martes, 14 de junio de 2016

Un parlamento que no pronuncié / Rafael Chirbes *






Un parlamento que no pronuncié 

Cuando recibí el Premio Nacional de Literatura, Modalidad Narrativa, pensé que, en el pequeño parlamento que quería pronunciar en el momento de la entrega, podría explicar las razones que me llevaban a aceptarlo. En mi ignorancia del protocolo, creía que el acto tendría lugar unos pocos días más tarde, y que, en la ceremonia, íbamos a estar no más de ocho o diez premiados (los ganadores de la modalidad de narrativa en las distintas lenguas del Estado, los de poesía y ensayo). Suponía que cada uno de los premiados podría pronunciar unas palabras.

Poco a poco he ido descubriendo que nada es como yo pensé: el acto de entrega se produce un año después del nombramiento y, además, a él acuden no solo los premiados en los distintos apartados literarios, sino todos los que han sido galardonados en cada una de las numerosas ramas, lo que supone una ceremonia en la que desfilan decenas de personas que, por razones obvias, se limitan a dar la mano a quien entrega el pergamino o la bandeja o la medalla (no sé cuál es el objeto en el que se materializa el galardón).

Por otra parte, en la última y reciente edición –en 2015 se han librado los premios del 2012–, en las imágenes que vi en el telediario, los premios los entregaron los Reyes y no el Ministro de Cultura, señor Wert, que se agazapaba tras ellos, y a quien yo, en mi candidez, le había dedicado ese parlamento que nunca leeré, porque no viene al caso en una ceremonia de ese formato, y porque ha pasado el tiempo y lo que escribí para ser dicho de urgencia pierde sentido en la distancia, y sobre todo, porque hoy mismo leo en el periódico que ha sido cesado el señor Wert, destinatario retórico del parlamento. Sin embargo, aunque las circunstancias han vuelto impronunciable el discurso, quisiera que quedase constancia de su existencia, porque, no sé si bien o mal, explica las razones que me llevaron a aceptar un premio de ese calado en tiempos de un gobierno que se afanaba contra sus ciudadanos.




Aquí va el texto del parlamento:

Cuando me comunicaron que mi novela En la orilla había obtenido el Premio Nacional de Literatura, tras la primera sensación de alegría me asaltaron las dudas acerca de si debía aceptarlo o tenía que rechazarlo como –en digno gesto de censura hacia el gobierno actual– han hecho otros premiados. Al tratarse de una distinción promovida por el Ministerio de Cultura, todos suponemos que llega con un suplemento de carga política, y cuantos me conocen saben que siempre he huido del contacto con el poder en cualquiera de sus manifestaciones. Toda mi vida he pensado que un discreto apartamiento beneficia la independencia de mis libros. Por suerte, un escritor puede ejercer su tarea sin tener que ponerse al servicio de nadie: para hacer una novela, incluso una gran novela, no se necesita más que la punta del lápiz, una resma de hojas de papel y un tablón en que apoyarse. Con ese instrumental, un buen escritor puede poner en pie un ejército de varios miles de soldados en un solo renglón. Puede poner un país entero en un libro. Por eso, por la extrema libertad que permite el arte de escribir, mi trabajo no sufre los embates de la política social o cultural, no dependo para nada de sus decisiones, como les ocurre a otros compañeros artistas, músicos, editores, cineastas, trabajadores del audiovisual, actores y productores de teatro, para quienes, sin apoyos, resulta imposible sobrevivir en un mundo dominado por las grandes trasnacionales.

De hecho, mi opinión es que, para un novelista, resulta más peligroso el poder que te halaga y favorece que el que te ignora o te persigue. Así que si estoy aquí, recogiendo este premio, desde luego que no es porque le pida amparo a nadie, ni aspire a un reconocimiento fuera del que recibo de mis lectores, ni –volviendo a la cualidad del premio– mucho menos porque esté de acuerdo con la política de un gobierno que muestra una altiva falta de sensibilidad hacia los de abajo, mientras se comporta como criado servil de sus verdaderos patronos, los lobbies del dinero. El mismo día que recibí el premio le dije a algún periodista que, paradójicamente, desde su ministerio se galardonaba un libro que habla de ustedes, de lo que han hecho de este país con su voracidad, con su orgullo: de toda la desesperación que su bulimia –y la de quienes los han precedido en esta olla podrida de la transición– ha inoculado en los personajes del libro, y ha sembrado en mí, que soy el autor.

