domingo, 31 de julio de 2016

Victor Grossman: “La RDA tuvo una mentalidad de asedio, y en una ciudad asediada es difícil que se alcen torres” / Ángel Ferrero


Stephen Wechsler llegó a Baviera como soldado del Ejército estadounidense a comienzos de los cincuenta. Cuando el Ejército descubrió su pasado como militante del Partido Comunista de EEUU, Wechsler decidió desertar y cambió su nombre por el de Victor Grossman




Victor Grossman, periodista estadounidense que huyó a la RDA. / Ira Golenkova


No todos cruzaron el Muro de Berlín en la misma dirección. Victor Grossman (Nueva York, 1928) fue uno de los que lo hizo en dirección contraria. Stephen Wechsler llegó a Baviera como soldado del ejército estadounidense a comienzos de los cincuenta, en el momento álgido del maccarthismo. Cuando el ejército descubrió su pasado como militante del Partido Comunista de EEUU, Wechsler decidió desertar. Lo hizo por Austria, cruzando el Danubio a nado. En la otra orilla, Stephen Wechsler cambió su nombre por el de Victor Grossman, y comenzó a trabajar como periodista. Como estadounidense en la primera línea de frente de la Guerra Fría, Grossman fue testigo de privilegio tanto de la construcción como de la desaparición de la RDA.

¿Cómo debo llamarle? ¿Victor Grossman o Stephen Wechsler?
[Risas] Grossman es el nombre que uso. En EE UU, para mis familiares y mis amigos soy Steve, pero aquí soy Victor Grossman. ¿Cómo me llegué a acostumbrar al nombre? Buena pregunta. No me gustaba el nombre de Victor Grossman, no lo elegí yo, pero no me quedó otro remedio que acostumbrarme a él y me acostumbré a él.



¿Por qué decidió cruzar… …en la dirección equivocada?
En EE UU militaba en varias organizaciones izquierdistas, especialmente mientras estudiaba en la Universidad de Harvard. Después de la universidad trabajé en dos fábricas. Entonces estalló la Guerra de Corea y me llamaron a filas. Todos los reclutas tenían que firmar una declaración afirmando que no eran ni habían sido miembros de una de las 120 organizaciones de una lista, casi todas ellas de izquierdas, y yo había estado en una docena. Aún militaba en algunas de ellas. ¿Debía firmar o debía negarme a hacerlo? No sabía qué hacer. Los años del maccarthismo fueron muy difíciles. Entonces había una ley que obligaba a los miembros de aquellas organizaciones a inscribirse en la policía como "agentes extranjeros". Si no lo hacían podían ser castigados con hasta 10.000 dólares y 5 años de prisión por cada día que no informasen a la policía. Una semana hubieran sido 35 años. Y yo no lo había hecho desde al menos seis meses... Tenía miedo a admitir que había formado parte de aquellas organizaciones. Y firmé. Lo hice con la esperanza de que durante los dos años de servicio militar el ejército no me investigaría. Tuve suerte y no me enviaron a Corea, sino a Baviera. Las cosas parecían ir bien, pero entonces me investigaron. Puede que lo hicieran por un curso de operador de radio que realicé. Guardo una copia del informe del FBI sobre mí, 11.000 páginas. Una de esas páginas es una denuncia de un compañero de estudios en Harvard, acusándome de "rojo" y "radical". Quizá fuera eso el detonante. En cualquier caso, recibí una carta del Pentágono, pidiéndome que me presentase ante un tribunal al lunes siguiente. Una condena de varios años en una prisión militar era casi una condena a muerte. Por eso decidí desertar.



Lo hizo cruzando el Danubio.
No sabía cómo hacerlo. No podía preguntárselo a nadie. Intenté pedir información a los comunistas alemanes, pero no confiaron en mí: un estadounidense en uniforme militar, que no hablaba bien alemán... Claro que no podían confiar en mí. En Baviera no estábamos lejos de la frontera, pero si intentaba cruzarla por el bosque sin tener un mapa, esperando dar con la frontera, me arriesgaba a perderme y ser detenido, lo que hubiera sido mucho peor... Busqué el mejor lugar para cruzar sin ser visto. Recordé una visita que había hecho a Austria, donde la zona de ocupación aliada y soviética estaba dividida por el río Danubio. Viajé en tren hasta Linz, tratando de encontrar el río, a la madrugada del día siguiente lo encontré y lo crucé a nado.

