viernes, 28 de octubre de 2016

“Tucker: un hombre y su sueño” / ELOTRO



 



Buscando otra tropecé con ella, en youtube, digo con la peli de Coppola: “Tucker: un hombre y su sueño” (1988) una biografía (más bien hagiografía fantástica)  de un tal Preston Tucker, empresario y diseñador de automóviles estadounidense.

Lo primero que quiero destacar es el chasco que uno se lleva  cuando (¡casi treinta años después!) vuelve a ver una peli que tenía digamos “tasada” como una obra brillante e interesante y además de las que dejan, por muy variados motivos y no todos estrictamente cinematográficos, un grato recuerdo. El chasco es, sobre todo, con uno mismo, claro está.

Una vez más compruebo que la memoria personal, la mía al menos, falsea los hechos que supuestamente se limita a almacenar, no sé si bien apilados o caóticamente amontonados. No digo que la puñetera memoria personal ponga negro donde verdaderamente ponía (y eso cuando es  comprobable) blanco, sino más bien que somete, en nuestra ausencia consciente, “lo real” a un completo tratamiento de reformas, reajustes, mutilaciones, cambios, variaciones, supresiones y añadidos que, tras la consumación de la gran metamorfosis, no sólo lo hace irreconocible sino que lo ha convertido sustancialmente en “otra realidad”.




Otra “realidad” que realmente resulta ser una más de esas ficciones  enclaustradas en ese almacén-laboratorio que llamamos memoria personal y que, irresponsablemente, utilizamos a diario como fiable banco de datos e “ideología prét-a-porter”. Vamos, como la Wikipedia pero en personal e intransferible.

“Los pensamientos –escribe Pavese- son tentativas de aclararte a ti mismo un problema”.  Vamos allá:

De “Tucker…” recordaba “una puesta en escena” espectacular, brillante, dinámica… movimientos de cámara vertiginosos y prodigiosos encuadres, planos y, articulando todo el engranaje, su no menos magistral montaje… (la brillante implementación de la lógica formal del muy versátil relato made in Hollywood.)

Y sí, pero menos, en ese aspecto se puede decir que la peli ha envejecido mal, a día de hoy se nos antoja afectada, muy amanerada; es lo que tiene lo exclusiva y rigurosamente “técnico” en el conjunto del lenguaje y su anatomía “gramatical” cinematográfica, que casi nace ya obsoleto, y un solo minuto después, es lastrante. Pero lo que se verifica innegable es su muy constatable eficacia, su incuestionable utilidad como “envoltura, envase y vehículo”, en definitiva como óptima forma “mediadora” para la “función” de su determinado “contenido”,  ¿y qué otra puede ser la primordial función del estilo?





Se nota que la peli era un encargo, uno más de sus muchos  trabajos alimenticios y “pagadeudas”, que Coppola resuelve en esta ocasión de forma más bien sumaria, digo si atendemos a su contrastado nivel e historial, aunque no olvida imprimir su huella personal, bien que algo camuflada en la superficie o en otros casos situada bajo ella, en una especie de capa freática que consigue aflorar significativas y vistosas “humedades” en algunas escogidas  tomas, secuencias o diálogos del film.

La cinta tiene, en mi opinión, una lectura paradójica, o sea, cuando menos dos lecturas enfrentadas, con desigual fuerza y presencia (y al mismo tiempo complementarias aunque claramente asimétricas). Y esto es así, y más adelante se procura argumentar, debido a cierta ambigüedad (que en contrapartida arroja luz por contraste) aportada por el muy intencionado y significativo  “toque” Coppola.





La principal, por tiempo y por espacio ocupado en la estructura del  relato y en su preciso metraje, es que se trata de una descarada apología del capitalismo monopolista y del consecuente “estilo de vida americano”. La secundaria (que gira sobre el mismo eje pero en sentido opuesto) consiste en una apología del capitalismo monopolista y del “estilo de vida americano” llevada hasta tal grado de paroxismo que deviene en grotesca, cáustica y mordaz caricatura del “objeto” de exaltación y, ya del tirón, del enajenado “sujeto” indirectamente exaltador (el contexto social, “él” y su estomagante y, para nada ornamental, familia).

En la vertiente principal: Un joven ingeniero con una “idea” genial, innovadora y de naturaleza socialmente “popular” (máxima calidad y mínimo precio del producto: un coche de lujo -¡con todos los extras!- al alcance de los pobres), sin un dólar en el bolsillo y sin contactos ni enchufes (aunque sí, y debido a su vehemente franqueza,  potenciales y poderosos enemigos monopolistas en el sector) en medios financieros, industriales o políticos, se propone, cual David redivivo, vencer al Goliat (General Motors, Chrysler y Ford) del sector automovilístico estadounidense.



