lunes, 7 de noviembre de 2016

Fredric Jameson / Documentos de cultura, documentos de barbarie.




Documentos de cultura, documentos de barbarie.
La narrativa como acto socialmente simbólico







PREFACIO

¡Historicemos siempre! Esta consigna —único imperativo absoluto y hasta podríamos decir «transhistórico» de todo pensamiento dialéctico— a nadie sorprenderá que resulte ser también la moral de Documentos de cultura, documentos de barbarie. Pero, como nos lo enseña la dialéctica tradicional, la operación historizadora puede seguir dos caminos distintos, que sólo en última instancia se encuentran en un mismo lugar: el camino del objeto y el camino del sujeto, los orígenes históricos de las cosas mismas, y esa historicidad más tangible de los conceptos y las categorías por cuyo intermedio intentamos entender esas cosas. En el terreno de la cultura, que es el campo central de este libro, nos enfrentamos así a una elección entre el estudio de la naturaleza de las estructuras «objetivas» de un texto cultural dado (la historicidad de sus formas y su contenido, el momento histórico de emergencia de sus posibilidades lingüísticas, la función situacionalmente específica de su estética), y algo bastante diferente que pondría en cambio en el primer plano las categorías interpretativas o códigos a través de los cuales leemos y recibimos el texto en cuestión.

Para bien o para mal, es este segundo camino el que hemos escogido seguir aquí: este libro se centra consiguientemente en la dinámica del acto de interpretación y presupone como su ficción organizadora que nunca confrontamos un texto de manera realmente inmediata, en todo su frescor como cosa-en-sí. Antes bien los textos llegan ante nosotros como lo siempre-ya-leído; los aprehendemos a través de capas sedimentadas de interpretaciones previas, o bien —si el texto es enteramente nuevo— a través de los hábitos de lectura y las categorías sedimentadas que han desarrollado esas imperativas tradiciones heredadas. Esta presuposición dicta pues el uso de un método (que en otro lugar llamé «metacomentario») según el cual nuestro objeto de estudio no es tanto el texto mismo sino la interpretación a través de la cual intentamos enfrentarnos a él y apropiárnoslo. La interpretación se entiende aquí como un acto esencialmente alegórico que consiste en reescnbir un texto dado en términos de un código maestro interpretativo particular. La identificación de este último llevará pues a una evaluación de dichos códigos o, dicho de otra manera, de los «métodos» o abordamientos corrientes hoy en los estudios literarios y culturales norteamericanos.



Su yuxtaposición con el ideal de comprensión dialéctico o totalizador, propiamente marxista, se utilizará para demostrar las limitaciones estructurales de los otros códigos interpretativos, y en particular para mostrar las maneras «locales» en que construyen sus objetos de estudio y las «estrategias de contenimiento» con las que lograrnos proyectar la ilusión de que sus lecturas son de alguna manera completas y autosuficientes. La ilusión retrospectiva del metacomentario tiene así la ventaja de permitirnos medir el rendimiento y la densidad de un acto interpretativo propiamente marxista en contraste con esos otros métodos interpretativos —el ético, el psicoanaíítico, el mítico-crítico, el semiótico, el estructural y el teológico— con los que tiene que  competir en el «pluralismo» del mercado intelectual de nuestros días. Alegaré aquí la prioridad del marco interpretativo marxiano en términos de riqueza semántica. El marxismo no puede defenderse hoy como un mero sustituto de esos otros métodos, que se arrumbarían entonces con gesto triunfalista entre los desperdicios de la historia; la autoridad de semejantes métodos se funda en su fiel consonancia con esta o aquella ley local de una vida social fragmentada, este o aquel subsistema de una superestructura cultural compleja y pululante. Dentro del espíritu de una tradición dialéctica más auténtica, el marxismo se concibe aquí como ese «horizonte no trascendible» que subsume tales operaciones críticas aparentemente antagonistas o inconmensurables, asignándoles dentro de él mismo una validez sectorial indudable, y de este modo borrándolas y preservándolas a la vez. Sin embargo, debido al foco peculiar de esta organización retrospectiva, acaso valga la pena advertir al lector lo que este libro no es.