Acerca de su política cultural ya le han dado su opinión los colegas que han renunciado al premio. Yo sólo quisiera destacar –rompiendo la lógica de este discurso- algunos de los desmanes de su partido en lo que tengo más cerca, la comunidad en la que vivo, donde, en vez de preocuparse por la ruina del patrimonio que deberían guardar y se les cae a trozos, ocupan su tiempo en perseguir a la academia de la lengua porque ha dicho algo que –excepto los zoquetes de su partido– todo el mundo sabe, y es que valenciano, catalán y mallorquín son variantes de una misma lengua; le hablo de la política de exterminio cultural de sus colegas, un grupo de gobernantes tan peligrosos como descerebrados, que, desde un absoluto desprecio hacia su propio pueblo, se han permitido cerrar las únicas emisoras de radio y televisión que hablaban en valenciano, dándoseles una higa que con ello han provocado un desastre cultural, social y económico de incalculables proporciones.

Pero discúlpeseme esta digresión.
Lo que quiero decir es que no estoy aquí ni por su gobierno, ni por su partido, ni para hacerme la foto con usted, que los dos damos por supuesto que no nos vamos a hacer. Estoy aquí por respeto a un jurado en el que han participado personas cuyo trabajo y dignidad aprecio, y también, por qué no decirlo, para celebrar la alegría que este premio les ha causado a mis amigos y familiares, a tantos lectores que me han llamado emocionados, celebrándolo como si se lo hubieran dado a ellos; por la satisfacción de mi editor Jorge Herralde y de los trabajadores de la editorial Anagrama, por los editores extranjeros, por mis traductores, por toda la gente que trabaja a favor de mis libros y se sienten premiados conmigo. Estoy aquí porque jamás he movido un dedo para conseguir un premio, ni he buscado compromisos ni relaciones con ninguno de los poderes, literarios ni políticos, y porque así de cándidamente y limpio de culpa recibo como llovida del cielo esta distinción que comparto con Ramón J. Sender, que escribió Imán; con Juan Marsé, que escribió Si te dicen que caí; con Ramiro Pinilla, que escribió Las ciegas hormigas; con Carmen Martín Gaite, que escribió El cuento de nunca acabar, o con Manuel Vázquez Montalbán, que escribió El pianista. Todos ellos han sido y son maestros míos. Y yo me siento orgulloso de que mi nombre aparezca al lado de los suyos. Ni puedo ni quiero renunciar a ese honor. Y pienso que no debo sentirme incómodo al estar aquí, en este acto, porque, frente a su frágil y pasajero poder de ministro, yo tengo la fuerza permanente que emana de ellos: hablo de la literatura, de la palabra que se sostiene por sí misma en su grandeza y en su fragilidad. Estoy aquí porque los gobiernos que detentaban el poder en el momento en que se les concedieron a estos maestros los premios –los del cínico González, los del iluminado Aznar, los del falso benevolente Zapatero– han pasado a la historia como pasa un mal sueño, igual que pasará el suyo –triste pesadilla de unos años– mientras queda la palabra de estos escritores. Y estoy aquí porque quiero decirle al pueblo español que este premio es suyo, porque se llama nacional, y no gubernamental; es más, que es obligación suya defenderlo, luchar para que no se lo apropie ningún gobierno, y que, por eso, los españoles deben vigilar a quienes se nos concede, vigilar nuestra obra con el cuidado con que se vigila lo que es propiedad de uno; como deben permanecer vigilantes en todos los demás asuntos de la nación, que es sólo suya. Además, tengo que confesarle, señor Wert, que estoy aquí también movido por un motivo económico: para robarle al cicatero presupuesto de este gobierno –que se preocupa más de la riqueza de los bancos que de la felicidad de su pueblo– un poco de dinero. Cuando dudaba si aceptar el premio, pensé que no podía negarme a recibir esos veinte mil euros que tan bien le vendrán a la Casa de la Caridad de Valencia, institución que a un marxista le parece de nombre muy feo, pero tras el que se esconde un centenario comedor social que, como mi novela, está repleto de personajes creados por su política de capataces de los lobbies, un lugar que todos los días se llena de personas a las que ustedes tratan como trapos y a las que, con mi libro, con estas palabras y con mi gesto, animo a que luchen contra quienes les arrebatan su dignidad.

Un respetuoso saludo


(*) Texto del discurso que el escritor valenciano Rafael Chirbes, fallecido el 15 de agosto de 2015, había preparado con motivo de la entrega del Premio Nacional de Narrativa por su novela En la orilla(Anagrama, 2013). El galardón será recogido hoy, 1 de junio de 2016, por su sobrina, María Josefa Micó, en un acto presidido por los Reyes que se celebra en la Catedral de Palencia. cuartopoder.es publica el escrito inédito por cortesía de su familia.




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