lunes, 12 de septiembre de 2016

Amancio Ortega, ese victorioso explotador...





En estos días en que todo español de bien debe sentirse plenamente orgulloso de que nuestro singular y benemérito compatriota Amancio Ortega haya conseguido situarse, o por mejor decir reinar, en la “sima” de los hombres más ricos del mundo, y justo cuando un nuevo y lamentable y seguramente inevitable accidente laboral, un fatídico incendio, en una fábrica textil de Bangladesh ha sumado unas decenas de “manos” (que no “chochitos” según llamaba a sus empleados cierto jefazo de El Corte Inglés) de niñas-mujeres-esclavas muertas, quizá venga a cuento leer estos pequeños y realistas  microrrelatos embutidos por el tal Karl Marx en su obra EL CAPITAL.

Como decía Brecht: “Hay bastantes personas que están estrictamente y por principio en contra del realismo. Por ejemplo, los fascistas. Tienen interés en que la realidad no sea pintada tal como es.”. A día de hoy esto ya no es así, y los fascistas, neoliberales, posmodernos o los locales podemitas, sencillamente afirman con rotundidad que las tesis de Marx, y sus relatos de las condiciones de explotación de los trabajadores, han quedado completamente obsoletos, así como sus investigaciones sobre la historia, los modos de producción, la teoría del valor, la plusvalía, el estado, las luchas de clases…la inevitable revolución que expropiará a los expropiadores.... En fin, si no tienen nada mejor que hacer, lean y  juzguen ustedes.






(EL CAPITAL, libro primero: La jornada de trabajo)

“La inverosímil adulteración del pan, particularmente en Londres, fue puesta al descubierto por primera vez por la Comisión "sobre la Adulteración de Alimentos", designada por la Cámara de los Comunes, y por la obra del doctor Hassall "Adulterations Detected" [49]. El resultado de estos descubrimientos fue la ley del 6 de agosto de 1860 [299] "for preventing the adulteration of articles of food and drink" ["para impedir la adulteración de comestibles y bebidas"], una ley inefectiva ya que daba muestras de la máxima delicadeza para con el freetrader [librecambista] que se propone "to turn an honest penny" [obtener un honrado penique] mediante la compra y venta de mercancías adulteradas [50]. La propia comisión, más o menos candorosamente, formuló su convicción de que el comercio libre significaba comercio con sustancias adulteradas o, como las denominan ingeniosamente los ingleses, "sustancias sofisticadas". Esta clase de "sofística", no cabe duda, sabe mejor que Protágoras convertir lo negro en blanco y lo blanco en negro, y mejor que los eleáticos [51] demostrar ad oculos [a ojos vistas] la mera apariencia de todo lo real [52]. De todos modos, la comisión atrajo la mirada del público sobre su "pan de cada día", y con ello sobre la panificación. Al mismo tiempo, en mítines públicos y peticiones resonó el clamor de los oficiales panaderos londinenses contra el exceso de trabajo, etc. Ese clamor se volvió tan apremiante que se designó comisionado investigador real al señor Hugh Seymour Tremenheere, miembro, asimismo, de la varias veces citada comisión de 1863. Su informe [53], acompañado de declaraciones testimoniales, no[300] conmovió el corazón sino el estómago del público. El inglés, versado en las Sagradas Escrituras, sabía bien que el hombre al que la predestinación no ha elegido para capitalista, terrateniente o beneficiario de una sinecura está obligado a ganarse el pan con el sudor de su frente, pero no sabía que con su pan tenía que comer diariamente cierta cantidad de sudor humano mezclado con secreciones forunculosas, telarañas, cucarachas muertas y levadura alemana podrida, para no hablar del alumbre, la arenisca y otros ingredientes minerales igualmente apetitosos. Sin miramiento alguno por Su Santidad el "Freetrade", se sujetó la panificación, hasta entonces "libre", a la vigilancia de inspectores del estado (hacia el final del período de sesiones de 1863), y por la misma ley se prohibió que los oficiales panaderos menores de 18 años trabajaran entre las 9 de la noche y las 5 de la mañana. En lo atinente al trabajo excesivo en este ramo industrial de tan patriarcales y gratas reminiscencias, esa última cláusula tiene la elocuencia de varios volúmenes.



