martes, 31 de mayo de 2016

Cien años de "Imperialismo fase superior del capitalismo" / Eduardo Lucita




Cien años de "Imperialismo fase superior del capitalismo"

Hoy las evidencias indican que se estaría en una nueva fase dentro de lo que desde el folleto de Lenin se conocería como fase superior

Hace cien años un simple folleto daba cuenta de las profundas modificaciones que estaban ocurriendo en el sistema capitalista mundial y que se manifestarían a lo largo de todo el siglo pasado. Hoy las evidencias indican que se estaría en una nueva fase dentro de lo que desde entonces se conocería como fase superior.
En 1916 editado como un folleto –1ra. Edición como libro en 1917- apareció “El imperialismo. Fase superior del capitalismo” del líder de la revolución bolchevique V. I. Lenin. En cierta forma el texto siguió el mismo derrotero que El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, editados para la coyuntura terminaron siendo libros de lectura imprescindible para comprender la evolución del capitalismo contemporáneo y para la formación de generaciones y generaciones de jóvenes que soñaron –muchos lo hacen aún- con cambiar el mundo de raíz.




Doble función
El texto del que en estos días se cumple un siglo fue escrito en Zúrich durante la primavera de 1916. Según dice el autor en el prólogo la censura zarista lo obligó a limitarse a un análisis exclusivamente teórico, muy centrado en lo económico, formulando pocas e indispensables observaciones de carácter político, esperanzado en que el folleto, “un ensayo popular”, ayudaría a comprender la política de aquellos años, la esencia económica del imperialismo y por lo tanto el papel de la guerra.
La importancia del libro de Lenin es que también permite periodizar al capitalismo. Distingue entre un capitalismo “viejo” exportador de mercancías y un capitalismo “nuevo” exportador de capitales, se pasaba a una nueva fase bajo el dominio del capital financiero. Así el imperialismo es la etapa de la senilidad del sistema como tal y de la guerra como un componente inevitable e imprescindible para su continuidad.
El texto conceptualizaba las principales transformaciones del sistema mundial operadas en la primera década del siglo y también las implicancias geopolíticas de la 1ra. Guerra Mundial.
Desde entonces el texto cumplió una doble función.
Era analítico, porque desmenuzaba las principales tendencias en curso y al mismo tiempo estratégico, porque ayudaba a ver el impacto de estas hacia adelante. Esas tendencias que se manifestarían a lo largo de todo el siglo XX pueden sintetizarse en: a) la fusión del capital bancario e industrial que dio lugar al capital financiero, b) la concentración de la producción y los monopolios, c) la exportación de capitales, producto de la acumulación de excedentes financieros, d) la concentración bancaria y el nuevo papel de los bancos que subordinan al comercio y a la industria y e) la redistribución de la áreas de influencia y el reparto del mundo como consecuencia de la 1ra. Guerra mundial.




Un nuevo período dentro de la fase superior
Desde entonces a hoy mucha agua ha corrido bajo los puentes. Sintéticamente la crisis mundial del ’30 y la 2da. Guerra Mundial; la llamada guerra fría producto del enfrentamiento entre bloques con formas de propiedad y organización social diferentes; las guerras de liberación nacional; la descolonización negociada; revoluciones en China, Cuba, Argelia, Vietnam; la conferencia de Bandung y el surgimiento del movimiento de Los No Alineados; el desarrollismo de la CEPAL
La crisis de los años ’70 del siglo pasado puso fin a la época dorada de la pos-guerra (1945-1975) y abrió un nuevo período. Fue a la vez una crisis clásica de caída de la tasa media de ganancia y una crisis de la gobernabilidad imperial (derrota en Vietnam). Esta doble crisis permite comprender porque fue tan fuerte la ofensiva neoliberal a partir de los años ’80.
Como respuesta a su crisis el capital lanzó a escala mundial un extendido proceso reestructurador de sus espacios productivos y de servicios, lo que fue acompañado por la ofensiva generalizada y sostenida sobre el trabajo, buscando desmontar las conquistas sociales que los trabajadores, generación tras generación, habían levantado como barreras frente a la voracidad capitalista. El keynesianismo armamentista de la administración Reagan y finalmente el estrepitoso derrumbe del estalinismo y el fin del enfrentamiento Este-Oeste dieron un nuevo impulso a la mundialización capitalista que ingresa así en la globalización. Un nuevo período dentro de la fase superior, asentada en el crecimiento de las multinacionales, la libertad de comercio, el libre flujo de capitales, el debilitamiento persistente de los Estados nacionales y la idea futurista de una “sociedad mundial uniforme, armónica y cooperativa”.

Imperialismo hoy
Un primer momento de este nuevo período ha sido la creciente interdependencia entre los países y la constitución de bloques económicos regionales (UE, MERCOSUR, NAFTA, ASEAN). En los ’90 emergió con fuerza la Organización Mundial de Comercio (OMC) que arbitraba entre las naciones mientas impulsaba un comercio sin trabas. Pero ahora es esta misma OMC la que se está convirtiendo en una traba para un capitalismo rapaz que ha regresado a ciertas formas primitivas, la llamada acumulación por desposesión (de territorios, de saberes originales, de recursos estratégicos, de espacios y servicios públicos, de conquistas laborales).
El desenvolvimiento de esta lógica capitalista no reconoce fronteras ni territorios, intenta formatear un espacio planetario mercantil, homogéneo y sin barreras, sustentado en la supuesta competencia perfecta de una economía mundial sin regulaciones y el individualismo de una sociedad global. Esto está inscripto en los tratados de libre comercio que, impulsados por las multinacionales y los estados centrales, han cobrado nuevos bríos, y no casualmente se están negociando en estos días a escala mundial (TPP, TTIP, TISA, UE-Mercosur).

Impacto político
Como hace cien años las políticas de austeridad, el desempleo estructural, la destrucción de fuerzas productivas y las confrontaciones bélicas son la muestra de la decadencia del sistema.
En este nuevo período el imperialismo concentra, centraliza y homogeniza por arriba a la par que escinde, fragmenta y hetereogeniza por abajo. No elimina el orden de las dominaciones estatales, sino que las superpone. Por arriba es mucho más multipolar y el carácter transnacional de las corporaciones es mayor de lo que era pero siguen referenciándose en la potencia militar y económica de los países centrales. Por abajo la repuesta se vertebra en una multiplicidad de movimientos sociales que expresan un conjunto variopinto de subjetividades, pero muchas de ellas no alcanzan a tener determinaciones de clase, por lo tanto corren el riesgo de ser reabsorbidas por la lógica del capital.
Dentro del imperialismo la jerarquización es hoy más compleja. EEUU sigue siendo una superpotencia, mientras que es notable el fracaso del imperialismo europeo y se verifica el ascenso de proto imperialismos (China, Rusia) y sub imperialismos (Brasil).
Hay entonces una contradicción estructural que lo recorre íntegramente, la acumulación mundializada y su territorialización estatal lo que lleva aparejado una inestabilidad geopolítica permanente, que se expresa en las disputas entre potencias por las zonas de influencia, por los flujos comerciales, por el control de los territorios y la multiplicidad de guerras localizadas.
Comprender estas nuevas tendencias que definen el hoy del imperialismo y medir su impacto social y político es una necesidad imprescindible para avanzar en la transformación de un sistema cada vez más inmoral e inhumano.