El lector, en primer lugar, no debe esperar nada parecido a esa proyección exploratoria de lo que es y debe ser una cultura política vital y emergente que ha propuesto con toda razón Raymond Williams como la tarea más urgente de una crítica cultural marxista. Hay por supuesto buenas razones históricas objetivas que explican por qué el marxismo contemporáneo ha tardado tanto en ponerse a la altura de ese reto: la triste historia de la prescripción zhdanovista en las artes es una de ella, la fascinación con los modernismos y «revoluciones» en la forma y en el lenguaje es otra, así como el advenimiento de todo un nuevo «sistema mundial» político y económico al que los viejos paradigmas culturales marxistas se aplican sólo imperfectamente. Una conclusión provisional del presente trabajo enunciará algunos de los desafíos que la interpretación marxista debe anticipar al concebir esas nuevas formas de pensamiento colectivo y de cultura colectiva que yacen tras los límites de nuestro propio mundo. El lector encontrará allí una silla vacía reservada para alguna producción cultural colectiva aún no realizada del futuro, más allá del realismo tanto como del modernismo.

Si este libro no quiere pues proponer una estética política o revolucionaria, tampoco se preocupa mucho de plantear una vez más las cuestiones tradicionales de la estética filosófica: la naturaleza y la función del arte, la especificidad del lenguaje poético y de la experiencia estética, la teoría de lo bello y todo eso. Pero la ausencia misma de esas cuestiones puede servir de comentario implícito sobre ellas; he tratado de mantener una perspectiva esencialmente historicista, en la que nuestras lecturas del pasado son vitalmente dependientes de nuestra experiencia del presente, y en particular de las peculiaridades estructurales de lo que se llama a veces la sociedad de consumo (o el momento «desacumulativo» del capitalismo tardío monopolista o de consumo o multinacional), lo que Guy Debord llama sociedad de la imagen y el espectáculo.



La cuestión es que en semejante sociedad, saturada de mensajes y con experiencias «estéticas» de todas clases, las cuestiones mismas de una vieja estética filosófica necesitan ser historizadas radicalmente, y puede esperarse que se transformen en el proceso de manera irreconocible. Ni tampoco, aunque la historia literaria está implicada aquí por todas partes, debe tomarse este libro como una obra paradigmática de esa forma o género discursivo, que está hoy en crisis. La historia literaria tradicional era un subconjunto 12 de la narrativa representacional, una especie de «realismo» narrativo que se ha vuelto tan problemático como sus ejemplares principales en la historia de la novela. El segundo capítulo del presente libro, que se ocupa de la crítica de los géneros, planteará el problema teórico del estatuto y la posibilidad de tales narraciones histórico-literarias, que en Marxism and form llamé «constructos diacrónicos»; las lecturas subsiguientes de Balzac, Gissing y Conrad proyectan un marco diacrónico —la construcción del sujeto burgués en el capitalismo emergente y su desintegración esquizofrénica en nuestra época— que aquí, sin embargo, no se desarrolla nunca del todo.

Sobre la historia literaria podemos observar hoy que su tarea se auna a la que propuso Louis Althusser para la historiografía en general: no elaborar algún simulacro acabado, con la apariencia de lo vivo, de su supuesto objeto, sino más bien «producir» el «concepto» de este último. Esto es sin duda lo que las más eminentes historias literarias modernas o modernizadoras —como por ejemplo la Mimesis de Auerbach— han tratado de hacer en su práctica crítica, si no en su teoría. ¿Es posible por lo menos, entonces, que la presente obra pueda tomarse como un esquema o proyección de una nueva clase de método crítico? Ciertamente a mí me parecería perfectamente apropiado reformular muchos de sus hallazgos en la forma de un manual metodológico, pero semejante manual tendría por objeto el análisis ideológico, que sigue siendo, me parece, la designación apropiada del «método» crítico específico del marxismo. Por algunas de las razones indicadas arriba, este libro no es un manual, cosa que lo haría necesariamente ajustar las cuentas con otros «métodos» rivales en un espíritu más polémico. Sin embargo, no debe suponerse que el tono inevitablemente hegeliano del marco de referencia retrospectivo de El inconsciente político implica que tales intervenciones polémicas no sean de la más alta prioridad para la crítica cultural marxista. Por el contrario, esta última tiene que ser también necesariamente lo que Althusser ha pedido a la práctica de la filosofía marxista propiamente dicha, o sea «lucha de clases dentro de la teoría».