¿Dónde pensaba que le trasladarían?
No lo sabía. Pensaba que me llevarían a la Unión Soviética o a Checoslovaquia. La verdad es que no quería vivir en Alemania oriental. Había estado estacionado en Alemania occidental y no me gustaba la atmósfera. Francamente, había demasiados nazis. Te lo decían abiertamente. La verdad es que no me importaba. En lo único que pensaba es en que no quería terminar en prisión. Los soviéticos ni siquiera me dijeron dónde me llevaban. Estuve dos semanas en Austria, luego me anunciaron que me marchaba, pero no me dijeron dónde. Durante el viaje, viendo las carreteras, lo adiviné. Pero la verdad es que no me importaba.
La mayoría de desertores de los ejércitos occidentales terminaban en Bautzen. De todas las ciudades, ésta es la que quedaba más lejos de cualquier frontera con Occidente. Además, había varias fábricas en las que los desertores podían trabajar. A pesar de tener sólo cuatro mil habitantes, la ciudad era grande, lo suficiente como para alojarnos. La mayoría de desertores eran estadounidenses, pero también había británicos, franceses, un grupo de africanos del ejército francés que no quería ir a combatir en Indochina, unos cuantos holandeses, un español -nadie supo cómo llegó allí; terminó en un psiquiátrico, era un excelente jugador de ajedrez, por cierto- y un mexicano. Algunos no estaban contentos. Sobre todo los que no fueron capaces de establecerse y encontrar esposa, fundar una familia. Nunca se adaptaron. Algunos de los que vinieron tenían una esposa alemana y se adaptaron sin problemas. Entonces no estaba el Muro, así que los que no se adaptaron simplemente se marcharon a Berlín Este y cruzaron la frontera. Unos iban, pero otros venían.



Es interesante, porque las historias que leemos son casi siempre sobre quienes desertaron a Occidente.
Entre los alemanes se trataba a menudo de motivos políticos, porque eran izquierdistas o esperaban vivir mejor en una economía socialista. Pero la mayoría de estos hombres, en mi opinión, no lo hicieron por motivos políticos. Era gente que había tenido problemas con el ejército, especialmente los estadounidenses. Desde problemas con la bebida hasta delitos menores. Algunos tenían novias o esposas de Berlín oriental, lo que no era bien visto por el ejército. En un par de casos se trataba de soldados negros que tenían esposas alemanas y huían del racismo y la discriminación. Dos estadounidenses vinieron porque no querían combatir en Corea. Entre los estadounidenses había al menos seis afroamericanos, algo muy poco habitual en aquella época en aquel rincón de Alemania. La mayoría de ellos seguramente no había visto a una persona negra en su vida.
La RDA, a la vista de que aquellos hombres no contaban con una buena formación, decidió ofrecerles cursos especializados que incluían clases de alemán o matemáticas. También algo de política, pero no mucho. Piense que había dos marroquís y un argelino que habían desertado del ejército francés que eran analfabetos. Después de aquello algunos se marcharon. Todos los afroamericanos, en cambio, se quedaron en la RDA.

Siendo estadounidense, ¿cómo se sintió durante todos aquellos años de Guerra Fría?
Son muchos años, treinta y siete años... Tenía sentimientos encontrados. Siempre me consideré estadounidense. Algunos adoptaron la nacionalidad germano-oriental, yo nunca lo hice. Aunqué había desertado del ejército, siempre me consideré un patriota estadounidense, pero no en el sentido habitual del término, sino en el de aquellos que lucharon y luchan por un país mejor, desde John Brown hasta Angela Davis, pasando por Martin Luther King, Malcolm X o Pete Seeger. Ésa era mi América.



¿En qué trabajó en la RDA?
En Leipzig estudié periodismo. De hecho, como he dicho en alguna ocasión, soy la única persona en el mundo que tiene un diploma de Harvard y otro de la Universidad Karl Marx. Y seguiré siéndolo, porque esa universidad ya no existe. [Risas] Mi trabajo en la RDA era básicamente informar de la vida en EE UU. No de la manera simplista y negativa que aparecía en los libros de texto o en los medios de comunicación, pero tampoco de la manera igualmente simplista, pero positiva, que aparecía en la televisión occidental, que mucha gente se creía. Traté de ofrecer una imagen de EE UU como un país lleno de conflictos y contrastes, con estándares de vida relativamente mejores que los de la RDA, pero también en el que vivía mucha gente con unos estándares de vida muy inferiores a los de la RDA.