Eduardo Lucita, Integrante del colectivo EDI –Economistas de Izquierda.



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viernes, 27 de mayo de 2016

MARCEL PROUST / Ensayos literarios





PREFACIO

Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal. En realidad, como ocurre con las almas de difuntos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, se encarna y se oculta en cuanto muere en algún objeto material. Queda cautiva, cautiva para siempre, a menos que encontremos el objeto. Por él la reconocemos, la invocamos, y se libera. El objeto en donde se esconde —o la sensación, ya que todo objeto es en relación a nosotros sensación— muy bien puede ocurrir que no lo encontremos jamás. Y así es cómo existen horas de nuestra vida que nunca resucitarán. Y es que este objeto es tan pequeño, está tan perdido en el mundo, que hay muy pocas oportunidades de que se cruce en nuestro camino. Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos por siempre para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar. La otra tarde cuando volví helado por la nieve y no me podía calentar, habiéndome puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me propuso hacerme una taza de té, en contra de mi costumbre. Y la casualidad quiso que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en la taza de té, y en el instante en que llevé el pan tostado a mi boca y cuando sentí en mi paladar la sensación de su reblandecimiento cargada de un sabor a té, sufrí un estremecimiento, olor a geranios, a naranjos, una sensación de extraordinaria claridad, de dicha; permanecí inmóvil, temiendo que un solo movimiento interrumpiera lo que estaba pasando en mí y que yo no comprendía, aferrándome en todo momento a aquel pedazo de pan mojado que parecía provocar tantas maravillas, cuando de pronto cedieron, rotas, las barreras de mi memoria, y los veranos que pasé en la casa de campo que he dicho irrumpieron en mi conciencia, con sus mañanas, trayendo consigo el desfile, la carga incesante de las horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y tomaba su té. 



Mojaba un bizcocho y me lo daba a comer. Y cuando hubieron pasado aquellos veranos, la sensación del bizcocho reblandecido en el té fue uno de los refugios en donde habían ido a acurrucarse las horas muertas —muertas para la inteligencia—y en donde sin duda no las habría hallado nunca si esta tarde de invierno, cuando volvía helado de la nieve, mi cocinera no me hubiera ofrecido la bebida a que estaba ligada la resurrección, en virtud de un pacto mágico que yo desconocía. Pero en cuanto probé el bizcocho, se trenzó en la tacita de té, como esas flores japonesas que no agarran más que en el agua, todo un jardín, hasta entonces impreciso y apagado, con sus alamedas olvidadas, macizo por macizo, con todas sus flores. Asimismo muchas de las jornadas de Venecia que la inteligencia no me había podido ofrecer estaban muertas para mí, hasta que el año pasado, al atravesar un patio, me paré en seco en medio del empedrado desigual y brillante. Los amigos con los que me encontraba temieron que hubiese resbalado, pero les hice señas de que siguieran su camino, que ya me reuniría con ellos; un objeto más importante me ataba, aún no sabía cuál, pero en el fondo de mí mismo sentía estremecerse un pasado que no reconocía: fue al poner el pie sobre el empedrado cuando sufrí esa turbación. Sentía una dicha que me invadía, y que iba a enriquecerme con esa sustancia pura hecha de nosotros mismos que representa una impresión pasada, de la vida pura conservada pura (y que no podemos conocer más que conservada, pues en el momento en que la vivimos no acude a nuestra memoria sino rodeada de sensaciones que la eliminan), y que sólo pedía la liberación, venir a aumentar mis tesoros de poesía y de vida. Pero yo no me sentía con fuerzas bastantes para liberarla. ¡Ah!, la inteligencia no me hubiese servido de nada en un momento semejante. Deshice unos cuantos pasos para volver de nuevo a hollar adoquines desiguales y brillantes para intentar tornar al mismo estado. Se trataba de la misma sensación en el pie que había experimentado al pisar el pavimento algo desigual y liso del baptisterio de San Marcos. La sombra que se dejaba caer aquel día sobre el canal en donde me aguardaba una góndola, toda la dicha, toda la riqueza de esas horas, se precipitaron tras aquella sensación reconocida, y aquel mismo día revivió para mí. 



No sólo la inteligencia no puede ayudarnos a esas resurrecciones, sino que incluso estas horas del pasado no van a guarnecerse más que en objetos en donde la inteligencia no ha tratado de encarnarlos. En los objetos con los que has intentado establecer conscientemente relaciones con las horas que viviste no podrá hallar asilo. Y además, si alguna otra cosa puede resucitarlas, aquéllos, cuando renazcan con ella, estarán desprovistos de poesía. Recuerdo que un día de viaje, desde la ventana del vagón, me esforzaba por extraer impresiones del paisaje que pasaba ante mí. Escribía mientras veía pasar el pequeño cementerio aldeano, notaba barras luminosas de sol descendiendo sobre los árboles, las flores del camino parecidas a las del Lys dans la vallée. Luego, rememorando aquellos árboles listados de luz, aquel pequeño cementerio aldeano, trataba de evocar aquella jornada, quiero decir aquella jornada misma y no su frío fantasma. No lo conseguía nunca, y ya había renunciado a conseguirlo, cuando al desayunar el otro día dejé caer mi cuchara sobre el plato. Entonces se produjo el mismo sonido que el del martillo de los guardagujas que golpeaban aquel día las ruedas del tren en las paredes. En el mismo instante, el momento quemante y deslumbrador en que aquel ruido tintineaba revivió en mí, y toda aquella jornada con su poesía, de la que sólo se exceptuaban, ganados para la observación voluntaria y perdidos para la resurrección poética, el cementerio de la aldea, los árboles listados de luz y las flores balzacianas del camino. En ocasiones, por desgracia, encontramos el objeto, la sensación perdida nos hace estremecer, pero ha transcurrido demasiado tiempo, no podemos definir la sensación, requerirla, no resucita. Al cruzar el otro día una oficina, un trozo de tela verde que tapaba una parte de la vidriera rota me hizo detener de pronto, escuchar dentro de mí. Me llegó un resplandor de verano. ¿Por qué? Traté de acordarme. Vi avispas en un rayo de sol, un olor de cerezas en la mesa, y no pude acordarme. Durante un instante fui como esos durmientes que al levantarse durante la noche no saben dónde están, tratan de orientar su cuerpo para tomar conciencia del lugar en que se encuentran, sin saber en qué cama, en qué casa, en qué lugar de la tierra, en qué momento de su vida se encuentran. Hallándome así vacilé un instante, buscando a tientas en torno al recuadro de tela verde, los lugares, el tiempo en donde debía situarse mi recuerdo que apenas despuntaba. Vacilé a un tiempo entre todas las sensaciones confusas, conocidas u olvidadas de mi vida; aquello no duró más que un instante. Inmediatamente no vi ya nada. 