Para el lector no marxista, sin embargo, que bien puede sentir que este libro es a fin de cuentas bastante polémico, añadiré algo que acaso sea innecesario y subrayaré mi deuda con los grandes pioneros del análisis narrativo. Mi diálogo teórico con ellos en estas páginas no debe tomarse meramente con un espécimen más de la crítica negativa de la «falsa conciencia» (aunque también es eso, y de hecho en la Conclusión I tratará explícitamente del problema de los usos apropiados de esos gestos que son la desmitificación y desenmascaramiento ideológico). Debe quedar claro mientras tanto que ninguna obra en el campo del análisis de la narrativa puede permitirse ignorar las contribuciones fundamentales de Northrop Frye, la codificación por A. J. Greimas de las tradiciones formalistas y semióticas en su totalidad, la herencia de cierta hermenéutica cristiana, y sobre todo las indispensables exploraciones de Freud en la lógica de los sueños y de Claude Lévi-Strauss en la lógica del relato «primitivo» y de la pensée sauvage, para no hablar de los logros defectuosos pero monumentales en este terreno del más grande filósofo marxista de los tiempos modernos, Georg Lukács.

Estos corpus divergentes y desiguales son interrogados y valorados aquí desde la perspectiva de la tarea crítica e interpretativa específica del presente volumen, a saber reestructurar la problemática de la ideología, del inconsciente y del deseo, de la representación, de la historia y de la producción cultural, alrededor del proceso universalmente moldeador de la narrativa, que considero (utilizando aquí el atajo del idealismo filosófico) como la función o instancia central del espíritu humano. Esta perspectiva puede reformularse en términos del código dialéctico tradicional como el estudio de la Darstellung: esa designación intraducibie en la que los problemas actuales de la representación se cruzan productivamente con aquellos, bastante diferentes, de la presentación, o del movimiento esencialmente narrativo y retórico del lenguaje y de la escritura a lo largo del tiempo. Finalmente, aunque no es menos importante, el lector se sentirá acaso desconcertado de que un libro ostensiblemente preocupado del acto interpretativo dedique tan poca atención a las cuestiones de la validez interpretativa y a los criterios según los cuales puede invalidarse o acreditarse una interpretación dada. Sucede que en mi opinión ninguna interpretación puede ser efectivamente descalificada en sus propios términos por una simple enumeración de inexactitudes y omisiones, o por una lista de cuestiones no resueltas. La interpretación no es un acto aislado, sino que tiene lugar dentro de un campo de batalla homérico, donde cierta cantidad de opciones interpretativas están implícita o explícitamente en conflicto. Si la concepción positivista de la exactitud filológica fuese la única alternativa, entonces preferiría con mucho adherirme a la actual y provocativa celebración de las lecturas fuertemente equivocadas, antes que a las que son débiles.



Como dice el proverbio chino, se usa un mango de hacha para hallar otro: en nuestro contexto, sólo otro a interpretación más fuerte puede derribar y refutar prácticamente a una interpretación ya establecida. Me contentaría pues con que las partes teóricas de este libro se juzgaran y pusieran a prueba de acuerdo con su práctica interpretativa. Pero esta antítesis misma señala el doble patrón y el dilema formal de todo estudio cultural que se haga hoy, de lo cual difícilmente quedaría exento este libro: una incómoda lucha por la prioridad entre los modelos y la historia, entre la especulación teórica y el análisis textual, donde la primera trata de transformar al segundo en otros tantos simples ejemplos, aducidos para apoyar sus proposiciones abstractas, mientras que el segundo sigue implicando insistentemente que la teoría misma no era sino un andamiaje metodológico que puede desmantelarse sin dificultad una vez que empieza la cuestión seria de la crítica práctica. Estas dos tendencias —teoría e historia literaria— se ha sentido tantas veces en el pensamiento académico occidental que eran rigurosamente incompatibles, que vale la pena recordar al lector, en conclusión, la existencia de una tercera posición que las trasciende a ambas. Esa posición, por supuesto, es el marxismo, que, en la forma de la dialéctica, afirma una primacía de la teoría que es a un mismo tiempo un reconocimento de la primacía de la Historia misma.

Killingworth, Connecticut