me quería, en cambio, por esa inocencia que despertaba los cinismos de Brecht. Grosz, que había leído poco, disfrutaba preguntándome por libros y se hacía recomendar, sin ningún tipo de modestia, cualquier lectura posible.

Sobre aquella etapa berlinesa habría infinidad de cosas que decir, y ahora, en realidad, no estoy diciendo nada. Lo único que quisiera mencionar aquí es la vida, diametralmente opuesta, que llevaba en Viena, donde no conocía a ningún escritor y vivía solo (como, además, todos habían sido condenados por Karl Kraus, tampoco me hubiera interesado conocer a nadie). Sobre Musil y Broch nada sabía por entonces. Muchas de las cosas —casi la mayoría— que tenían éxito en Viena, valían en realidad muy poco; sólo ahora sabemos cuántas cosas importantes surgieron en aquellos años casi a espaldas del público, marginadas y despreciadas por éste, como las obras de Berg y Webern, por ejemplo.

Y de pronto me encontré en Berlín, donde todo era público, donde lo nuevo e interesante era también lo famoso. Solo me movía entre aquellas personas que se conocían todas y llevaban una vida intensa y acelerada. Frecuentaban los mismos locales, hablaban unos de otros sin ningún temor, se amaban y odiaban públicamente y su idiosincrasia quedaba ya de manifiesto en sus primeras frases: era como si quisieran embestirlo a uno con toda su persona. Jamás había visto yo una cantidad de gente tan articulada y al mismo tiempo, tan peculiar y diferenciable entre sí. Era un juego de niños reconocer en el acto a los interesados que, a diferencia de lo que ocurría en Viena, no eran allí precisamente escasos. Yo era presa de la agitación más expansiva y, al mismo tiempo, vivía asustado. Me ocurrían tantas cosas que, lógicamente, quedaba desconcertado. Pero estaba decidido a no dejarme confundir, y esta negativa a sucumbir a una confusión inevitable tuvo penosas consecuencias.

Lo más difícil para un joven puritano —y yo seguía siéndolo debido a las circunstancias peculiares de mis años mozos— era la durísima sexualidad. Veía una serie de cosas que siempre había aborrecido y desfilaban ante mí incesantemente: eran parte integrante de la vida berlinesa de entonces. Todo era posible, todo sucedía; la Viena de Freud, en la que se hablaba de tantas cosas, resultaba de una verbosidad inocua comparada con Berlín. Nunca había tenido la impresión de hallarme tan próximo al mundo entero en cada una de sus zonas, y aquel mundo, que me fue imposible dominar en tres meses, me parecía un mundo de alienados. Tanto llegó a fascinarme que me sentí infeliz de tener que regresar a Viena en octubre. Todo yacía, en mi interior, informe y entreverado como en un monstruoso ovillo. Aquel invierno concluí mis estudios y aprobé los exámenes en primavera. Actuaba sin saber muy bien lo que hacía, pues debajo llevaba ese nuevo caos, que no lograba adormecer. Había prometido a mis amigos que regresaría a Berlín en el verano de 1929. La segunda estancia, que volvió a durar casi tres meses, fue un poco menos febril. Vivía para mí y me obligué a llevar una vida más tranquila. Volví a ver a mucha gente, aunque no a todos. Iba a otros barrios de Berlín, entraba solo en las tabernas y pude conocer otro tipo de gente, obreros sobre todo, pero también burgueses y pequeño-burgueses que no eran artistas ni intelectuales. Me reservaba tiempo e iba anotando muchas cosas.



Cuando volví a Viena aquel otoño, el ovillo amorfo comenzó a desenredarse. Con la química había terminado para siempre: ya sólo deseaba escribir. Me aseguré la subsistencia con unos cuantos libros de Upton Sinclair cuya traducción me había encomendado la editorial Malik. Era un hombre libre, y proseguí los múltiples estudios que me interesaban y había iniciado antes de mi viaje a Berlín: precisamente los trabajos preparatorios al libro sobre la masa. Pero lo que más me inquietaba a mi regreso de Berlín, lo que se negaba a abandonarme, eran las personalidades obsesivas e hiperbólicas que allí había conocido. En Viena viví otra vez solo en la habitación de la que ya he hablado. Casi no veía a nadie, y ante mí, sobre la colina de enfrente, tenía la ciudad de los locos: Steinhof.