Mi recuerdo se había adormecido para siempre. Cuántas veces, durante un paseo, me han visto así amigos, detenerme ante una alameda que se abría frente a nosotros, o ante un conjunto de árboles, pidiéndoles que me dejaran solo un momento. Todo en vano; para conseguir nuevas fuerzas en mi búsqueda del pasado, a pesar de cerrar los ojos, de no pensar ya en nada, de abrirlos luego de repente, para tratar de volver a ver estos árboles como la primera vez, no lograba saber dónde los había visto. Reconocía su forma, su disposición, la línea que trazaban parecía calcada de algún misterioso dibujo amado, que se agitaba en mi corazón. Pero no podía añadir más, incluso ellos, con su actitud natural y apasionada, parecían expresar su pena por no poderse expresar, por no poderme contar el secreto que sabían, aunque yo no podía desvelarlo. Fantasmas de un pasado querido, tan querido que mi corazón latía como si fuera a estallar, me tendían brazos impotentes, como esas sombras que Éneo encuentra en los infiernos. ¿Estaba ubicado en los paseos por la ciudad donde discurrió mi infancia feliz, se hallaba sólo en ese país imaginario en donde soñé luego con mamá tan enferma, junto a un lago, en un bosque en donde se veía durante toda la noche, país sólo soñado, pero casi tan real como el país de mi infancia, que no era ya más que un sueño? Nunca lo sabré. Y tenía que reunirme con mis amigos, que me esperaban en el recodo del camino, con la angustia de volver la espalda para siempre a un pasado que no volvería a ver, de renegar de los muertos que me tendían brazos impotentes y amorosos, y parecían decirme: Resucítanos. Y antes de reemprender la charla, me volví aún un momento para echar una mirada cada vez menos penetrante en dirección a la línea curva y huidiza de los árboles expresivos y callados que todavía serpeaba ante mis ojos.

Junto a ese pasado, esencia íntima de nosotros mismos, las verdades de la inteligencia se nos antojan bien poco reales. Por eso cuando, sobre todo a partir del momento en que desfallecen nuestras fuerzas, nos dirigimos hacia todo aquello que puede ayudarnos a encontrarlo, deberíamos ser poco comprendidos por esas personas inteligentes que ignoran que el artista vive solo, que el valor absoluto de las cosas que ve no le importa, que la escala de valores no puede residir más que en uno mismo. Puede suceder que una representación musical detestable de un teatro de provincias, un baile que las personas de gusto consideran ridículo, evoquen recuerdos en él, se relacionen con él dentro de un orden de ensueños y de inquietudes, más que una ejecución admirable en la Ópera, una velada de extraordinaria elegancia en el jaubourg Saint-Germain. El nombre de las estaciones en una guía de ferrocarriles, en donde gustará imaginar que desciende del vagón en una tarde de otoño, cuando los árboles están ya desnudos de sus hojas y huelen intensamente en el aire fresco, un libro insípido para las gentes de gusto, lleno de nombres que no ha oído desde la infancia, pueden representar para él un valor distinto a los estupendos libros de filosofía, y llevan a decir a las gentes de gusto que para ser un hombre de talento, tiene gustos muy tontos. Quizá sorprenda que, prestando poca atención a la inteligencia, haya señalado como tema de las pocas páginas que seguirán precisamente algunas de esas observaciones que nos sugiere nuestra inteligencia, en contradicción con las trivialidades que oímos decir o que leemos. En un momento en que quizá mis horas estén contadas (además, ¿no las tienen contadas todos los hombres?), acaso resulte frívolo hacer una labor intelectual. Pero por un lado, aunque las verdades de la inteligencia son menos preciosas que esos secretos del sentimiento de los que hablé hace un rato, también encierran su interés. Un escritor no es sino un poeta. Incluso los más grandes de nuestro siglo, dentro de nuestro mundo imperfecto en donde las obras maestras del arte no son más que residuos del naufragio de grandes inteligencias, han rodeado de una trama de inteligencia las joyas de sentimiento en la que éstas no aparecen más que de vez en cuando. Y si se cree que respecto a este punto importante puede verse cómo se equivocan los mejores de nuestro tiempo, llega un momento en que uno se sacude la pereza y experimenta la necesidad de decirlo. El método de Sainte-Beuve puede que no resulte a primera vista un asunto tan importante. Pero conforme vayan discurriendo estas páginas puede que se vea uno inducido a percatarse de que guarda relación con muy importantes problemas intelectuales, quizá con el que más importancia reviste para un artista, con esa inferioridad de la inteligencia de que hablaba al principio. Y después de todo, esa inferioridad de la inteligencia es preciso pedirle que la fije la inteligencia. Efectivamente, si la inteligencia no merece el máximo galardón, ella es la única capaz de concederlo. Y si conforme a la jerarquía de las virtudes no cuenta más que con un segundo lugar, no hay nadie más que ella capaz de proclamar que es el instinto quien debe ocupar el primero.



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miércoles, 25 de mayo de 2016

La magia redentora de Juan Rulfo / Sergio Pitol





La magia redentora de Juan Rulfo 


En 1966, Sergio Pitol, que trabajaba como diplomático en Europa del Este, escribió el prólogo para la traducción polaca de 'Pedro Páramo'. Medio siglo después, aquella lectura ve la luz en español


La novela Pedro Páramo, del joven autor Juan Rulfo, apenas a diez años de su aparición es considerada ya una obra clásica de la narrativa contemporánea mexicana y disfruta de un renombre que sobrepasa ampliamente las fronteras de los territorios de lengua española en América. Hoy día, apaciguados ya los ecos de las polémicas que suscitó su publicación, esta novela se considera un hito en la creación literaria de México, que finaliza el periodo de la literatura dedicada a la problemática del indigenismo e inaugura una nueva época. El mundo que nos presenta Juan Rulfo, cuya peculiaridad se debe al modo en que el propio autor lo moldea, es el mundo de un ser casi desconocido que vive al margen de la civilización, excluido de la sociedad moderna; un hombre a quien vemos a diario, pero del que únicamente sabemos lo que nos dicen los tratados sociológicos; un hombre cuyas costumbres y vida son investigadas y descritas por los antropólogos: el indio mexicano. En la literatura, este hombre aparece siempre ante nosotros como un personaje acartonado que actúa en la escenografía artificial llena de trucos de un folklore de paja, ya que se intentaba hacer de él un guía y un símbolo de una determinada problemática social o política todavía no abarcada por el universo. En las obras del primer periodo posrevolucionario, la vida cotidiana de este hombre, y el significado de ésta, estaban cancelados o falseados, ya que se intentaba hacerlos encajar dentro de un marco artificialmente realista. Y el mundo de Juan Rulfo, ese que el autor despliega ante nosotros en el volumen de cuentos El Llano en llamas y en la novela Pedro Páramo, se nos ofrece dotado de la realidad de la poesía. Rulfo no intenta entender o, menos aún, explicar la psicología de sus protagonistas; tan sólo la describe, recupera a hurtadillas algunos momentos fugitivos, atrapa fragmentos de diálogos, presenta todo este mundo sirviéndose de los elementos que solamente él conoce a fondo.

