lunes, 11 de julio de 2016

Batiburrillo: Trozos de una tesis o tesis troceada (y 3)





«la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe»
(Barthes).

Entonces, creo que, en verdad, estamos enfrentando el mismo problema que enfrentó la vanguardia desde su origen, qué hacemos con la cultura de masas, pero ahora en otra dimensión, en una dimensión macro, la vanguardia ha sido siempre un pelotón de elite que usa una táctica de guerrilla frente al ejército de los mass media que avanza barriendo con la cultura moderna. […] ¿qué es la cultura de masas? Es la combinación de los canales de televisión y los grandes diarios que, al mismo tiempo, son dueños de editoriales. Ésa es la situación, creo, y ahí hay que actuar, como diría Brecht
(Piglia).




Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. […] hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda
(Walsh).

Ni el guerrillero apenas sobreviviente, ni el intelectual efectivamente perseguido […] rinden hoy buen dividendo a los semanarios para ejecutivos, esas tribunas inexorablemente fieles a la clase dominante, esos medios de desinformación que constituyen el receptáculo natural de la millonaria publicidad de la Coca-Cola […] prefieren enfocar […] al premiado best-seller que, desde la rive gauche, pergeña compometidos cuentos, novelas o poemas, a menudo inspirados en los cándidos compatriotas que corren sus riesgos, no precisamente literarios, en la patria ajena, sufriente y subdesarrollada
(Benedetti).



Los medios de comunicación (que la clase dominante suele convertir en medios de desinformación) captaron rápidamente esa situación nueva, y la estimularon, la rodearon de un aparato espectacular […]. Y el escritor se vio de pronto involucrado en una maniobra para la que no estaba preparado; se vio convertido en instrumento ideológico, pero no siempre se dio cuenta de que era instrumento de una ideología contraria a la que él mismo sostenía en su obra, en su vida, o en ambas a la vez
(Benedetti).

En esa escritura oblicua cifra Derrida el mencionado valor ejemplar de la literatura: Hay en la literatura, en el secreto ejemplar de la literatura, una posibilidad de decirlo todo sin afectar al secreto. Cuando están permitidas, sin fondo y hasta el infinito, todas las hipótesis sobre el sentido de un texto o las intenciones finales de un autor cuya persona está tan poco representada e incluso no representada por un personaje o un narrador, por una frase poética o ficcional que se separan de su fuente presunta y permanecen así au secret [incomunicados]
(Derrida).




Yo no soy de los que entierran satisfechos bajo una losa fúnebre a los intelectuales, en primer lugar porque ignoro lo que significa ese término. […] ¿Intelectual? No lo es el poeta ni el escritor, no lo es filósofo ni el historiador, no lo es el pintor ni el escultor, no lo es el sabio, aunque sea profesor. Parece que no se lo sea todo el tiempo como tampoco que se lo pueda ser por completo. Es una parte de nosotros mismos que no sólo nos aparta momentáneamente de nuestra tarea, sino que nos vuelve hacia lo que se hace en el mundo para juzgar o apreciar lo que se está haciendo de él. Dicho de otro modo, el intelectual está tanto más cerca de la acción en general y del poder cuanto menos se mezcle en la acción y menos poder político ejerza. Pero esto no quiere decir que se desinterese. En la retaguardia de la política, no se aparta ni se retira, sino que trata de mantener esa distancia y ese impulso de retirada para aprovecharse de esa proximidad que le aleja con el fin de instalarse en ella (precaria instalación), como un centinela que no estuviera allí más que para vigilar, mantenerse despierto, escuchar con una atención activa que expresa menos la preocupación por sí mismo que la preocupación por los otros
(Blanchot).

«¿Por qué voy a tener que pensar yo con las categorías del ministro del Interior?»
(Piglia)



Todo en él [el realismo], en su vasta gramática, sostenida por la cultura, garantía de su ideología, supone una realidad exterior al texto, a la literalidad de la escritura. Los más ingenuos suponen que es la del «mundo que nos rodea», la de los eventos, los más astutos desplazan la falacia para proponernos una entidad imaginaria, algo ficticio, un «mundo fantástico». Pero es lo mismo: realistas puros — socialistas o no— y realistas «mágicos» promulgan y se remiten al mismo mito. Mito enraizado en el saber aristotélico, logocéntrico, en el saber del origen, de un algo primitivo y verdadero que el autor llevaría al blanco de la página
(Sarduy).

En principio yo digo que sí […] el Estado construye ficción y que no se puede gobernar sin construir ficciones. […] que no se puede gobernar con la pura coerción, que es necesario gobernar con la creencia y que una de las funciones bá- sicas del Estado es hacer creer, y que las estrategias del hacer creer tienen mucho que ver con la construcción de ficciones, que esa construcción puede ser vista por los escritores y los críticos con una mirada diferente de como la miran los historiadores y los políticos, que nosotros tenemos mucho que decir sobre esos mecanismos. Por otro lado yo diría que la literatura […] está construyendo un universo antagónico a ese universo de ficciones estatales
(Piglia).

Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la auténtica investigación artística y se reduce el problema de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto, no peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado
(Ernesto Che Guevara).

Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucia Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucia terminó psicótica, murió en 1962 internada en una clínica suiza. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucia era escribir. […] le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung. […] Jung […] había escrito un texto sobre el Ulises y […] por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce […]. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija y le dijo a Jung: «Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo», porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico. […] y Jung le contestó: «Pero allí donde usted nada, ella se ahoga». Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otro modo que así (Piglia)


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