¿Nunca pensó en regresar a EE UU?
Todo el tiempo. Pero era muy difícil. En los años setenta EE UU abrió una embajada en Berlín Este. Me invitaron a acudir para aclarar mi estatus y el de mis dos hijos. ¿Son estadounidenses, son alemanes? Fui con mucho miedo a hablar con el cónsul. La gente del consulado intentó convencerme de que volviese a EE.UU., asegurándome que no habría ningún problema. No me fié de ellos e hice bien. En 1989, Harvard me invitó a una reunión de antiguos licenciados. Volví a visitar al cónsul. En esta ocasión la cónsul -esta vez era una mujer- fue sincera. Me aconsejó que no fuese. “El ejército tiene buena memoria”, me dijo. Así que desistí. En 1994 volví a ir al consulado. La situación era otra y pude resolverlo todo.
Mi madre me visitó varias veces en Berlín Este. La última vez me dijo que mi familia había estado informándose de cómo podía volver sin ingresar en prisión. Le dijeron que podía volver, con la condición de decir públicamente lo mal que había vivido en la RDA, mi decepción con el país, etcétera. Años después, cuando mi madre ya había muerto, hablé con mi hermano, y me dijo que, además, había otra condición: que antes de regresar tenía que pasar algún tiempo en la RDA y espiar para la CIA. No conocía esta oferta, pero nunca la hubiera aceptado.



¿Cómo ve el 25 aniversario de la caída del Muro?
Viví en la RDA casi desde su fundación hasta el final. Viajé por todo el país. Vi todos los aspectos negativos, y habían muchos. Algunos eran simplemente estúpidos, otros trágicos –como toda la gente que murió intentando cruzar el Muro–, otros podrían haberse evitado, otros no podían haberse evitado. La RDA era más débil que Alemania occidental y tenía que estar a la defensiva. Vi todos esos aspectos negativos y no tengo ninguna necesidad de embellecerlos. Pero al mismo tiempo, siempre vi a la RDA como la Alemania moral. Por cuatro motivos: el primero, la RDA era la Alemania antifascista. En Alemania occidental, la cúpula del partido nazi había muerto o desaparecido, pero el resto ocuparon sectores importantes de la sociedad en el ejército, la diplomacia, los servicios secretos, la universidad o el periodismo. La mayoría de ellos ni siquiera se arrepentían, simplemente guardaron silencio. Durante los primeros años de posguerra, la opinión mayoritaria en EE UU era antifascista. Pero en 1947, y especialmente a partir de 1950, el Gobierno estadounidense decidió que Alemania occidental era demasiado importante y que había que transformarla en un bastión contra el comunismo. Aceptaron a todos los nazis por su experiencia y permitieron que Alemania occidental estuviese gobernada por gente que o bien habían sido nazis o bien no habían hecho nada para combatirlos. La RDA, en cambio, los expulsó a todos. A veces se descubría a alguno, pero la inmensa mayoría fueron expulsados de todas las posiciones de responsabilidad, hasta los profesores de escuela.
El segundo motivo es que la RDA creía en la solidaridad internacional. Ya fuese con Vietnam o España. La RDA apoyaba los movimientos de liberación nacional en África. Alemania occidental estaba en contra de Mandela, la RDA estaba con Mandela.
El tercer motivo es que la RDA comenzó siendo más pobre que Alemania occidental. Tuvo que pagar todas las reparaciones de guerra a Polonia y la URSS. Alemania occidental sólo pagó un 5%, más o menos. El Este de Alemania era la zona más rural y pobre del país. Y no recibió el Plan Marshall. Pero construyó una economía que logró ofrecer una sanidad y educación hasta la universidad universal y gratuita. El aborto era libre y gratuito. Los alquileres eran bajos. Había seguridad laboral, nadie tenía miedo de perder su trabajo. Y nadie podía ser desahuciado de su casa, como ocurre ahora en EE.UU. o en España. Estaba prohibido. Para que llegase a suceder algo así, tenían que acumularse varios años de impago, y los inquilinos no podían ser expulsados hasta que se les encontraba otra vivienda. No había gente viviendo en la calle.
El cuarto motivo es más personal. Como antifascista y judío estadounidense odiaba a los nazis. MIentras las grandes compañías que habían colaborado con el Tercer Reich, como Siemens, Thyssen, Krupp o IG-Farben (ahora BASF) seguían haciendo negocios en Alemania occidental, en la RDA fueron desmanteladas por completo. Eso hacía a la RDA más moral.



