miércoles, 26 de octubre de 2016

Paolo Flores d’Arcais / ¡Democracia! Libertad privada y libertad rebelde




Democracia y definiciones

¿Tiene aún sentido hablar de democracia? Y sobre todo ¿tiene aún sentido reivindicarla como bandera de libertad igualitaria? Todos son demócratas y se llenan la boca con ella, aunque la detesten, la quieran confeccionada a medida o incluso la masacren. Por otra parte ya se proclamaban liberales y demócratas los Thiers y los Gambetta que un siglo y medio atrás, con decenas de miles de ejecuciones sumarias, cavaron la tumba (literalmente) de la Comuna de París, el momento de democracia más auténtica que haya conocido la historia. Hoy más que nunca «democracia» corre el riesgo de no significar ya nada. Si pueden invocarla indistintamente George W. Bush y Aung San Suu Kyi, Václav Havel y Vladimir Putin, Stéphane Hessel y Silvio Berlusconi, quiere decir que a estas alturas la palabra tiene tanta precisión como la niebla o el humo. Si pueden enarbolarla los jóvenes de la plaza Tahrir y los militares que los asesinan o las barbas y hopalandas islámicas que salieron vencedoras de las urnas y que se habían quedado agazapadas en las mezquitas sin arriesgar nada, si pueden proclamarla tanto los manifestantes de Zuccotti Park como los Le Pen, padre e hija, quizá es que a estas alturas sólo es un manido flatus vocis. Y sin embargo la democracia sigue siendo hoy imprescindible, es más: sigue siendo lo imprescindible.

Porque hasta el momento es el único horizonte de legitimidad al que referirse para validar las instituciones políticas, desde que la caída del muro destruyó, incluso ante los que no querían ni oír ni ver, el último resquicio de credibilidad «progresista» de los totalitarismos del Este. Es así hasta tal punto que incluso los que pretenden ahogar la democracia en la teocracia se ven obligados a invocarla como instrumento y procedimiento de toma de decisiones, desde los partidos islámicos (tanto «moderados» como fundamentalistas) hasta el pontífice de Roma que reina dichosamente. Pero, ante todo, porque de una manera u otra siempre es en nombre de la democracia y de sus valores constitutivos y fundamentales, la libertad y la igualdad, que mujeres y hombres de cualquier condición y de cualquier continente se alzan en revuelta e incluso arriesgan su vida contra el monstruo moteado de las opresiones. Y sin embargo a la vista está que hoy en día es imposible encontrar una democracia digna de ese nombre.

Las democracias reales existentes son cada vez más un pálido simulacro de los valores perfilados solemnemente en las Constituciones o, más a menudo, una parodia: en los callejones sin salida del sistema o en los arrabales de la actividad de gobierno, los políticos enlodan y pisotean a diario los derechos de los ciudadanos de los que deberían emanar. Por eso los ciudadanos les corresponden con dosis industriales de desafección y menosprecio. El pensamiento conservador ha hallado una solución acomodaticia. Las pretensiones de la democracia –soberanía de los ciudadanos y libertad/poder igual para todos– resultan desmesuradas. Hay que llevar la poesía de los ideales a la prosa cotidiana y aceptar que se admita la existencia de una democracia efectiva allí donde se puede votar sin fraudes electorales desmedidos y en la que cohabitan varios partidos y candidatos en liza. El resto es utopía. A continuación viene «lo mejor es enemigo de lo bueno» y toda la letanía de lugares comunes bienpensantes. Pero a esta acusación de utopía ya respondió Max Weber, un testigo libre de toda sospecha por ser defensor del más despiadado «realismo político», quien concluye su clásico La política como profesión con esta frase: «Es cierto, y toda la experiencia histórica lo confirma, que lo posible no se lograría si en el mundo no se intentase una y otra vez lo imposible».

Si se declara que la democracia, en su sentido etimológico, no es más que una utopía, cualquier caricatura y engaño alegará tener derecho a cada resquicio de nobleza que la palabra conlleva, y cualquier tergiversación y deformación secuestrará en beneficio propio el aura inviolable que ha acumulado esa palabra/valor a lo largo de siglos de luchas y sacrificios. De esta manera los dueños del vapor y de la cosa pública se convertirían también en los amos y señores del significado de «justicia y libertad», mientras que quienes se propusieran hacer realidad la democracia según su etimología, poder de todos y de cada uno, se convertirían «objetivamente» en intrigantes antidemocráticos. Las palabras son piedras. Las palabras son armas. La filología es una espina clavada para todo gobierno, porque las palabras/valores son «puestas en juego» en el choque entre opresores y oprimidos, sistema y ciudadanos, nuevas castas y Tercer Estado actual. Allá donde las palabras pueden ser domesticadas y doblegadas por el poder…



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