sábado, 9 de julio de 2016

Batiburrillo: Trozos de una tesis o tesis troceada (2)





Cabe sospechar que si algunos críticos se obstinan en negar al género policial la jerarquía que le corresponde, ello se debe a que le falta el prestigio del tedio.
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, «El Séptimo Círculo»


Edgar Allan Poe tenía el hábito de escribir relatos fantásticos; […] al emprender la redacción del texto precitado [The murders in the rue Morgue] […] No podía prever que inauguraba un género nuevo; no podía prever la vasta sombra que esa historia proyectaría. […] Ambos géneros, el puramente policial y el fantástico, exigen una historia coherente, es decir, un principio, un medio y un fin. Nuestro siglo propende a la romántica veneración del desorden, de lo elemental, de lo caótico. Sin saberlo y sin proponérselo, no pocos narradores de estos géneros han mantenido vivo un ideal de orden, una disciplina de índole clásica
(Borges y Bioy).

El género policial es una de las pocas invenciones literarias de nuestro tiempo. La distracción suele confundirlo con un género menos riguroso y menos lúcido: el de aventuras. En éste, sin embargo, no hay otra unidad que la atribución de las diversas peripecias a un mismo protagonista ni otro orden que el aconsejado por la conveniencia de graduar las emociones del lector. (Recordemos los Siete Viajes de Simbad; recordemos las novelas que deleitaban a Don Quijote.) En cambio las ficciones policiales requieren una construcción severa. Todo en ellas debe profetizar el desenlace; pero esas múltiples y continuas profecías tienen que ser, como las de los antiguos oráculos, secretas; sólo deben comprenderse a la luz de la revelación final. El escritor se compromete, así, a una doble proeza: la solución del problema planteado en los capítulos iniciales debe ser necesaria, pero también debe ser asombrosa

(Borges y Bioy).




Descreo de la historia; ignoro con plenitud la sociología; algo creo entender de literatura, ya que en mí no descubro otra pasión que la de las letras ni casi otro ejercicio. En la monografía de Caillois, lo literario (juicios, resúmenes, censuras, aprobaciones) me parece muy valedero; lo histórico-sociológico, muy unconvincing. (He declarado ya mis limitaciones). En la página 14 de su tratado, Caillois procura derivar el roman policier de una circunstancia concreta: los espías anónimos de Fouché, el horror de la idea de polizontes disfrazados y ubicuos. Menciona la novela de Balzac, Une ténébreuse affaire, y los folletines de Gaboriau. Añade: «Poco importa la exacta cronología». Si la cronología exacta importara, no sería ilegítimo recordar que Une ténébreuse affaire (obra que prefigura con vaguedad las novelas policiales de nuestro tiempo) es de 1841, es decir, el año en que aparecieron The Murders in the Rue Morgue, espécimen perfecto del género. […] Verosímilmente, la prehistoria del género policial está en los hábitos mentales y en los irrecuperables Erlebnisse de Edgar Allan Poe; no en la aversión que produjeron, hacia 1799, los agents provocateurs de Fouché (Borges).




Renzi acepta el legado de Marlowe y hace de la lógica de pensamiento de este la lógica narrativa que le permitirá narrar los hechos reales, tal como la define Chandler: «Creo que fue Mary Roberts Rinehart quien señaló en cierta oportunidad que el quid de la historia de misterio estaba en que había dos historias en una: la historia de lo sucedido y la historia de lo que parecía haber sucedido»
(Chandler).

En definitiva, narrar la historia de lo sucedido y la historia de lo que parecía haber sucedido permite ficcionalizar la tensión dialéctica entre vida e ideología, desde una perspectiva cuestionadora de esta última. Esto es, reproducir un estado de cosas en el que, de acuerdo con la tesis central que confiere su carácter científico al materialismo histórico: «No es la consciencia lo que determina la vida, sino la vida lo que determina la consciencia»
(Marx y Engels)




Yo tomo distancia con respecto a la concepción de Foucault que a menudo tiende a ver lo real casi exclusivamente en términos discursivos. Es obvio para mí que hay zonas de la realidad, las relaciones de dominio y opresión por ejemplo, que no son meramente discursivas. Las relaciones de dominación son materiales y sobre ellas se establecen relaciones discursivas (Piglia).