Con un simple artículo (publirreportaje) en una revista de gran tirada e influencia (apología de la prensa y la publicidad y sobre todo del poder de la “opinión pública”, de la clase media, del “pueblo”, a la hora de “cambiar las cosas”) consigue hacerse famoso y, desde ahí, sin más –difícil eludir el sarcasmo de los guionistas-, “vender” al “pueblo” su genial “idea”. Una vez entronizado como “famoso” y dada la masiva respuesta “popular” conseguida por su “idea”, las cosas cambian radicalmente (¡desde dentro y mediante los propios instrumentos “legales” del Sistema! ¡apología del cuento de hadas!) en el mundo financiero, industrial y político. Y ya todo viene “lógicamente” rodado… con un coche revolucionario: motor trasero de inyección, cinturones de seguridad, cristales laminados, máxima seguridad, potencia y velocidad, y mínimo consumo al más bajo precio del mercado (apología de la producción capitalista –sin embargo la clase obrera, la fuerza de trabajo, la creadora de “valor”, no aparece en ningún momento, no hay fotogramas para el “conflicto”, ni explícita ni implícitamente-  de la “mercancía” y de la cultura del “consumismo”)

Consigue del gobierno la cesión de la nave industrial más grande del mundo, no la segunda ni la medalla de bronce, sino la primera, el oro (se trata, le dice el generoso y campechano senador que firma y sella la papela, de una antigua factoría de aviones en desuso.)

Consigue un consejo de administración con gran prestigio y  experiencia en el sector y altamente acreditado entre la banca, la industria y la política.

Consigue millones de dólares de financiación mediante la oferta de acciones y la venta anticipada, a su producción, de vehículos.

Consigue, ante la escasez del mercado, que el mismísimo Howard Hughes se “ofrezca” en su ayuda y desinteresada y voluntariamente le facilite la obtención de toneladas de acero y aluminio, procedentes de una de sus fábricas de helicópteros. Ahí queda eso.

Consigue, en definitiva, superar todos los obstáculos. Y, una vez que la “genial idea” es definitivamente  puesta en práctica… emerge dramáticamente la antipática realidad de lo “real” realmente existente: resulta que hay gente “mala”, sin connotaciones de clase,  incluso en los USA.



Es entonces cuando, sin salirnos del marco del cuento de hadas, nuestro joven y genial ingeniero, descubre con estupor, que, ingenuamente, ha colocado con plenos poderes al frente de la compañía a los “malos”, el consejo de administración se revela como un auténtico “Caballo de Troya” que trabaja al servicio del Goliat de las tres cabezas.  Han decretado que ninguna de las revolucionarias innovaciones son, por el momento, “viables” en la práctica (estamos en plena II Guerra Mundial): ni el motor trasero y de inyección, ni los cinturones de seguridad, ni… por supuesto, el precio final, que debe de ser duplicado (apología en suma de la lógica del beneficio, de la extracción de plusvalía, ¡es la racionalización capitalista!).
Y así se consuma la traición: no hay alternativa al monopolio de la producción que ostenta Goliat en el “Libre Mercado”, el mejor de los mercados posibles.

 En lo que hemos llamado lectura secundaria encontramos una secuencia que puede servir de ejemplo, puesto que hay varias, del “toque” Coppola: La bella esposa del joven ingeniero (que ‘casualmente’ se encuentra de gira promocional hábilmente montada por los “troyanos” para alejarle de la “real” fábrica de coches, que no de sueños) le llama por teléfono para informarle de todas las mutilaciones que, a sus espaldas, está sufriendo el genial prototipo que él había diseñado. Tras la minuciosa enumeración de todas las innovaciones suprimidas… a las que nuestro héroe trata de restar importancia… llega a la última: no se fabricarán coches de color azul, el preferido de la primera dama de la Tucker Corporation. ¡Eso sí que no! ¡Hasta ahí podríamos llegar! estalla nuestro joven héroe. Cari, vuelvo inmediatamente a casa.

El cuento de hadas, bien amañado, continúa con sus mistificaciones, con la heroica construcción de un reducido número de vehículos como último y desesperado recurso de evitar el cierre de la fábrica, la muerte del “sueño”. Y es aquí, en ese “in crescendo” que se llega al clímax,  donde aparece la “Justicia igual para todos” (apología directa del Estado burgués y sus instituciones, de clase evidentemente, pero por algún olvido no se hace constar: “de tan patente se hace invisible”)

Gracias a un emocionado discurso y a la solidaridad de un “angélico” jurado “popular” que cree en su inocencia… nuestro héroe salva la honrilla y, aunque lo pierde todo, es declarado inocente de estafa y malversación… acusación que, como guinda del pastel, habían presentado los “malos” del cuento, los “troyanos” y que fue rápidamente secundada por los poderosos financieros y políticos gubernamentales que habían colaborado en la infame encerrona, por emplear un término elusivo con la lucha de clases.

Otro “toque” malévolo de Coppola: el actor que encarna al joven ingeniero Tucker es el joven Jeff Bridges (una década más tarde “el nota” de ‘El gran Lebowski’ de los hermanos Cohen) y quien interpreta el papel del malvado senador a sueldo del trío-Goliat, es ni más ni menos que papá Lloyd Bridges. Padre e hijo en la vida real. Todo queda en casa.
¿O en el Sistema que “todo” lo asimila, a su manera?

Supongo que depende de la lectura de cada uno. Hecha por cuenta propia, digo.

ELOTRO


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