jueves, 29 de diciembre de 2016

Luciano Canfora / El mundo de Atenas



I. CÓMO NACE UN MITO

1
El «mito» de Atenas se encierra en algunas frases del epitafio de Pericles parafraseado, y al menos en parte inventado, por Tucídides. Son sentencias con pretensiones de eternidad y que legítimamente han desafiado al tiempo, pero también son fórmulas no del todo comprendidas por los modernos, y acaso por eso han resultado aún más eficaces, y han sido blandidas con trasnochado engreimiento. Otras partes del epitafio, mientras tanto, son ignoradas, quizá porque molestan el cuadro que los modernos, recortando los pasajes exquisitos del original, quieren agigantar. Baste como ejemplo la exaltación de la violencia imperial ejercida por los atenienses en cualquier parte de la tierra. [1]

Memorable y afortunada entre todas, en cambio, es la serie de valoraciones en torno a la relación de Atenas, considerada en su conjunto, con el fenómeno del extraordinario florecimiento cultural: «En síntesis, afirmo que nuestra ciudad en su conjunto constituye la escuela de Grecia»; [2] «entre nosotros cada ciudadano puede desarrollar de manera autónoma su persona [3] en los más diversos campos con gracia y desenvoltura»; [4] «amamos la belleza pero no la ostentación; y la filosofía [5] sin inmoralidad». [6] Algunas de estas expresiones han sido objeto de amplificaciones posteriores, ya en la Antigüedad, como es el caso del epigrama a la muerte de Eurípides atribuido a Tucídides, en el que Atenas se vuelve de «escuela de Grecia» en «Grecia de Grecia». [7]

Otros han contribuido a crear un cliché perdurable. Por ejemplo: «Frente a los peligros, a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo, indecisión»; [8] nosotros los atenienses afrontamos los peligros racionalmente, teniendo pleno conocimiento y conciencia; ellos viven para la disciplina y los ejercicios preventivos, nosotros no somos menos aunque vivamos de modo más relajado; [9] los lacedemonios no nos invaden nunca solos sino que vienen con todos sus aliados, mientras nosotros, cuando invadimos a los vecinos, vencemos [10] (!) aunque combatamos solos casi siempre. Si ahora consideramos el célebre capítulo que describe el sistema político ateniense, [11] la contradicción entre la realidad y las palabras del orador se vuelve aún más evidente. Baste tener en cuenta que Tucídides, quien sin circunlocuciones melifluas o edulcorantes define el largo gobierno de Pericles como «democracia sólo de palabras, y en los hechos una forma de principado», [12] precisamente en este epitafio hace hablar a Pericles de modo tal que suscita la impresión (en una lectura superficial) de que el estadista, en su faceta de orador oficial, está describiendo un sistema político democrático y a la vez tejiendo su elogio. Pero no le basta con eso: le hace elogiar el trabajo de los tribunales atenienses en los que «en las disputas privadas las leyes garantizan igual tratamiento a todo el mundo». [13]

Por no hablar de la visión totalmente idealizada del funcionamiento de la asamblea popular como lugar en el que habla cualquiera que tenga algo útil que decir a la ciudad y se es apreciado exclusivamente en función del valor, en tanto que la pobreza no es un impedimento. [14]





2
Tucídides era perfectamente consciente de que estaba imitando un discurso de ocasión —con todas las falsedades patrióticas inherentes a ese género de oratoria—, cosa que los intérpretes de su obra no deberían olvidar en ningún caso. Tucídides comparaba, intencionadamente, la Atenas imaginaria de la oratoria períclea «oficial» con la verdadera Atenas períclea; éste es asimismo un supuesto necesario para leer sin equivocaciones el célebre epitafio.

Desde nuestro punto de vista, el primero en comprender plenamente el profundo carácter mistificador de este importante discurso fue Platón, quien en el Menéxeno parodió ferozmente este epitafio inventando el epitafio de Aspasia —la mujer amada por Percicles y perseguida por la mojigatería oscurantista ateniense—, elaborado, dice Sócrates en ese diálogo, «pegando las sobras» del epitafio de Pericles. [15] La pointe de la invención platónica, suscitada probablemente por la reciente aparición de la obra tucidídea, resulta tanto más punzante si se considera que el Pericles de Tucídides, en el epitafio, exalta la entrega del ateniense medio a la filosofía, mientras que Aspasia había sido blanco de una denuncia del comediógrafo Hermipo y Diopites presentaba y hacía aprobar un decreto, dirigido contra Anaxágoras, que «sometía a juicio con procedimiento de urgencia a quienes no creyeran en los dioses o enseñaran doctrinas sobre los fenómenos celestes»; [16] mientras Menón o Glicón arrastraban a Fidias a los tribunales y después a la cárcel. Anaxágoras, Fidias, Aspasia: es el círculo de Pericles, en cuyo centro está Aspasia. Por eso es cruel, o mejor dicho perfectamente conforme a la falsedad de los epitafios, hacer decir precisamente a Pericles que el ateniense ama la belleza y la filosofía; y particularmente eficaz imaginar —como sucede en el Menéxeno— una parodia de tal oratoria como obra de Aspasia.

Imposible no detenerse a pensar que también la explicación orgullosa y arrogante que Pericles da en este discurso acerca de por qué los atenienses ganan las guerras sin necesidad de imponerse esa dura disciplina marcial y totalizadora que es característica de Esparta causa un efecto de sorpresa en el lector, que sabe desde el primer momento que la guerra de la que se habla, deseada por el propio Pericles, acabó en derrota (y, contra toda su previsión, precisamente en el mar).

En resumen, la Atenas del mito —un mito fecundo pero no por eso menos mítico— es la que queda grabada en el epitafio perícleo-tucidídeo…



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