jueves, 20 de octubre de 2016

CULTURA/ RAYMOND WILLIAMS






1. Cultura

En el centro mismo de un área principal del pensamiento y la práctica modernos aparece un concepto que es frecuentemente utilizado en las descripciones, «cultura», que en sí mismo, en virtud de la variación y la complicación, comprende no sólo sus objetos, sino también las contradicciones a través de las cuales se ha desarrollado. El concepto funde y confunde a la vez las tendencias y experiencias radicalmente diferentes presentes en formación.
Por tanto, resulta imposible llevar a cabo un análisis cultural serio sin tratar de tomar conciencia del propio concepto; una conciencia que deber ser histórica, como veremos más adelante. Esta vacilación ante lo que parece ser la riqueza de la teoría desarrollada y la plenitud de la práctica lograda, adolece de la incomodidad, e incluso de la ineptitud, de cualquier duda radical.

Literalmente, es un momento de crisis: una conmoción de la experiencia, una ruptura del sentido de la historia, que nos obligan a retroceder desde una posición que parecía positiva y útil: todas las inserciones inmediatas a una tesis crucial, todos los accesos practicables a una actividad inmediata. Sin embargo, no se puede bloquear el avance. Cuando los conceptos más básicos –los conceptos, como se dice habitualmente, de los cuales partimos– dejan repentinamente de ser conceptos para convertirse    en problemas –no problemas analíticos, sino movimientos históricos que todavía no han sido resueltos–, no tiene sentido prestar oídos a sus sonoras invitaciones o a sus resonantes estruendos.




Si podemos hacerlo, debemos limitarnos a recuperar la esencia en la que se han originado sus formas.    Sociedad, economía, cultura: cada una de estas «áreas», identificadas ahora por un concepto, constituye una formulación histórica relativamente reciente. La «sociedad» fue la camaradería activa, la compañía, «el hacer común», antes de que se convirtiera en la descripción de un sistema o un orden general. La «economía» fue el manejo y el control de un hogar familiar y más tarde el manejo de una comunidad, antes de transformarse en la descripción de un perceptible sistema de producción, distribución e intercambio. La «cultura», antes de estas transiciones, fue el crecimiento y la marcha de las cosechas y los animales y, por extensión, el crecimiento y la marcha de las facultades humanas.

Dentro de su desarrollo moderno, los tres conceptos no evolucionaron armónicamente, sino que cada uno de ellos, en un momento crítico, fue afectado por el curso de los demás. Al menos, éste es el modo en que hoy podemos comprender su historia. Sin embargo, en el curso de los cambios verdaderos, lo que se mezcló con las nuevas ideas, y en alguna medida se fijó a ellas, fue un tipo de experiencia siempre compleja y sin ningún precedente absoluto. La «sociedad», con el acento que se le adjudicó con respecto a las relaciones inmediatas, fue una alternativa consciente ante la rigidez formal de un orden heredado, considerado más tarde como un orden impuesto: el «Estado». La «economía», con el acento que se le adjudicó en relación con el manejo y el control, fue un intento consciente de comprender y controlar un cuerpo de actividades que habían sido asumidas no sólo como necesarias, sino como actividades ya dadas. Por tanto, cada concepto interactuaba con una historia y una experiencia cambiantes. La «sociedad», elegida por su sustancia y su necesidad primordial, la «sociedad civil», que podría ser distinguida de la rigidez formal del «Estado», se convirtió a su vez en algo abstracto y sistemático.



En consecuencia, se hacían necesarias nuevas descripciones de la sustancia inmediata que la «sociedad» eventualmente excluía. Por ejemplo, el «individuo», que alguna vez había significado el concepto de lo indivisible, un miembro de un grupo, fue desarrollado hasta convertirse en un término no sólo esperado, sino incluso contrario: «el individuo» y la «sociedad». La «sociedad», en sí misma y en lo que respecta a sus términos derivados y calificados, es una formulación de la experiencia que hoy sintetizamos bajo la denominación de la «sociedad burguesa»: su creación activa contra la rigidez del «Estado» feudal; sus problemas y sus límites dentro de este tipo de creación; hasta que, paradójicamente, se distingue de –e incluso se opone a– sus propios impulsos iniciales.

Del mismo modo, la racionalidad de la «economía», considerada como un modo de comprender y controlar un sistema de producción, distribución e intercambio en relación directa con la institución actual de un nuevo tipo de sistema económico, se conservaba aunque se veía limitada por los mismos problemas que afrontaba. El verdadero producto de la institución racional y del control era proyectado como algo «natural», una «economía natural», con leyes del tipo de las leyes del («invariable») mundo físico.    

La mayor parte del pensamiento social moderno parte de estos conceptos y de las notas inherentes a su formación, de sus problemas aún por resolver y que habitualmente se dan por sentado. Por lo tanto, existen un pensamiento «político», «social» o «sociológico» y «económico», y se supone que ellos describen «áreas», entidades comprensibles. Habitualmente, se agrega, aunque a veces de un modo reluctante, que existen, por supuesto, otras «áreas»: fundamentalmente el área «psicológica» y el área «cultural». Sin embargo, en tanto es mejor admitir éstas que rechazan aquéllas, habitualmente no se percibe que sus formas provienen, en la práctica, de los problemas irresolutos de la configuración inicial de los conceptos. ¿Es la psicología «individual» («psicológica») o «social»? Este problema puede descartarse a fin de discutirlo dentro de la disciplina apropiada hasta el momento en que se descubre que el problema de qué es «social» lo ha dejado sin resolver el desarrollo predominante de «sociedad».





¿Comprendemos la «cultura» como «las artes», como «un sistema de significados y valores» o como un «estilo de vida global» y su relación con la «sociedad» y la «economía»? Los interrogantes deben plantearse, pero es sumamente difícil que seamos capaces de ofrecer una respuesta a menos que reconozcamos los problemas que se hallan implícitos en los conceptos de «sociedad» y «economía», que han sido transmitidos a conceptos tales como «cultura» en virtud de la abstracción y la limitación que caracterizan a tales términos.    

El concepto de «cultura», cuando es observado dentro del contexto más amplio del desarrollo histórico, ejerce una fuerte presión sobre los términos limitados de todos los demás conceptos. Ésta es siempre su ventaja; asimismo, es siempre la fuente de sus dificultades, tanto en lo que se refiere a su definición como a su comprensión. Hasta el siglo XVIII todavía era el nombre de un proceso: la cultura de algo, de la tierra, de los animales, de la mente. Los cambios decisivos experimentados por la «sociedad» y la «economía» habían comenzado antes, en las postrimerías del siglo XVI y durante el siglo XVII; gran parte de su desarrollo esencial se completó antes de que la «cultura» incluyera sus nuevos y evasivos significados.

Esta situación no puede comprenderse a menos que tomemos conciencia de lo que había ocurrido a la «sociedad» y a la «economía»; de todos modos, nada puede ser plenamente comprendido a menos que examinemos un decisivo concepto moderno que en el siglo XVIII necesitaba una nueva palabra: civilización…



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