Con la traducción de estos modelos adoptó Baudelaire el género. La obra de Poe penetró por entero en la suya y Baudelaire subraya este estado de cosas al hacerse solidario del método en el que coinciden todos los géneros a los que se dedicó Poe. […] y escribe en el sentido de Poe: «No está lejos el tiempo en que se comprenderá que toda literatura que se rehuse a marchar fraternalmente entre la ciencia y la filosofía es una literatura homicida y suicida». Las historias de detectives, las más ricas en consecuencias entre todas las asecuciones de Poe, pertenecen a un género literario que satisface al postulado baudelairiano (Benjamin).



En Dupin, en la figura nueva del detective privado, aparece condensada y ficcionalizada la historia del paso del hombre de letras al intelectual comprometido. En muchos sentidos, el detective permite plantear un debate sobre el letrado y está ligado a la clásica discusión entre autonomía y compromiso mejor, el detective plantea la tensión y el pasaje entre el hombre de letras y el hombre de acción
(Piglia).



Sólo se podía obtener la organización del pensamiento y la solidez cultural si entre intelectuales y «simples» hubiera existido la misma unidad exigible entre teoría y práctica, es decir, si los intelectuales lo hubieran sido orgánicamente de aquella masa, si hubieran elaborado los principios y problemas que la misma planteaba con su actividad práctica, constituyendo de esta forma un todo cultural y social. […] un movimiento filosófico ¿lo es sólo cuando se dedica a desarrollar una cultura especializada para grupos restringidos de intelectuales o, en cambio, lo es únicamente cuando el trabajo de elaboración de un pensamiento, científicamente coherente y superior al sentido común, no olvida jamás permanecer en contacto con los «simples», encontrando, así, en este contacto, la fuente de los problemas a estudiar y resolver? Solamente por esta conexión deviene en «histórica» una filosofía, se depura de elementos intelectualísticos y se hace vida
(Gramsci).




En lo relacionado con la literatura y la política el literato necesariamente ha de tener perspectivas menos precisas y definidas que el político, debe ser menos «sectario» y, podría decirse, que ser lo «contrario» a eso. Para el político, toda imagen «fijada» a priori es reaccionaria, pues considera todo movimiento en su devenir. El artista, en cambio, debe tener imágenes «fijas» y situadas en forma definitiva. El político presume al hombre como es en su momento y como debe ser para alcanzar determinado fin. Su trabajo consiste en conducir a los hombres a marchar adelante para salir de su existencia actual y ponerse en condición, colectivamente, de alcanzar los fines propuestos; es decir, a «adaptarse» a esos fines. El artista representa necesaria y realísticamente «lo que existe» de individual, de no conformista, etc., en cierto momento. Por eso, desde su punto de vista, el político no estará jamás contento con el artista, no podrá estarlo; siempre lo hallará a la zaga de los tiempos, anacrónico, superado por el devenir real
(Gramsci).




Imparcialmente me tienen sin cuidado el Diccionario de la Real Academia, dont chaque édition fait regretter la présédente, según el melancólico dictamen de Paul Groussac, y los gravosos diccionarios de argentinismos. Todos, los de este y los del otro lado del mar, propenden a acentuar las diferencias y a desintegrar el idioma. Recuerdo a este propósito que a Roberto Arlt le echaron en cara su desconocimiento del lunfardo y que replicó: «Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas». El lunfardo, de hecho, es una broma literaria inventada por saineteros y por compositores de tangos y los orilleros lo ignoran, salvo cuando los discos del fonógrafo los han adoctrinado
(Borges).

A este escritor particular le parece a menudo que el único método razonablemente honesto y efectivo que queda de engañar al lector es hacerlo ejercitar la mente en los puntos erróneos, hacerlo resolver un misterio (puesto que está casi seguro de resolver algo) que lo haga aterrizar en una senda secundaria, pero que toque solo tangencialmente el problema central
(Chandler).

Fuente: