martes, 18 de octubre de 2016

Eduardo Galeano: Una entrevista al Che Guevara









(El diálogo con el Che fue publicado en No. 266 enero-marzo/2012 pp. 129-132 el semanario Mondo Nuovo, de Roma, y en el diario Época, de Montevideo, a principios de octubre de 1964. La versión posterior apareció, tres años después, en Monthly Review, de Nueva York, y en el semanario Marcha de Montevideo).


La imagen del Che guerrillero en Santa Clara lo presentía batiéndose en la inhóspita jungla boliviana, y se me mezclaba en la cabeza con el recuerdo del Che en la conferencia de Punta del Este, estadista brillante, economista, sombrío profeta; aquel intelectual refinado que leía antologías de Aguilar en la Sierra Maestra, se sabía de memoria buena parte del Canto general, hablaba con admiración de las novelas de Carpentier y se reía del realismo socialista. Pero por sobre todas las imágenes, o sumándolas, una surgía: era el Che contestando, en conferencia de prensa, la pregunta de un idiota interesado en saber si él era argentino, cubano o qué: –Yo soy ciudadano de América, señor –había dicho. Cuando conversamos en La Habana, le comenté: El destino de Cuba está íntimamente entrabado con el destino de la revolución latinoamericana. Cuba no puede ser coagulada dentro de fronteras; funciona como motor de la revolución continental. ¿O no? Y me contestó:
Podría haber posibilidades de que no. Pero nosotros hemos eliminado las posibilidades de que no. La posibilidad de que los movimientos revolucionarios latinoamericanos no estuvieran directamente ligados a Cuba, hubiera podido concretarse si Cuba accedía a dejar de ser ejemplo para la revolución latinoamericana. Por el solo y simple hecho de estar viva, no es un ejemplo. ¿De qué modo es un ejemplo? Del modo como la revolución encara las relaciones con los Estados Unidos y el espíritu de lucha contra los Estados Unidos. Cuba se podía transformar en un ejemplo puramente económico, digamos.

Una especie de vitrina del socialismo.
Una vitrina. Esa sería una fórmula que hasta cierto punto garantizaría a Cuba, pero que la divorciaría de la revolución latinoamericana. No somos vitrina.

¿Y cómo se irradia una fuerza de ejemplo que no termine en la contemplación? ¿A través de la solidaridad? ¿Pero hasta dónde puede llegar, cuáles son sus límites? ¿Cómo definiría usted la necesaria solidaridad entre Cuba y los movimientos de liberación en América Latina?
El problema de la solidaridad (sí, sí; claro que esto se puede escribir) consiste en hacer por la revolución latinoamericana todo lo que sea factible dentro de una situación de derecho, y una situación de derecho es una relación entre distintos países que llegan a un equilibrio en sus intercambios ideológicos o políticos, sobre la base de convenciones mutuamente acatadas.

Situación que se da, solamente, con tres países.
Con dos. Bolivia rompió relaciones esta tarde.

Descontaba que el Uruguay no demoraría en hacer otro tanto. Tengo la impresión [le dije] de que la ruptura del gobierno chileno sorprendió a los cubanos.
¿Cómo que nos sorprendió? No nos sorprendió en absoluto.

Sin embargo, la gente, en la calle, parecía realmente asombrada.
La gente, puede ser. El gobierno, no. Nosotros sabíamos lo que se venía.

Le pregunté qué opinaba de ciertas declaraciones del FRAP chileno sobre Cuba, poco antes del triunfo de Frei.
Pues nos pareció terrible [dijo].

Sugerí que podía ser el fruto de las circunstancias: los imprescindibles zigzags en la ruta hacia el poder a través de las relaciones. Afirmó:
El poder, en Latinoamérica, se toma por las armas o no se toma.

Movió la cabeza y agregó:
Ponga: en líneas generales.




Digamos entonces la ruta hacia el gobierno, ya que no el poder. Confundir una cosa con la otra puede resultar grave, ¿verdad? Eso pasó en Brasil, ¿no? Pero entonces el Che recordó que estaba delante de un periodista: la espontaneidad y la cautela se robaban el sitio a lo largo de las tres horas de conversación. En el supuesto caso de que nuevas revoluciones estallaran en América Latina, ¿no se produciría un cambio de calidad en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos?
Se ha hablado de la posibilidad de un acuerdo de coexistencia, sobre determinadas bases. Pero si el incendio se propaga, y el imperialismo se ve obligado a echar agua al fuego, ¿cuál será entonces la situación de Cuba, es decir, de la chispa?
Nosotros definimos la relación entre Cuba y los Estados Unidos, en la época actual, como un automóvil y un tren que van corriendo más o menos a la misma velocidad, y el automóvil tiene que cruzar el paso a nivel. A medida que se acerca al paso a nivel, se acerca la posibilidad de confrontación y de choque. Si el automóvil –que sería Cuba– cruza antes que el tren, es decir, si la revolución latinoamericana adquiere cierto grado de profundización, ya se ha pasado al otro: ya Cuba no tiene significación. Porque a Cuba no se le ataca por despecho del imperialismo, sino que se la ataca por la significación que tiene. Quiero decir que si se profundiza la situación revolucionaria en Latinoamérica, hasta un punto tal que obligue a un empleo grande de las fuerzas norteamericanas, una serie de territorios ya no tendrían significación. Ya se habría atravesado el paso a nivel. Nosotros vamos agravando nuestras confrontaciones con los Estados Unidos, día a día, objetiva y fatalmente, a medida que se agrava la situación en Latinoamérica –y lo mejor que tiene es lo mal que está. Ahora, si la situación se agrava tan convulsivamente que obliga a los Estados Unidos, en gran escala, a utilizar fuerzas y recursos grandes, por su propio peso la significación de Cuba desaparece. Ya el problema fundamental no es Cuba, como catalizadora, porque ya se ha producido la reacción química. La incógnita es: si cruzaremos o no antes que el tren. Podríamos frenar, pero es difícil que frenemos.