Un día se me ocurrió que el mundo ya no podía ser recreado como en las novelas de antes, es decir, desde la perspectiva única del escritor; el mundo se hallaba desintegrado, y sólo si uno se atrevía a mostrarlo en su disolución era posible ofrecer de él alguna imagen verosímil. Esto no significaba, sin embargo, que hubiera que escribir un libro caótico en el que nada fuera inteligible; por el contrario, había que inventar, con una consecuencia extrema, individuos igualmente hiperbólicos —como los que, en definitiva, integraban el mundo—, y yuxtaponerlos en medio de su disparidad. Concebí, pues, aquel proyecto de una "Comédie Humaine de la locura", y esbocé ocho novelas centradas en tomo a una figura distinta y situada al borde de la demencia: cada uno de estos personajes se diferenciaba de los otros hasta en su lenguaje y pensamientos más recónditos. Lo que alguno de ellos experimentaba era de naturaleza tal que ningún otro hubiera podido experimentarlo. Nada podía ser intercambiable, nada debía entremezclarse. Me dije que estaba fabricando ocho reflectores con los cuales, desde fuera, iluminaría el mundo. Pasé un año entero escribiendo sobre estos ocho personajes sin orden ni concierto, según me interesaran en el momento. Había entre ellos un fanático religioso, un tecnólogo soñador que vivía inmerso en proyectos cósmicos, un coleccionista, un poseído por la verdad, un despilfarrador, un enemigo de la muerte y, por último, también un genuino "hombre-libro".

Aún poseo parte de estos exuberantes proyectos —por desgracia sólo partes mínimas—, y hace poco, al releerlos, volvió a despertarse en mí el mismo impulso de entonces y comprendí por qué aquel año permanece en mi recuerdo como el más rico de mi vida. Pues a comienzos del otoño de 1930 se produjo un cambio. El hombre-libro me resultó de improviso tan importante que dejé de lado todos los demás esbozos y me concentré en él por completo. El año en que me había permitido todo fue sustituido por otro de disciplina casi ascética. Cada mañana, sin dejar pasar un solo día, trabajaba en Brand, como ahora se llamaba. No tenía plan alguno, pero me guardaba bien de recaer en el apasionamiento del año anterior. Para no dejarme llevar demasiado lejos, leía continuamente Rojo y negro de Stendhal. Quería avanzar paso a paso y me decía que este libro tendría que ser riguroso y despiadado conmigo mismo y con el lector. La profunda antipatía que me inspiraba la literatura vienesa entonces en boga, me había inmunizado contra todo cuanto pudiera ser agradable o complaciente. Lo más apreciado allí adolecía de sentimentalidad operística, por debajo de la cual venían los lamentables charlatanes y folletinistas. No puedo decir que alguno de ellos significase algo para mí: su prosa me daba asco.

Cuando me pregunto ahora de dónde sacaba el rigor necesario para trabajar así, acabo descubriendo las influencias más heterogéneas. He nombrado a Stendhal: él fue, sin duda, quien me inculcó la claridad. Acababa de concluir el octavo capítulo de Auto de fe, que hoy se llama La muerte, cuando cayó en mis manos La metamorfosis de Kafka. ¡Nada más feliz hubiera podido ocurrirme en aquel momento! Pues ahí encontré, a un grado de perfección suma, la contrapartida de esa ausencia de compromiso que yo tanto odiaba en la literatura: ahí estaba el rigor al que aspiraba, ahí se había alcanzado algo que yo deseaba descubrir para mí solo. Me incliné ante semejante modelo, el más puro de todos, y aunque supiese que era inalcanzable, me dio fuerzas. Creo que mi familiaridad con la química, con sus procesos y sus fórmulas, incidió también en este rigorismo. De ahí que, retrospectivamente, no pueda lamentar en absoluto los cuatro años y medio que pasé en el laboratorio, ocupación que entonces me parecía poco espiritual y restrictiva. Aquel tiempo no se echó a perder: demostró ser una disciplina muy particular para el oficio de escribir.

Tampoco se perdió el año de los esbozos. Como escribía simultáneamente en todos ellos, me había acostumbrado a moverme al mismo tiempo en mundos diferentes, que nada tenían en común y estaban separados entre sí hasta por los detalles de su lenguaje, e iba saltando de uno al otro. Esto incidió positivamente en el aislamiento de los personajes en Auto de fe. Lo que antes había sido aislamiento entre novela y novela, se convirtió ahora en aislamientos en el interior de un solo libro. Aunque el material de esos proyectos quedara en gran parte inutilizado, el método de Auto de fe surgió a partir de ellos. E incluso lo que no llegó a ser escrito de aquellas ocho novelas, las savias secretas de la "Comédie Humaine de la locura", pasó a integrar Auto de fe. Pese a la satisfacción de ver que iba avanzando día a día, que el impulso no me abandonaba ni a mí me apetecía detenerme, la realidad concreta de las frases que anotaba en el papel me torturaba. La crueldad del que se obliga a admitir una verdad lo atormenta sobre todo a él mismo: el escritor se violenta a sí mismo cien veces más que al lector. Había momentos en los que esta sensación llegó casi a persuadirme —salvo mejor parecer— de que concluyera la novela. Si no sucumbí a esta tentación fue en parte debido a los fotograbados del Retablo de Isenheim, que habían sustituido, en mi cuarto, a los frescos de la Capilla Sixtina. Sentía vergüenza ante Grünewald, que emprendió una tarea monstruosamente difícil y perseveró en su empeño por espacio de cuatro años. Todo esto me parece ahora petulante y bombástico. Pero toda veneración de cosas realmente grandes que se vuelve demasiado íntima, tiene algo de presunción. Y aquellas reproducciones de Grünewald, que siempre tenía a mi alrededor, fueron entonces un estímulo imprescindible.