¿Está la gente cansada de los retratos en blanco y negro de la RDA?
Algunos lo están. El establishment alemán tiene miedo de que la gente comience a pensar que la RDA no era buena en muchos sentidos, que hizo muchas cosas malas y estúpidas, pero que, a pesar de eso, tenía todo lo que he mencionado antes. Por eso constantemente nos repiten lo terrible que era todo en la RDA, especialmente antes de cada aniversario: la insurrección de julio de 1953 en Berlín, la construcción del Muro en 1961, la caída del Muro en 1989. Creo que no sólo los antiguos alemanes del Este, sino también los del Oeste comienzan a estar cansados y piensan: "Bueno, otra vez más, hasta la siguiente".

¿Por qué tanta gente quería cruzar el Muro?
Muchos habían visto Berlín occidental en televisión y querían verlo por sí mismos. Muchos tenían familiares y amigos. La mayoría tenía la sensación de estar atrapada en la RDA. Era comprensible. También había a quien, simplemente, no le gustaba la RDA por motivos políticos o religiosos. Y estaba la seducción occidental. La RDA estuvo bajo presión constante, tanto del lado soviético como del lado occidental. Para un país tan pequeño, era una presión muy fuerte. Fíjese en la presión de la cultura de masas estadounidense, un problema para culturas como la india, la china o la italiana. McDonald's, Disney... Esta presión también existía en la RDA. Había burócratas estúpidos, gente dogmática, carreristas que usaron su poder para presionar a la gente. Los medios de comunicación eran partidistas, aburridos y sin interés. La televisión occidental también era partidista, pero era interesante. Y estaba hecha con inteligencia, una combinación muy efectiva. Los burócratas de la RDA, que se habían educado en una cultura estalinista, no entendían los medios de comunicación modernos. La gente soñaba con poder adquirir las mercancías que veía en la televisión occidental. La RDA tuvo una mentalidad de asedio. Y en una ciudad asediada es difícil que se alcen torres. No sé si se me entiende...
Mire, en general, la gente no vivía mal en la RDA, pero no podía adquirir las mercancías que podía ver en la televisión occidental. La distinción, los automóviles último modelo, las frutas exóticas. En la RDA sólo podían comprar un Trabant o un Wartburg, y había que esperar años en una lista para conseguirlos. Alemania occidental invirtió miles de millones en Berlín occidental. Berlín occidental tenía ventajas fiscales frente a otros Estados federados. Eso lo hizo más atractivo, al menos la mayor parte. La RDA no podía mantenerse a ese nivel. No tenía los recursos. Especialmente en los últimos años, cuando desvió dinero a Berlín, generando los recelos del resto de Estados, especialmente de Sajonia.



Se habla poco de lo que ocurrió después del Muro.
En cuestión de años la economía fue destruida, miles de personas perdieron el trabajo. Durante años se dijo que las fábricas de la RDA no eran modernas ni productivas, que el equipo era decrépito... Y sí, esto era cierto en muchos casos, o en algunos de ellos, pero no en todos. Las acererías y astilleros, por ejemplo, eran modernos. Se fabricaban electrodomésticos. Después de la reunificación estas compañías eran vistas como rivales. Las empresas germano-occidentales las compraron sólo para cerrarlas. En muchas ciudades y pueblos, especialmente en el sur, los jóvenes emigraron, dejando sólo a los jubilados atrás. La economía sigue yendo mal, el Este sigue siendo la parte más pobre de Alemania. Es verdad que algunas empresas se han vuelto a establecer en determinados centros en Berlín, Dresde y otros lugares, pero en muchas zonas es como un desierto. Las mujeres, y las mujeres más jóvenes, se marcharon a Alemania occidental, Suiza, Holanda o aún más lejos a buscar trabajo. Los hombres también, pero muchos se quedaron. Quizá no eran tan independientes, o no estaban tan preparados. Estos jóvenes no tenían esperanzas y se convirtieron en una presa fácil para los neonazis, que han echado raíces en muchas zonas de Alemania oriental.