Y no se trata solamente de una dicción cargada de potencialidad visual que el autor reproduce minuciosamente y labra de modo tal que, dentro de una irrealidad estilística, todo se vuelve real en los registros de la escritura, sino también de los rasgos más generales, más abstractos que determinan estas elementales formas de vida: la magia, las alucinaciones, los rituales antiguos que empiezan a revivir dentro de los personajes; la espiritualidad remota, arraigada secretamente en los rincones más ocultos del espíritu, se vislumbra de repente transformada en mitos, fantasmagorías y visiones espectrales. Se crea entonces una zona intermedia entre el “ser” y el “no ser”, en la cual se mueven estos personajes atormentados por sus manías y obsesiones, siempre poderosas como los elementos del universo: los hombres “labrados” de modo uniforme, ávidos de sangre, atormentados por el ansia de poseer ya sea una mujer, ya sea una tierra; por la obsesión de la soledad o por la llaga de un viejo rencor nunca cicatrizado. Sobre todo por eso, por el rencor... “¿Conoce usted a Pedro Páramo?” –pregunta uno de sus hijos. “Un rencor vivo” –responde el otro. “Es, según yo sé, la pura maldad” –constata algún tercero-. Inicialmente, Juan Rulfo deseaba escribir una novela extensa sobre las regiones del oeste –el estado de Jalisco– de la que Pedro Páramo sería tan sólo un fragmento.

Ese pasaje fue pensado como un capítulo dedicado al caciquismo, en el que, a través de las voces fragmentadas que lo habían conocido, se vislumbraría un retrato del dueño y soberano de Comala. Luego fue creciendo, se tornó más compacto y denso, hasta que se convirtió en la novela toda. Su trama es bastante simple: Juan Preciado, a petición de su madre, expresada por ésta en su lecho de muerte, llega a Comala para conocer a su padre, quien los ha suprimido de su memoria: “El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.




Primera edición de 'Pedro Páramo'.

Una vez que ha llegado, ve el pueblo en escombros, abandonado por todos, ya que sus habitantes han emigrado o muerto. A medida que Juan Preciado deambula por las calles y reconoce los lugares tantas veces descritos por su madre –“Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. [...] Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver”– empieza a oír voces, murmullos, ruidos, cantos remotos, llantos, ecos del pasado que progresivamente revelan las escenas de las violaciones, robos, relaciones incestuosas, engaños y abusos hasta que el narrador muere de espanto en los brazos de una vieja limosnera con la que lo habían sepultado en la fosa común, y allí, unido para siempre con la tierra, con esa tierra de Comala donde incluso “las frutas más dulces, naranjas y ciruelas tienen un sabor ácido”, llega a conocer la historia de Pedro Páramo, un señor feudal que ejerce el poder con un látigo y mediante la violación: el cacique de esta tierra. Su historia es a la vez la historia colectiva de un pueblo subyugado por un señor que somete todo bajo su mando.

En Comala la vida gira alrededor de dos ejes, dos polos que organizan las pasiones y rigen la existencia de los habitantes del pueblo: el cacique y el cura. Ambos de igual modo violentos, duros, desprovistos de escrúpulos, parecen sintetizar en sí mismos el vacío, la esterilidad, el marasmo del espíritu de los habitantes del pueblo, por lo que su sufrimiento se torna aún más doloroso.
Y es que Pedro Páramo (tan sólo su nombre significa una tierra reseca, un desierto estéril), al igual que el Henry Sutpen de Faulkner, dedicó su vida entera a crear un patrimonio, a acumular el poder absoluto que subyuga bajo su mando a toda la comarca. Actúa cautelosamente en el momento en que el ejército revolucionario se acerca a Comala y también es capaz de aprovechar los antagonismos entre dos bandos opuestos. Impone su voluntad sirviéndose de un puñal y de la horca, y a la vez siente una fuerte necesidad de tener a un testigo de sus actos. Ese testigo no puede ser sino una mujer, una tal Susana San Juan, con la cual solía bañarse en el río, desnudos los dos, cuando ambos eran niños. Esa misma Susana San Juan que un tiempo después abandonaría Comala para siempre y cuya relación con su padre está marcada por las huellas del incesto. Cuando por fin decide vivir con Pedro Páramo bajo el mismo techo, su cerebro ya está carcomido por una locura irrevocable y total que le impide participar en su vida, someterse a su voluntad, ser ese testigo anhelado que sus “hazañas”, su crueldad y sus triunfos reclamaban: por lo mismo, ella es la única persona que ejerce sobre él una fuerte influencia emotiva; es la única mujer a la que él no logra dominar, y su muerte significará el ocaso del cacique y la ruina de todo el pueblo de Comala. Al igual que Henry Sutpen, el principal protagonista de la novela ¡Absalón, Absalón! de Faulkner, Pedro Páramo recurrirá a todos los medios posibles para acrecentar su patrimonio y, como el protagonista faulkneriano, conocerá la desilusión, el sinsentido de la existencia, demasiado dinámica frente a la absoluta pasividad del ambiente que lo rodea, y finalmente se dejará vencer por todo ese tedio, verá toda su vida convertida en una ruina y morirá estúpida, trivialmente.

Hablo de la pasividad del mundo de Juan Rulfo, ya que es uno de los motivos más intensamente palpables tanto en los cuentos de El Llano en llamas como en Pedro Páramo. Las concepciones del tiempo y del espacio elaboradas por la cultura contemporánea no logran adaptarse a la novela de Rulfo. En ella el espacio es siempre un lugar en el que todo parece estar estancado en un estado de espera interminable de algo que no llega y nunca llegará. El tiempo se quiebra, se deshace, el concepto mismo resulta desconocido, los personajes permanecen inmóviles cuando avanzan en el espacio y dentro del tiempo, que no es nuestro tiempo ni tampoco nuestro espacio: son como apariciones, sombras que deambulan incierta y misteriosamente por entre la niebla de un paisaje que, como por arte de magia, revela ante nuestros ojos y refleja algunas esferas de nuestra sensibilidad, y lo hace de modo mucho más verdadero de lo que podrían hacerlo la mayoría de las novelas de corte realista. Los personajes se suceden uno tras otro a tientas; difícilmente encontraríamos en sus actos alguna continuidad, sus acciones de ayer no tienen sentido alguno, los hechos que marcaron y determinaron la vida de ellos dentro de la narración son apenas recordables: el lenguaje mismo se torna incierto, vacilante dentro de su transparencia: “no puedo darlo por seguro”, “tal vez”, “no estoy convencido”, son las palabras que con más frecuencia usan estos hombres cuando empiezan a contar alguna historia o intentan responder alguna pregunta.

Una visión fatalista de la Historia, la revelación de alguna zona de la realidad mexicana, crítica del caciquismo y de sus consecuencias, las tinieblas que envuelven al espíritu del hombre, la imagen de una soledad desértica: todo esto y muchas cosas más llenan estas páginas de estructura tan compleja en las que revive la magia del pueblo torturado. Magia rescatada de las cenizas y resucitada por la fuerza redentora de la poesía de Juan Rulfo.

