jueves, 17 de noviembre de 2016

EL HOGAR Y LA ESCUELA INICIAN / Ernst Bloch




EL HOGAR Y LA ESCUELA INICIAN 

«Todo hombre tiene ante sí una imagen
de lo que debe llegar a ser.»
(Rückert)

El joven tiene que llegar a ser algo, hay que hacer algo de él. A la juventud se la educa; la carne cruda no se come. Por ello precisamente se la muele o se la guisa, se la convierte en los nombres que figuran en las cartas de los restaurantes. Un hombre decente, una persona honesta: nada puede decirse en su contra y sí mucho a su favor. Ninguna comunidad podría subsistir en otro caso; la aplicación en el trabajo es necesaria. Pero lo utilizable desde el punto de vista burgués es querido como algo pequeño, como especialmente disminuido, de modo artificiosamente ahistórico, con toda una serie de colores desvaídos. No fumes, no bebas, no juegues a las cartas, no mires a las chicas: es el someterse y el ser sometido como una caricatura moral. El hombre decente piensa en sí en último término. De aquí que la regla sea: y ahora, personita, ¿qué hacemos? Incluso cuando ya ha sonado una llora después de las doce, el hombre decente tiene que ser juicioso. Nadie ha nacido para ello, sino que todo ello tiene que lograrse en lugares adecuados. En los jóvenes hay en sí muchos procesos audaces de dirección todavía poco precisa. Estos procesos, sin embargo, son sometidos a norma en el hogar y en la escuela; nadie se doblega tempranamente, porque nadie quiere que se le tenga por dócil. No obstante lo cual, lo que los amaestradores en el hogar y en la escuela persignen es algo inverosímil: que el hombre consienta en todo lo que después se va a cometer con él.

La voluntad es desviada amablemente o quebrada rigurosamente hasta que pasa a ser una sonrisa o una reverencia. El entendimiento es ejercitado de tal manera que no salga ya más del círculo de las preguntas y respuestas estereotipadas que esperan al empleado. Desde el punto de vista burgués lo único que se trata de lograr son servidores, y de ninguna manera, desde luego, lo que debería estar tan próximo a los oprimidos: vengadores. En términos generales, el escolar debe ser llevado al denominador común de la época en que ha nacido. Y de modo muy especial, al denominador del estrato al que pertenece por razón de sus padres. No fue considerado durante mucho tiempo como un estamento que dominara el leer y el escribir el tercer estado, para no hablar ya del cuarto. Y si la sociedad burguesa, que precisa mucha más fuerza de trabajo adiestrada que la sociedad feudal, ha situado una especie de fundamento común en el leer, escribir y contar, esto es sólo como un fundamento en el que el trabajador tiene que detenerse, mientras que los señores de más categoría llegan a los idiomas y a otras cosas. Todo ello, sin embargo, confluye en el modelo «empleado», el más diluido que existe. Toda educación, desde luego, está orientada a un modelo, sólo desde el cual se deduce la especie de disciplina, y sólo hacia el cual está dirigida la especie del camino formativo. En tanto que laxitud, la disciplina proviene del tipo burgués inseguro y desintegrado, mientras que, en tanto que severidad, proviene de una disciplina anterior, que imitaba o falsificaba una aristocracia que todavía era vinculante.




La disciplina laxa se llama últimamente una disciplina progresiva, o, lo que es lo mismo, una disciplina que no actúa sobre nadie, pero que tampoco tiene un objetivo cierto. Hace superficial, y bajo la apariencia de un saber, hace ignorante; es de esta especie de escuela de la que procede el playboy. De la vieja y severa escuela, hoy pasada de moda, de la escuela del rigor, procede, sin embargo, el hombre a toda prueba. En ambos casos, el método de formación, en tanto que Instituto de Segunda Enseñanza de Ciencias Naturales, responde a la vida capitalista inmediata, mientras que en los sedicentes Institutos de Segunda Enseñanza Humanistas, responde casi siempre a las olvidadas musas de escayola, fabricadas o heredadas necesariamente, a fin de que no se nos presenten tan poco bellas o tan vacías. Bien sea que vaya a través de resultados útiles o bien a través de versos griegos, la finalidad de la formación es siempre el miembro sumiso de la sociedad burguesa. Un miembro que no se arrepiente nunca de lo que ha aprendido, pero que no hace jamás uso de ello para experimentar y aprender lo que puede ser incómodo a las clases superiores. Esta escuela no termina ni siquiera en las personas mayores; como dice un refrán romano, ellos tenían que saberlo, el hombre es siempre un recluta. Sobre todo ello ejerce su seducción el gentleman con buenos ingresos, el único que ha llegado a ser citizen sustancialmente. Los alemanes, además, dirigen la mirada a los estudiantes de las corporaciones, al militar, y anhelan para sus hijos esta esplendorosa magnificencia. Con el sonido de sus armas atraviesan los últimos caballeros los sueños que van a dar el último toque; a través lie una especie de imitación que nunca se hace verdad. El pequeño burgués medio está absorbido por tales imágenes y dirige su mirada a una vida superior y más decisiva. En esta vida no podría encontrarse ni siquiera algo despreciable; el profesor en el Instituto no ha sabido ser modelo, y en la vida profesional posterior lo que domina no es precisamente el cordero.



Pero de lo que se trata es de cuál es la especie de vida más decisiva, de en qué consiste su mayor altura respecto a la anterior. Tal como las cosas son, la educación sigue siendo hasta su final la labor más conforme de todas las labores, sin que ni uno solo de sus modelos sea un modelo del mañana. Últimamente ha aparecido el sedicente trabajo educativo social, la formación hacia un pueblo estatal y cosas semejantes. Aquí se tiende, en primer lugar, a la calidad de miembro útil, pero, en último término, a la calidad de miembro útil para el estrato oprimido, para su voluntad propia entendida. Al contrario, en tanto que conciencia de clase, esta última debe ser impedida, y es así como en la formación burguesa del hombre maduro no sólo se ofrece un saber estéril, sino, cada vez más, una mentira radical. Pero en verdad sólo puede educarse hacia el modelo «cantarada», tal y como es ya el caso en un gran país. Esta es, a la vez, la única forma de utopía de la que puede decirse que es utópica en el buen sentido, o, lo que es lo mismo, una educación que comprende y aprende lo viejo desde lo nuevo, no al revés, y que no lleva a lo agostado o impedido conscientemente la estructura canónica del querer y del saber. Aquí surge el paso erguido, el ser uno mismo en el ser en común, y tanto los escolares como los maestros viven hacia adelante, en fronteras que avanzan constantemente. Viven allí donde el objetivo mismo es joven, hacia allí donde el que aprende se hace lúcido y llega a su forma…
(…)



***