¿Todos estos movimientos de extrema derecha llegaron de Alemania occidental?
Incluso antes de la caída del Muro, muchos alemanes occidentales podían venir a la RDA. Algunos de ellos eran neonazis, vinieron e introdujeron sus ideas. En la RDA había grupos de neonazis, pero eran muy pequeños y estaban bajo presión constante. Después de 1989, desembarcaron a lo grande. Vieron a muchos jóvenes sin empleo y desorientados, porque todo lo que habían aprendido en la escuela de repente les decían que era falso. Les era difícil encontrar lo que era correcto. No creo que Alemania occidental los trajese a propósito, pero lo toleraron. La extrema derecha funcionó como contrapeso a la izquierda.



La caída del Muro tuvo que ser un shock para mucha gente en la RDA.
Antes de la Reunificación, durante la primavera de 1990 las tiendas se llenaron de artículos occidentales y la publicidad se multiplicó. A mí me llamó sobre todo la atención la publicidad de tabaco: en la RDA estaba prohibida. Apenas había publicidad en la RDA, ni en la televisión de la RDA. De repente nos vimos rodeados de luces de neón y la publicidad en televisión, que es una plaga. Hoy en Internet es lo mismo: anuncios, pop ups... no creo que eso le guste a la gente, ni que la gente sea feliz con eso. Yo crecí en EE UU, entonces había ya mucha publicidad y aun así fue un shock. El verano pasado estuve en Nueva York. En el centro de la ciudad la publicidad es omnipresente. Fue un shock. Había visto publicidad de joven, pero nunca tanta...
A mucha gente le gustó el cambio. A mucha gente quizá incluso todavía le gusta. Todas las mercancías que se pueden comprar ahora, por ejemplo. La gente a la que le gustaba la RDA fue bastante infeliz, especialmente quienes perdieron el trabajo o cuyos hijos no podían encontrar trabajo. Esta mañana estaba con un amigo mío que tiene 58 años. Su empresa fue adquirida por otra germano-occidental, que redujo la plantilla. Hace 15 años que está en el paro. Sabe alemán, inglés, español y ruso y no encuentra trabajo. Incluso quienes tienen trabajo tienen miedo a perderlo. Ese miedo les lleva a aceptar peores condiciones de trabajo, a trabajar los fines de semana... En Alemania oriental los trabajadores decían que no podías decir nada contra Erich Honecker en tu puesto de trabajo, pero podías decirle todo lo que querías a tu jefe. Ahora lo que ocurre es lo contrario.

¿Y qué reflexión hace de aquella experiencia, del 9 de noviembre de 1989, de la Reunificación?
Por una parte, me alegró que la gente pudiese reunirse después de tantos años. Es comprensible. Mi mujer y mis dos hijos cruzaron la frontera. Pero creo que el experimento de la RDA, a pesar de sus errores y dificultades, fue en el fondo noble, y que por desgracia fracasó. Y fracasó no sólo por sus errores, sino por los errores y fracasos de los soviéticos, y la enorme presión de EE UU y Alemania occidental, a la que no pudo sobrevivir.
Yo siempre he sido un optimista. Cuando vino la Reunificación, que muchos vieron como una anexión o colonización, me dije que había un aspecto positivo en todo aquello: en lugar de llegar sólo a la gente de un país pequeño como la RDA, ahora tenemos la oportunidad de llegar a gente de toda Alemania, y hacerla pensar de otro modo. El partido de La Izquierda, por ejemplo, era hasta hace poco un partido de Alemania oriental. Al fusionarse con los socialdemócratas descontentos del Oeste se convirtió en un partido a nivel federal. Creo que es una esperanza.

Algunos amigos míos del Este temen que, tras la Reunificación, pueda resurgir una Alemania dominante, ¿comparte este temor?
Sí, yo también lo temo. Las de hoy son básicamente son las mismas fuerzas que estuvieron detrás de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Algunas desaparacieron, otras aparecieron, pero el Deutsche Bank o ThyssenKrupp siguen ahí, y sus objetivos siguen siendo en buena medida los mismos: expandirse y consolidarse. En parte se ven como socios de EE.UU., que es más fuerte que ellos. Pero Alemania logró convertirse en el Estado más fuerte de Europa occidental y, no satisfecha con eso, buscó convertirse en el Estado más fuerte de Europa oriental y, así, de toda Europa. También buscan ampliar su influencia a África y Asia. Eso es lo que piden la ministra de Defensa o el presidente. Con intervenciones militares si es necesario. Siempre, por supuesto, por "razones humanitarias".