Sergio Pitol, narrador, traductor y diplomático. Es autor de más de una veintena de títulos entre los que se destaca su Trilogía de la memoria. Entre otros premios ha recibido el Juan Rulfo en 1999 y el Cervantes en 2005.

Traducción: Bárbara Stawicka-Pirecka

Este texto se publicó por primera vez en español en el número 35 (enero-marzo, 2016) de la revista La Palabra y el Hombre, de la Universidad Veracruzana, en colaboración con la Fundación Juan Rulfo. Agradecemos su cesión al autor, Sergio Pitol, y a ambas entidades.






PITOL EN VARSOVIA
PABLO DE LLANO

El comentario de Pitol a Pedro Páramo es un rescate imprevisto. Nadie tenía en órbita este texto perdido hasta que, al estar buscando la revista La Palabra y el Hombre, en colaboración con la Fundación Rulfo, material para conmemorar los 30 años de la muerte de Rulfo (1917-1986), un estudioso del genio mexicano, Jorge Zepeda, se sacó un conejo de su memoriosa chistera. ¿Por qué no traducir de vuelta al español el prólogo de Pitol a la primera edición de Pedro Páramoen polaco, de 1966?
Cuando lo escribió, Pitol tenía 32 años y empezaba su carrera diplomática en la embajada de México en la Polonia comunista. Recién levantaba el vuelo como escritor y había entrado en contacto con los círculos literarios e intelectuales de Varsovia. Una traductora pasó su prólogo al polaco, el libro se publicó y desde entonces ni el propio Pitol se volvió a acordar de su existencia. Justo medio siglo después, otra traductora lo ha devuelto del polaco al español y después del visto bueno del Premio Cervantes 2005 ha visto la luz por primera vez en su lengua original para celebrar a Rulfo, uno de los grandes referentes de Pitol.



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martes, 24 de mayo de 2016

Carta abierta de Huber Ballesteros a la izquierda y al movimiento popular latinoamericano.



Texto escrito por el prisionero político colombiano Huber Ballesteros, líder campesino detenido en el marco del Paro Agrario en el año 2013, recluido en la cárcel La Picota.
“El poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a la otra” (Carlos Marx)

Los últimos acontecimientos políticos en el sur de nuestro continente, no dejan dudas sobre cuál es la apuesta del capital para este parte del planeta. La arremetida feroz contra el gobierno de la revolución Bolivariana en Venezuela; el triunfo de Macri sobre el Kirchnerismo en Argentina; la pérdida del referendo para la reelección del presidente Evo Morales en Bolivia, el reciente golpe parlamentario contra Dilma Rousseff el Partido de los Trabajadores en Brasil, son prueba más que fehaciente de cómo el imperialismo Norteamericano viene empujando una maquinaria que busca arrasar con las conquistas sociales del movimiento popular latinoamericano a favor del modelo depredador del neoliberalismo capitalista.

Los partidos y movimientos de la izquierda, agrupados en el Foro de Sao Paulo, recientemente reunidos en Bogotá, manifestaron “Nuestra América después de dos décadas de construir alternativas al neoliberalismo, que han significado desarrollo económico, superación de la pobreza, la universalización de los derechos a la salud, educación, al trabajo, la vivienda y abriendo mayores oportunidades de equidad, igualdad, respeto a los derechos humanos y una mayor integración regional y de políticas públicas que han conquistado derechos sociales y económicos para los pueblos, experimentan la ofensiva de la derecha a nivel continental y del imperialismo que pretende revertir los avances logrados. Ante ello manifestamos nuestro apoyo y solidaridad a los gobiernos democráticamente electos y legalmente constituidos de carácter progresista y de izquierda”.

Este panorama nada esperanzador para los objetivos del movimiento sindical, social y popular latinoamericano, debe llamarnos a la reflexión tanto sobre las razones de lo que está ocurriendo como de las perspectivas de nuestra lucha en los años venideros.

Seguramente, son muchas las teorías que hoy se tejen alrededor de lo que viene ocurriendo; una de ellas y que me atrevo también a mencionar, es que al parecer quienes asumieron los gobiernos progresistas y de izquierda, olvidaron el carácter de clase del Estado. Este aparente olvido, consciente o inconsciente, permitió a la clase dirigente burgués, pelechar a la sombra durante estos tres lustros preparando las condiciones para asaltar de nuevo el poder con el apoyo abierto del imperialismo.

Lo contradictorio de este fenómeno político que algunos califican como el retorno de la derecha al poder en América Latina es que, aunque los partidos comunistas y el movimiento sindical y popular, asumieron en muchos casos posturas críticas ante estos gobiernos de centroizquierda, no fueron suficientemente lejos a la hora de proponer una profundización de la revolución. También al parecer se acomodaron en esa especie de Estado bienestar en que se convirtieron los proyectos alternativos al neoliberalismo en América del Sur.

Hoy, cuando al parecer la partida la tiene ganada la derecha, es válido preguntar; ¿cuál es la salida que la izquierda revolucionaria propone a esta crisis? Es la de batallar para que estos gobiernos de centro izquierda se mantengan en el poder con su modelo de “bienestar social” dentro del capitalismo o es el momento de avanzar hacia salidas realmente revolucionarias.

Al parecer, nos hemos resignado a no ir más allá de lo alcanzado en las últimas décadas; incluso en algunos casos, nos vemos como quien acepta que no hay alternativa al retorno del neoliberalismo. Construir las condiciones de una situación revolucionaria desde el punto de vista subjetivo, parece no estar al orden del día, lo que constituye una renuncia tácita a nuestro objetivo revolucionario; y lo que es peor, nos ha invadido la creencia que el regreso al neoliberalismo puro y duro nos permitirá tomar impulso en nuestro objetivo de conquistar el poder para construir el socialismo.

A mi modo de ver urge activar o crear mecanismos de integración. El destino de nuestros pueblos no debe ser el de aceptar que de nuevo el capitalismo impone su modelo depredador en nuestro suelo, la integración latinoamericana, debe ser ahora la de los pueblos, de los movimientos sociales y de los partidos revolucionarios, para forjar como lo dijera Bolívar: una patria grande y soberana.

Es la hora de avanzar hacia una democracia popular verdadera que pueda conducirnos al socialismo.

Bogotá, Colombia. Cárcel Nacional La Picota, mayo 18 de 2016.

Huber Ballesteros (prisionero político) es Secretario Nacional de Organización de Fensuagro, integrante del Comité Ejecutivo Nacional de la CUT y de la Junta Nacional de Marcha Patriótica.



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lunes, 23 de mayo de 2016

Las vueltas de la vida (política) o breve relato sobre el precio de la ambición / Atilio Borón



Les presento a José Serra, mi profesor que no fue y hoy Canciller del gobierno golpista de Brasil

La escena en un aula de la Flacso, Santiago de Chile, Agosto de 1967. Los alumnos de las dos maestrías que se dictaban en aquel momento, una en Sociología y otra en Ciencia Política, esperan con entusiasmo la llegada de un nuevo profesor de economía: un joven exiliado brasileño, con impecables antecedentes de izquierda, que por primera vez dictaría un curso a nivel de posgrado.