"El trabajo de un oficial panadero comienza, por regla general, alrededor de las 11 de la noche. A esa hora prepara la masa, proceso muy fatigoso que insume de media hora a tres cuartos de hora, según el volumen de la masa y su finura. El oficial se acuesta entonces sobre la tabla de amasar, que a la vez sirve como tapa de la artesa en la que se prepara la masa, y duerme un par de horas con una bolsa de harina por almohada y otra sobre el cuerpo. Luego comienza un trabajo rápido e ininterrumpido de 4[e] horas: amasar, pesar la masa, moldearla, ponerla al horno, sacarla del horno, etc. La temperatura de una panadería oscila entre 75 y 90 grados [f], y en las panaderías pequeñas es más bien más elevada que menos. Cuando ha finalizado el trabajo de hacer el pan, los bollos, etc., comienza el del reparto, y una parte considerable de los jornaleros, luego de efectuar el duro trabajo nocturno que hemos descrito, durante el día distribuyen el pan de puerta en puerta en canastos o empujando un carrito, y a veces, en los intervalos, trabajan también en la panadería. Según la estación del año y la importancia del negocio [...], el trabajo termina entre la 1 y las 6 de la tarde, mientras que una [301] parte de los oficiales siguen ocupados en la panadería hasta mucho más tarde" [54]. "Durante la [...] temporada londinense, por lo general los oficiales de las panaderías del West End que venden el pan a precio <> comienzan a trabajar a las 11 de la noche y están ocupados en la fabricación del pan, salvo una o dos interrupciones, a menudo brevísimas, hasta las 8 de la mañana siguiente. Luego se los utiliza hasta las 4, las 5, las 6 e incluso las 7 de la tarde para el reparto de pan o, a veces, para la elaboración de galleta en la panadería. Después de haber terminado la faena, pueden dedicar 6 horas al sueño, y a menudo sólo 5 y 4 horas. Los viernes el trabajo comienza más temprano, digamos a las 10 horas, y dura sin interrupción, en la preparación o la entrega del pan, hasta las 8 de la noche del sábado, pero más a menudo hasta las 4 ó 5 de la mañana del domingo. También en las panaderías de primera categoría, que venden el pan a <>, el domingo hay que realizar de 4 a 5 horas de trabajo preparatorio para la jornada siguiente... Los oficiales panaderos de los <>" (que venden el pan por debajo de su precio completo) "y éstos comprenden, como ya hemos dicho, más de 3/4 de los panaderos londinenses, tienen horarios de trabajo aun más prolongados, pero su labor está casi enteramente confinada a la panadería, ya que sus patrones, si se exceptúa el suministro en pequeños almacenes, sólo venden en su propio negocio. Cerca del fin de semana... es decir el jueves, el trabajo comienza aquí a las 10 de la noche y prosigue, con sólo alguna breve interrupción, hasta muy entrada la noche del domingo" [55].

Incluso la mentalidad burguesa comprende lo que ocurre con los "underselling masters": "El trabajo impago de los oficiales (the unpaid labour of the men) configura la base de su competencia" [56]. Y el "full priced baker" ["panadero que vende al precio completo"] denuncia a sus "underselling" competidores, ante la comisión investigadora, como ladrones de trabajo ajeno y adulteradores. "Si existen es sólo porque, primero, defraudan al público y, segundo, [302] obtienen 18 horas de trabajo de sus hombres y les pagan el salario de 12 horas" [57].
La adulteración del pan y la formación de una categoría de panaderos que venden el pan por debajo de su precio completo, son fenómenos que se desarrollaron en Inglaterra desde comienzos del siglo XVIII, cuando decayó el carácter corporativo de la industria y entró en escena el capitalista por detrás del maestro panadero nominal bajo la figura del molinero o del fabricante de harina [58] 59bis. Con ello quedaban echadas las bases para la producción capitalista, para la prolongación desmesurada de la jornada laboral y el trabajo nocturno, aunque este último no arraigara firmemente en Londres hasta 1824 [60].

Se comprenderá, por lo precedente, que el informe de la comisión incluya a los oficiales panaderos entre esos obreros de vida corta que, después de tener la suerte de escapar a las afecciones que de manera regular diezman a los niños de todos los sectores de la clase obrera, difícilmente alcanzan los 42 años de edad. No obstante, la industria panadera está siempre congestionada de aspirantes. Las fuentes de suministro de estas "fuerzas de trabajo", en el caso de Londres, son Escocia, los distritos agrícolas del occidente de Inglaterra y... Alemania…