En octubre de 1931, al cabo de un año, la novela estaba terminada. Como ya sabemos, en el curso del trabajo Brand había cambiado de nombre y ahora se llamaba Kant. Pero yo tenía reparos debido a la igualdad con el apellido del filósofo, y supe que no conservaría este nombre. De ahí que el título del manuscrito también fuera provisional: Kant se incendia.

La novela conservó, en cada detalle, la forma que ya había adquirido. Salvo el título y el nombre del sinólogo, nada fue cambiado. Hice encuadernar en tela negra y por separado las tres partes que la integran, y envié los tres pesados tomos, envueltos en un paquete enorme, a Thomas Mann. Al abrirlo, éste debió pensar que se trataba de una trilogía. En mi carta de presentación había yo adoptado un tono entre solemne y arrogante. Suena casi increíble, pero llegué a pensar que lo honraría haciéndole ese envío. Estaba seguro de que le bastaría con abrir uno solo de esos tomos para no poder abandonar ya su lectura. A los pocos días regresaron los tres volúmenes: Mann no los había leído y se disculpaba aduciendo la limitación de sus fuerzas. Yo estaba convencidísimo de haber escrito una novela muy particular, y hasta hoy no he logrado explicarme de dónde saqué esa convicción. Mi reacción ante la denigrante réplica fue dejar reposar el manuscrito y no emprender nada con él.

Fui consecuente durante largo tiempo. Luego me fui ablandando esporádicamente. Mediante lecturas públicas del manuscrito empecé a salir poco a poco del aislamiento de mi vida vienesa. Leí a Musil y a Broch, cuyas obras me dejaron una impresión muy profunda, y los conocí personalmente. Conocí asimismo a otras personas que significaron mucho para mí: Alban Berg, Georg Merkel y Fritz Wotruba. Para ellos y muchos otros mi libro ya existía antes de que el público lo conociera. Yo quería existir sólo para ellos, las auténticas figuras representativas de Viena, y con algunos trabé buenos lazos de amistad. No me parecía humillante que, por espacio de cuatro años, no surgiera ningún editor que se arriesgase a publicar la novela. A veces —muy raramente— cedía a las presiones de un amigo y la llevaba a alguna editorial. Luego recibía cartas donde me explicaban los riesgos de una publicación, pero casi siempre eran cartas respetuosas. Sólo Peter Suhrkamp me hizo sentir muy claramente su profunda antipatía por la novela. Cada rechazo me confirmaba en la certeza de que el libro viviría ulteriormente. Cuando, en 1935, fue decidida su publicación, Broch, con una obstinación inusual en él, me instó a que renunciase al nombre de Kant. Yo siempre había pensado hacerlo, pero esta vez lo hice de veras. El protagonista pasó a llamarse Kien, y algo de su inflamabilidad volvió a entrar en su nombre.[9] Con Kant desapareció también Kant se incendia, y me decidí por el nuevo título, definitivo, de Auto de fe (Die Blendung).

Tal vez no debiera dejar de mencionar que Thomas Mann leyó inmediatamente la novela. Me escribió que, de todos los libros del año, era el que más le había interesado junto con el Henri Quatre de su hermano Heinrich. Su carta, en la que había algunos comentarios inteligentes y muchas lisonjas, me produjo una impresión ambigua; sólo cuando la hube leído comprendí lo absurdo de la herida que, cuatro años antes, me había producido su rechazo.




En Elías Canetti: La conciencia de las palabras 
Primera edición en español, de la segunda en alemán, 1981.
Título original: "Das Gewissen der Worte".

Elías Canetti (Bulgaria, 1905) reunió en La conciencia de las palabras una serie de ensayos escritos entre 1962 y 1974. La yuxtaposición de temas diversos en apariencia —afirma el autor— es precisamente lo que le da sentido a un esfuerzo espiritual por entender nuestro mundo, nuestro tiempo. Kafka y Tolstoi, Karl Kraus y Hitler, Broch y Büchner son algunos nombres significativos que Elías Canetti convoca en esta obra, recorrida por la pasión del conocimiento y por la elegancia literaria que distinguen, de modo inconfundible, a este notable escritor de lengua alemana. El poder, por otra parte, ha sido, al lado de la complejidad del lenguaje, una obsesión para Canetti; La conciencia de las palabras confirma y profundiza esas inquietudes. La adjudicación del Premio Nobel de Literatura en 1981 a Elías Canetti es el reconocimiento a un escritor de proyección universal, atento a los problemas de su época, que ha hecho de la lucidez una emocionada profesión de fe.



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