El Director de la institución hace la presentación de rigor y poco después el profesor pasa a explicar su programa, cosa que hace en un buen “portuñol” y con marcado acento brasileño que servía para matizar la aridez de su discurso. El contenido y la bibliografía son rigurosamente marxistas, sin la menor fisura por la cual pudiera deslizarse alguna otra vertiente de pensamiento económico.

Cuando terminó su exposición un pesado silencio descendió sobre la sala. Yo era uno de los estudiantes y me llamó la atención el hermetismo teórico del programa. Había ya hecho un curso de Economía Política en la Argentina, en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, con la inolvidable Rosa Cusminsky, que luego del golpe de 1976 logró exiliarse en México y continuar con su labor docente en la UNAM. En el curso dictado por Rosa, una marxista “convicta y confesa”, como se declarara José Carlos Mariátegui, estudiamos por supuesto a Marx (algunos pasajes de 'El Capital', leímos con fruición 'Salario, Precio y Ganancia', ojeamos el 'Anti-Duhring') pero también vimos a John M. Keynes, Joseph Schumpeter, Joan Robinson, Arthur Pigou y John K. Galbraith.
Rompí el silencio y, con mucho tacto, le pregunté al novel profesor si no iríamos a estudiar también la obra de algunos de estos autores que la buena de Rosa nos había hecho leer, en mi caso cuando aún no había cumplido dieciocho años. La respuesta me dejó helado, pues indignado, se volvió hacia mí y me dijo, con un tono amenazante y agitando con fuerza su dedo índice de la mano derecha: “Mire jovencito: si usted quiere perder el tiempo estudiando esa basura burguesa no tiene nada que hacer en mi curso.” Intimidados por la violencia verbal del profesor nadie tuvo la osadía de abrir la boca. Este comenzó a dictar su materia y yo ni siquiera me molesté en tomar notas, cosa que hago habitualmente.
Al terminar la clase me marché y nunca más regresé a su curso. Tuve suerte, porque en aquellos años Chile era la Atenas latinoamericana y completé mi formación económica de la mano de dos formidables maestros: Celso Furtado y Osvaldo Sunkel, que dictaban sendos cursos en el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile que, como era previsible, fueron muy superiores al que dictara mi censor. Este inició una notable carrera académica y política y debo reconocer que durante el gobierno de Salvador Allende fue un estrecho colaborador de su Ministro de Economía, Pedro Vúskovic.

Se también que la pasó muy mal con el golpe de Pinochet y que a duras penas logró salir de Chile. Al igual que yo fue a EEUU y obtuvo un doctorado en Economía en la prestigiosa Universidad de Cornell. Luego de eso pasó un tiempo en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y tras catorce años de exilio regresó a Brasil, donde de la mano de su mentor y protector en Chile, Fernando Henrique Cardoso, llegó a ser diputado federal, senador, alcalde y gobernador de Sao Paulo y dos veces candidato a presidente, siendo derrotado una vez por Lula en el 2002 y otra vez por Dilma en el 2010. En su campaña presidencial del 2002 sus diatribas e infamias en contra de Hugo Chávez Frías adquirieron una lamentable notoriedad, y su inquina en contra de todo lo que tenga que ver con Chávez y el chavismo, con el bolivarianismo y la revolución, persiste hasta el día de hoy, alimentada por su visceral odio al PT y a todo lo que se le parezca, culpable de su frustración política.

Su adhesión a la derechizada socialdemocracia brasileña y su calculada conversión al neoliberalismo como una ruta de ascenso para llegar, a como diere lugar, a la presidencia del Brasil acentuó aún más los rasgos de extrema intolerancia y dogmatismo que exhibiera en su juventud. Hoy representa la versión más radical y tal vez más sofisticada -porque es una persona inteligente y dueña de una sólida formación intelectual- de la derecha brasileña. Su insaciable ambición de poder, esa que según Hobbes sólo cesa con la muerte, no sólo lo hizo arrojar por la borda aquello en lo que creía con fanático celo a finales de los sesentas sino que lo llevó a convalidar el escandaloso asalto al gobierno de Brasil de la mano de una pandilla de corruptos que merecerían estar en la cárcel de por vida.

Pero con el ardor propio de los conversos a él no le importa nada y aceptó desempeñar un muy importante cargo en el gobierno de Michel Temer, posicionándose para intentar, por tercera vez, llegar a la presidencia del Brasil y así saciar su irreprimible obsesión. Este es el personaje que en la nota que publica el diario 'La Nación' (Buenos Aires) prometió “limpiar de ideología la política exterior” del Brasil. Les presento a José Serra, mi profesor que no fue y hoy Canciller del gobierno golpista de Brasil.



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viernes, 20 de mayo de 2016

Mi vida como obrera de Inditex / Nadia Celaya






CAPITALISMO Y PATRIARCADO
Mi vida como obrera de Inditex / Nadia Celaya

Trabajamos ocho horas a un ritmo agobiante, sin hablar ni levantar la cabeza para llegar a la producción que nos exigen.
A la voz de ¡ya! comienza el cambio de turno. En mi caso ocurre a las 21:55 hs. Nos vamos acercando hasta el puesto de la encargada mientras esquivamos las rápidas sonrisas cansadas de quienes reemplazamos. Nuestra respuesta son las ojeras resignadas a las que les quedan 8 horas de trabajo por delante.
Es el turno de noche de un centro logístico auxiliar de Inditex. Trabajamos por campañas con un contrato de fin de obra que nunca sabes cuándo va a acabar.

Nos dividen por mesas, 7 u 8 mujeres en cada una dirigida por una encargada de mesa. Porque en esta empresa existe la encargada a la que nunca se le ve, las encargadas de los turnos, las segundas encargadas, las encargadas de mesa, luego están las trabajadoras fijas, las que llevan varias campañas, las nuevas y finalmente y frecuentemente las chicas de ETT´s. Dependiendo en qué grupo de estos te encuentres serás tratada de una manera u otra. Ni qué decir tiene quien recibe el peor trato.




Llegamos a las mesas. Normalmente hay dos tareas: sacar prenda y emperchar. Sacar prenda consiste básicamente en volcar grandes cajas llenas de ropa en la mesa y sacarlas de la bolsa. Es el trabajo más aburrido y duro físicamente pero te libra de la presión agobiante de tener que cumplir los objetivos. Enfrente están las que emperchan toda la prenda que se ha sacado, están clavadas en el mismo sitio de pie articulando una y otra vez el mismo juego de muñecas. A ser posible más de 300 veces a la hora.

Esa prenda pasa por un túnel de planchado y llega a la embolsadora, donde trabajan los chicos. El trabajo está dividido por sexos; ellos son mozos de almacén, cargan y descargan camiones, mueven cajas y prendas y embolsan las perchas con una máquina. Nosotras somos operarias textiles, emperchamos, etiquetamos y planchamos. Esta barrera es casi infranqueable.

La velocidad comienza a recorrernos a todas. Hay que sacar deprisa para pasar la ropa a las que emperchan, no pueden quedarse sin prenda, pues "pierden tiempo" y podrían no llegar a la producción. Cada minuto cuenta. ¡Más rápido! dice una voz que se repite no sólo en tu cabeza.