(…)
una modista y un herrero
Del abigarrado tropel formado por obreros de todas las profesiones, edades y sexos que se agolpan ante nosotros más acuciosamente que ante Odiseo las almas de los victimados [66], y cuyo aspecto, sin necesidad de que lleven bajo el brazo los libros azules, nos revela a primera vista el exceso de trabajo, escogemos aun dos figuras, cuyo sorprendente contraste demuestra que para el capital todos los hombres son iguales: una modista y un herrero de grueso.
En las últimas semanas de junio de 1863 todos los diarios de Londres publicaron una noticia con el título "sensational": "Death From Simple Overwork" (muerte por simple exceso de trabajo). Se trataba de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años, empleada en un taller de modas proveedor de la corte, respetabilísimo, explotado por una dama con el dulce nombre de Elisa. Se descubría nuevamente la vieja historia, tantas veces contada [67]: estas muchachas trabajaban, término medio, 16 1/2[306] horas, pero durante la temporada a menudo tenían que hacer 30 horas ininterrumpidas, movilizándose su "fuerza de trabajo" desfalleciente con el aporte ocasional de jerez, oporto o café. Y la temporada, precisamente, estaba en su apogeo. Había que terminar en un abrir y cerrar de ojos, por arte de encantamiento, los espléndidos vestidos que ostentarían las nobles ladies en el baile en homenaje de la recién importada princesa de Gales. Mary Anne Walkley había trabajado 26 1/2 horas sin interrupción, junto a otras 60 muchachas, de a 30 en una pieza que apenas contendría 1/3 de las necesarias pulgadas cúbicas de aire; de noche, dormían de a dos por cama en uno de los cuchitriles sofocantes donde se había improvisado, con diversos tabiques de tablas, un dormitorio 68 l m. Y éste era uno de los [307] mejores talleres de modas de Londres. Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo, sin concluir, para asombro de la señora Elisa, el último aderezo. El médico, señor Keys, tardíamente llamado al lecho de agonía, testimonió escuetamente ante la "coroner's jury" [comisión forense]: "Mary Anne Walkley murió a causa de largas horas de trabajo en un taller donde la gente esta hacinada y en un dormitorio pequeñísimo y mal ventilado". A fin de darle al facultativo una lección de buenos modales, la "coroner's jury" dictaminó, por el contrario: "La fallecida murió de apoplejía, pero hay motivos para temer que su muerte haya sido acelerada por el trabajo excesivo en un taller demasiado lleno". "Nuestros esclavos blancos" exclamó el "Morning Star", el órgano de los librecambistas Cobden y Bright, "nuestros esclavos blancos, arrojados a la tumba a fuerza de trabajo, [...] languidecen y mueren en silencio" [n] 69.



"Trabajar hasta la muerte es la orden del día, no sólo en los talleres de las modistas, sino en otros mil lugares, en todo sitio donde el negocio marche... Tomemos como ejemplo al herrero de grueso. Si hemos de prestar crédito a los poetas, no hay hombre más vigoroso, más alegre [308] que el herrero. Se levanta temprano y saca chispas al sol; come y bebe y duerme como nadie. Si trabaja con moderación, en efecto, ocupa una de las mejores posiciones humanas, físicamente hablando. Pero nosotros lo seguimos en la ciudad y vemos el peso del trabajo que recae en este hombre fuerte, y qué posición ocupa en la tasa de mortalidad de este país. En Marylebone (uno de los mayores barrios de Londres) los herreros mueren a razón de 31 por mil, anualmente, o sea 11 por encima de la mortalidad media de los varones adultos en Inglaterra. La ocupación, un arte casi instintivo de la humanidad, inobjetable como ramo de la industria humana, es convertida por el simple exceso de trabajo en aniquiladora del hombre. Éste puede asestar tantos martillazos diarios, caminar tantos pasos, respirar tantas veces, producir tanto trabajo y vivir término medio 50 años, pongamos por caso. Se lo obliga a dar tantos golpes más, a dar tantos pasos más, a respirar tantas veces más durante el día y, sumando todo esto, a incrementar su gasto vital en una cuarta parte. Hace el intento, y el resultado es que, produciendo durante un período limitado una cuarta parte más de trabajo, muere a los 37 años de edad en vez de a los 50" [70].



***



1 comentario:

  1. Hay que ser muy ignorante o muy malintencionado, o ambas cosas a la vez, para negar a Marx del modo que algunos, que se declaran a sí mismos de izquierda, lo hacen. Parece mentira que la burda e incesante propaganda encaminada a acallarlo, a inutilizar una de las herramientas más válidas y eficaces para la lucha de clases, halla conseguido calar en las mentes, supuestamente esclarecidas, de tanta gente. Pero ¿lo han leído siquiera? La mayoría, no.

    Salud

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