Con tales perspectivas, ¿hasta qué punto es posible la coexistencia?
No se trata de Cuba, sino de los Estados Unidos. No le interesa Cuba a los Estados Unidos, si la revolución no cuaja en Latinoamérica. Si los Estados Unidos dominaran la situación, ¿qué les importaría Cuba?

Y en el supuesto caso de que la revolución latinoamericana no estallara, ¿es posible que Cuba siga adelante?
Claro que es posible.

¿A largo plazo?
A largo plazo. Ya pasó el período peor del bloqueo.




No me refiero solo a la subsistencia física. Quiero decir si el aislamiento de Cuba de sus fuentes nutricias latinoamericanas no podría producir problemas de otro orden: deformaciones internas, rigidez ideológica, lazos cada vez más fuertes de dependencia. Una revolución latinoamericana enriquecería, sin duda, al marxismo: permitiría aplicar mejor los esquemas a nuestra realidad peculiar. Y si la revolución se latinoamericanizara, ¿permitiría que Cuba recobrara su marco natural de existencia? No es una afirmación: es una pregunta.
Me parece un poco idealista la cosa. Uno no puede hablar de fuentes nutricias. Las fuentes nutricias son la realidad cubana, cualquiera que ella sea, y la aplicación correcta del marxismo-leninismo al modo de ser del pueblo cubano en determinadas condiciones. El aislamiento puede provocar muchas cosas. Por ejemplo, que nos equivoquemos en la forma de apreciar la situación política en Brasil; pero distorsiones en la marcha de la revolución, no. Claro que es más fácil para nosotros hablar con un venezolano que con un congolés, pero en definitiva nos entenderemos perfectamente con los revolucionarios congoleses, aunque no hemos hablado todavía con ellos. Hay una identidad en la lucha y en los fines. Una revolución en Zanzíbar nos puede dar también cosas nuevas, experiencias nuevas; la unión de Tangañica y Zanzíbar; la lucha de Argelia; la lucha en Vietnam. Tenemos el delantal indígena de nuestra madre americana, decía Martí, y está bien, pero nuestra madre americana desde hace tiempo ha pasado por sucesivas cruzas. Y cada vez más los sistemas son mundiales: un sistema mundial del capitalismo y un sistema mundial del socialismo. El hecho de que Argelia sea libre fortalece a Cuba; la existencia de Guinea la fortalece; la del Congo, también. Nosotros siempre mantenemos muy clara esa idea: la identidad de Cuba con todos los movimientos revolucionarios. A pesar de los parentescos raciales, religiosos, históricos, Argelia está más cerca de Cuba que de Marruecos.

¿Y más cerca de la URSS que de Marruecos?
Eso tendrían que contestarlo los argelinos.

Cuando usted habla de «sistema mundial del socialismo», menciona países que no integran el bloque socialista. En esos países, movimientos de carácter nacionalista, canalizándose hacia el socialismo, le han impreso un fuerte sello propio.

El resultado final, necesariamente, es que siempre se va hacia una integración marxista, o se regresa hacia el campo capitalista. El Tercer Mundo es un mundo de transición. Existe porque, dialécticamente, existe siempre, entre los contrarios, un campo donde se profundizan las contradicciones. Pero no se puede mantener aislado ahí. La propia Argelia, a medida que avanza en la profundización del sistema socialista, deja paulatinamente el Tercer Mundo.
¿No se puede hablar de un Tercer Mundo transversal al propio bloque socialista? El conflicto, ya no sordo, entre chinos y soviéticos, fue analizado por algunos pensadores marxistas, como Paul Baran, como una consecuencia de las contradicciones internas entre los países socialistas, con diferentes niveles de desarrollo y diferentes grados de confrontación con el imperialismo.
La muerte de Paul Baran me produjo una profunda impresión. Yo lo estimaba mucho; él había estado aquí, con nosotros. 

Imperturbable, movía su habano, en silencio; miraba mi lápiz bic como a un intruso protagonista del diálogo; decidí guardarlo. En adelante, el Che Guevara respondió a un bombardeo de preguntas sobre temas económicos. De la Conferencia de Ginebra («la razón la tienen unos, pero las cosas las tienen otros») a los errores cometidos en el proceso económico interno, el Che Guevara habló largo y tendido. Hasta que un enemigo irrumpió en la habitación para recordar al ministro de Industrias que su rival le aguardaba desde hacía veinte minutos ante el tablero de ajedrez, en el piso de abajo. Y no era cosa de perderse el campeonato así como así.






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