Ante la atenta mirada de todo tipo de encargadas y cámaras de vigilancia, empieza la competición. Cuanto más rápida seas más posibilidades tienes de quedarte hasta el final de la campaña y que te llamen para la siguiente.

A las 2:00 de la mañana hacemos el descanso de 15 minutos. Cogemos nuestro kit de mano: agua, algo para engañar al hambre, crema de manos, crema antiinflamatoria e ibuprofeno. Si tu dolor se va por otros derroteros, alguien tendrá todo lo que le falta al botiquín de la empresa. Es increíble como en esos pocos minutos nos da tiempo a almorzar, fumar dos cigarrillos, beber e incluso hablar. Por eso no es necesario que nos aumenten el tiempo de descanso.



Volvemos a entrar y entonces te acuerdas de ese curso que te impartieron de riesgos laborales. Es muy importante que se roten los puestos, cada una vuelve a su sitio. Las cajas se cogen entre dos, se pierde demasiado tiempo. Una cómoda y buena postura para trabajar adecuada a tu altura, solo existen palets del mismo tamaño para elevarte un poco sobre la mesa. ¿Ese curso no debería ser impartido a la empresa? ¿No tendrían ellos la obligación de cumplir esas normas?

Creo que a nuestro gran jefe superior, Amancio Ortega, le trae sin cuidado cuánto de cargada esté nuestra espalda, cuántos arañazos y heridas tengamos por los brazos, cuánto de hinchadas estén nuestras manos, cuantos moratones y quemazos sobresalgan de nuestros cuerpos, cuanta fibra, polvo y vapores respiren nuestros pulmones a cada segundo. Al igual que le trae sin cuidado cada una de las miserables vidas de las mujeres de la India o China que confeccionan a destajo cada una de las prendas que emperchamos.
Dicen que gracias a estos centros logísticos es con lo que ha conseguido crear su imperio. Alabado por conseguir que tan solo discurran 20 días desde que se diseña una prenda hasta que llega a las tiendas de cualquier parte del mundo. Se olvidan de que quien consigue eso, somos todas las manos por las que pasa la ropa, trabajando largas horas a un ritmo frenético por menos de 4 euros a la hora. ¿Cómo realmente ha amasado su fortuna Amancio Ortega?
La jornada continúa y empiezas a ser consciente de cada minuto que pasa, no hay lugar para el cansancio aunque a cada rato te pesa más el cuerpo y la mente. Y a pesar de que tus ojos ya están rojos, vuelven a repetirte que no puedes bajar la producción.

Por fin son las 5:55 ¡ya! y salimos corriendo con nuestras sonrisas cansadas pasando el relevo a las ojeras resignadas. Unas pocas nos iremos a dormir, otras empezaran su otra jornada de trabajo, la que ocupa el cuidado de los hijos, la cocina, la lavadora y la limpieza de la casa.



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miércoles, 18 de mayo de 2016

Coloquio sobre Dante / Ósip MANDELSTAM




capítulo1 / Coloquio sobre Dante 

El discurso poético es un proceso cruzado y se compone de dos sonoridades: la primera de estas sonoridades es la modificación que nosotros oímos y percibimos de las herramientas mismas del discurso poético, que van apareciendo en el transcurso de su propio ímpetu; la segunda sonoridad es propiamente el discurso, es decir, el trabajo de fonética y de entonación que se realiza con las herramientas mencionadas.
Así concebida, la poesía no es parte de la naturaleza-ni siquiera de la mejor, de la más exquisita-y menos aún es su reflejo, lo que finalmente llevaría a una burla de la ley de la identidad; con una libertad estremecedora la poesìa se instala en un campo de acción virgen, fuera del espacio, no tanto narrando, cuando interpretando la naturaleza con ayuda de esos recursos instrumentales que comúnmente se denominan imágenes.

El discurso o el pensamiento poético puede ser llamado sonoro sólo de una manera extraordinariamente convencional, porque no oímos en él sino el entrecruzamiento de dos líneas de las cuales una, tomada en sí misma, es absolutamente muda; y la otra, tomada fuera de la metamorfosis instrumental, se ve privada de toda importancia, de todo interés y se presta a ser narrada, lo que, desde mi punto de vista, es un síntoma inequívoco de ausencia de poesía, ya que allí donde la obra se deja medir con la vara de la narración, allí las sábanas no han sido usadas, es decir, que -si se me permite la expresión- allí no ha pernoctado la poesía.

Dante es un maestro del instrumental de poesía, y no un fabricante de imágenes. Es un estratega de las transformaciones y de los entrecruzamientos; menos que ninguna otra cosa es un poeta en el sentido "paneuropeo" y banalmente cultural del término.

"Los luchadores desnudos, ungidos, van y vienen haciendo alarde del poderío de sus cuerpos antes de enzarzarse en el combate decisivo..."

Y mientras tanto, el cine contemporáneo, con su metamorfosis de tenia, se convierte en la parodia más perversa de lo instrumental del discurso poético, ya que los cuadros se desplazan en él sin lucha y no hacen sino reemplazarse uno a otro.
Imaginen algo comprendido, aprehendido, arrancado a sus tinieblas, en una lengua que espontánea y voluntariamente se olvida apenas se consuma el acto aclarador de la comprensión-interpretación...

En poesía lo único que cuenta es la compresión interpretadora, que de ninguna manera es pasiva, ni repetitiva ni perifrástica. La satisfacción semántica es equivalente al sentimiento que suscita la orden cumplida.
Las ondas- señales semánticas desaparecen una vez que han realizado su trabajo: cuanto más fuertes son, mas complacientes son, y menos propensas a demorarse.
De lo contrario resulta inevitable el golpeteo, la introducción de esos clavos ya preparados a los que se da el nombre de imágenes "cultural-poéticas".

El carácter exterior, explicativo de las imágenes es incompatible con el carácter instrumental.
La calidad de la poesía está determinada por la velocidad y la firmeza con la que ésta inculca sus ideas-órdenes de interpretación a la naturaleza de la formación de palabras, una naturaleza desinstrumentalizada, lexicográfica, puramente cuantitativa. Hay que atravesar rápidamente el ancho de un río atestado de ligeras embarcaciones chinas que se mueven en diversas direcciones: así es como se crea el sentido del discurso poético. Es imposible reconstruirlo como itinerario preguntando a los barqueros: ellos no nos dirán ni cómo ni por qué saltábamos de una barca a otra.

El discurso poético es un tejido de alfombra con multitud de urdimbres que se diferencian unas de otras sólo por el matiz de la interpretación, sólo por la partitura de la orden siempre cambiante de la señalización instrumental.

Hecho de agua, el discurso poético es la más resistente de las alfombras; en ella las corrientes del Ganges, tomadas como un tema textil, no se mezclan con las muestras del Nilo o del Eufrates, sino que mantienen su policromía en los cordones, en las figuras, en los ornamentos, pero no en los dibujos, ya que el dibujo es la paráfrasis. Lo que da valor al ornamento es que conserva las huellas de su origen, como un fragmento interpretado de la naturaleza. Animal, vegetal, estepario, escita, egipcio, el que sea, nacional o bárbaro, siempre habla, ve, actúa.

El ornamento está en estrofas.
El dibujo en versos.




Es maravilloso el hambre versificadora de los viejos italianos, su apetito salvajemente juvenil por la armonía, su ardiente deseo sensual por la rima, il disio¡
La boca trabaja la sonrisa mueve el verso, con inteligencia y alegría los labios se tiñen de rojo, la lengua se pega sin reparos al paladar.
La imagen interna del verso no se puede disociar de la incontable sucesión de expresiones que se dibujan en el rostro de quien recita y se emociona.

El arte de la palabra deforma nuestro rostro, desquicia su serenidad, destruye su máscara...

Cuando comencé a estudiar italiano y tuve una ligera noción de su fonética y de su prosodia, comprendí de pronto que el centro de gravedad de la articulación oral había cambiado de lugar: estaba más cerca de los labios, de la parte exterior de la boca. La punta de la lengua de pronto había ocupado el sitio de honor. El sonido se había precipitado hacia el cierre de los dientes. También me sorprendió lo infantil de la fonética italiana, su maravillosa puerilidad, su cercanía al balbuceo de un bebé, una especie de dadaísmo secular.

e, consolando, usaba l'idioma
che prima i padri e le madri trastulla;
[...]
favoleggiava con la sua famiglia
de'Troiani, di Fiesole, e di Roma.


Paradiso,XV,122-23;125-26

Y, consolando, usaba aquel idioma/que a padre y madre alegra y no importuna;/
[...]
/y con sus familiares habla un rato/de troyanos, de Fiésole y de Roma

¿Le gustaría conocer el diccionario de rimas italianas? Tome cualquier diccionario italiano y hojéelo como le plazca... Todo rima con todo. Cada palabra invita a su concordanza.
Es prodigiosa la abundancia de desinencias que casan. El verbo italiano se intensifica hacia el final y vive sólo en la desinencia. Cada palabra se apresura a estallar, a escapar volando de los labios, a salir, a ceder el lugar a otras palabras.

Cuando necesitó dibujar la circunferencia del tiempo, para el que un milenio es menos que un parpadeo, Dante introdujo la jerigonza infantil en su léxico astronómico, concertante, profundamente público, en su léxico de predicador.
La obra de Dante es ante todo la salida a la escena mundial del habla italiana de su época, tomada como un todo, como un sistema.
La más dadaísta de las lenguas romances se propone para el primer lugar internacional.


de Coloquio sobre Dante-Ósip MANDELSTAM
trad. Selma ANCIRA-Acantilado editorial,2004
La traducción de los pasajes de la Divina Comedia, es la de Angel Crespo.



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lunes, 16 de mayo de 2016

Siria, cómo limitar la guerra / Thierry Meyssan



Cada vez que el Ejército Árabe Sirio inflige una derrota a los yihadistas, nuevos combatientes llegan por miles al suelo sirio. Ya nadie puede negar que Siria está enfrentando una guerra alimentada desde el exterior y que esa guerra durará mientras se mantengan los envíos de carne de cañón proveniente del extranjero. También es necesario entender las razones externas que determinan la continuación de esta guerra. Sólo entonces será posible elaborar una estrategia para salvar vidas.





La antigua «ruta de la seda» vinculaba Irán con la costa siria, a través de Irak y pasando por Palmira. Es geográficamente imposible abrir otras grandes vías de comunicación a través del desierto. Es por eso que Palmira se ha convertido en un elemento clave de la guerra en Siria. Estuvo un año bajo el control del Emirato Islámico pero el Ejército Árabe Sirio logró liberarla y ahora acaban de realizarse allí dos conciertos, que fueron transmitidos por televisión en Siria y en Rusia, para celebrar así la victoria sobre el terrorismo.

Hace más de 5 años que Siria está en guerra. Los que apoyaban este conflicto explicaban al principio que era la prolongación de las «primaveras árabes». Pero ya nadie se atreve hoy a sostener tal cosa, simplemente porque los gobiernos surgidas de aquellas «primaveras» ya fueron derrocados. Lejos de ser resultado de una aspiración democrática, aquellos acontecimientos no eran más que una táctica destinada a liquidar regímenes laicos para favorecer el ascenso de la Hermandad Musulmana al poder.
Ahora dicen que otras fuerzas se apoderaron de la «primavera» siria o que la «revolución» –que en realidad nunca existió– fue devorada por verdaderos yihadistas.

Como bien ha señalado el presidente ruso Vladimir Putin, el comportamiento de los occidentales y de los países del Golfo es, de entrada, incoherente. En el campo de batalla resulta imposible combatir al mismo tiempo contra los yihadistas y contra la República Árabe Siria y afirmar que se toma partido por un tercer bando. Lo interesante es que los occidentales y las monarquías del Golfo no escogen públicamente su bando, favoreciendo con ello la continuación de la guerra.
La realidad es que esta guerra no tiene causas internas.

Es resultado de un contexto que ni siquiera es regional sino global. Cuando el Congreso de Estados Unidos decretó el inicio del conflicto, al votar la Syrian Accountability Act, en 2003, el objetivo del entonces vicepresidente estadounidense Dick Cheney era apoderarse de las gigantescas reservas de gas de Siria. Hoy sabemos que el «pico petrolero» no marca el fin del petróleo y que Washington explotará pronto otros tipos de hidrocarburos en el golfo de México. Eso implica que el objetivo estratégico ha cambiado. Ahora lo que busca es contener el desarrollo económico de China y Rusia obligándolas a comerciar únicamente única y exclusivamente a través de las vías marítimas que se hallan bajo el control de los portaviones estadounidenses.

Desde su llegada al poder, en 2012, el presidente Xi Jinping anunció la intención china de liberarse de esa limitación y de construir dos rutas comerciales continentales hacia la Unión Europea. La primera sigue la antigua ruta de la seda y la segunda pasa por Rusia para llegar hasta Alemania. Inmediatamente después surgieron dos conflictos: en primera, la guerra contra Siria dejó de tener como objetivo el cambio de régimen sino sembrar el caos, y al mismo tiempo ese mismo caos se instalaba sin razón aparente en Ucrania. Después, Bielorrusia se acercó a Turquía y Estados Unidos, extendiendo así hacia el norte la división de Europa en dos. De esa manera, dos conflictos sin solución a la vista cortan actualmente las dos rutas.

La buena noticia es que nadie podrá negociar una victoria en Ucrania a cambio de una derrota en Siria porque las dos guerras tienen el mismo objetivo. La mala noticia es que el caos continuará en ambos frentes mientras Rusia y China no logren construir otro eje de comunicación.

Por consiguiente, no hay nada que esperar de una negociación con gente pagada para prolongar el conflicto. Sería mejor ser pragmáticos y aceptar la idea de que esas guerras no son más que el recurso que Washington utiliza para cortar las rutas de la seda. Sólo entonces será posible desenredar la trama conformada por los numerosos intereses en juego y estabilizar todas las zonas habitadas.

Thierry Meyssan






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