¿Cómo vio EE UU a su regreso después de tantos años viviendo en la RDA?
El ejército me licenció después de más de cuarenta años de servicio, que no es poco. [Risas] Unas semanas después obtuve el pasaporte. Intento viajar allí cada dos o tres años, para visitar amigos o asistir a conferencias. He podido ver aspectos de la vida estadounidense que no conocía, y conocer mi país mejor. Lo más emotivo fue volver a estar en un país donde la gente hablaba mi idioma, dejar de ser el extranjero que habla con acento. Fue como si me quitase un peso de encima. Además, siempre me interesaron los pájaros y las especies de allí son diferentes. Emocionalmente fue muy importante. Pude ver a mis viejos amigos. Gente a la que no veía desde hacía décadas.
Algunas cosas fueron una experiencia completamente nueva. Visitar un supermercado, por ejemplo. Aunque en 1994 ya teníamos supermercados aquí, los de allí son excesivos. No creo que nadie necesite 50 marcas de cereales, todas ellas igualmente perjudiciales para la salud. Hay ciudades donde no hay aceras porque todo el mundo va en coche y no hay transporte público. Hay millones de personas viviendo en la pobreza, gente viviendo en automóviles, que son casi invisibles. Hay aspectos positivos y otros negativos. EE UU es un país muy hermoso, pero hay cosas realmente tristes. La situación en Alemania occidental no es tan mala como en otros países, piense que en EE UU la gente sin cobertura sanitaria tiene que pagar por todo y que eso puede arruinarles. Gente expulsada de hospitales porque no puede pagar las facturas, madres que están un día o dos en el hospital tras un parto, estudiantes que tienen que pedir préstamos de 25.000 dólares que no pueden devolver, porque no encuentran buenos trabajos... Todo lo que vi me convenció de que tengo que seguir luchando, mientras pueda seguir luchando.


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viernes, 29 de julio de 2016

Modos de ver / John Berger







(BERGER, John. Modos de ver. Bacelona: Gustavo Gili, 2010)

La vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar. Pero esto es cierto también en otro sentido. La vista es la que establece nuestro lugar en el mundo circundante; explicamos ese mundo con palabras, pero las palabras nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él. Nunca se ha establecido la relación entre lo que vemos y lo que sabemos. Todas las tardes vemos ponerse el sol. Sabemos que la tierra gira alrededor de él. Sin embargo, el conocimiento, la explicación, nunca se adecua completamente a la visión. El pintor surrealista Magritte comentaba esta brecha siempre presente entre las palabras y la visión en un cuadro titulado La clave de los sueños. Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas. En la Edad Media, cuando los hombres creían en la existencia física del Infierno, la vista del fuego significaba seguramente algo muy distinto de lo que significa hoy. No obstante, su idea del Infierno debía mucho a la visión del fuego que consume y las cenizas que permanecen, así como a su experiencia de las dolorosas quemaduras.




Cuando se ama, la vista del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra, ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que sólo el acto de hacer el amor puede alcanzar temporalmente. Pero el hecho de que la vista llegue antes que el habla, y que las palabras nunca cubran por completo la función de la vista, no implica que ésta sea una pura reacción mecánica a ciertos estímulos. (Sólo cabe pensar de esta manera si aislamos una pequeña parte del proceso, la que afecta a la retina).

Solamente vemos aquello que miramos. Y mirar es un acto voluntario, como resultado del cual, lo que vemos queda a nuestro alcance, aunque no necesariamente al alcance de nuestro brazo. Tocar algo es situarse en relación con ello. (Cierren los ojos, muévanse por la habitación y observen cómo la facultad del tacto es una forma estática y limitada de visión). Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Nuestra visión está en continua actividad, en continuo movimiento, aprendiendo continuamente las cosas que se encuentran en un círculo cuyo centro es ella misma, constituyendo lo que está presente para nosotros tal cual somos. Poco después de poder ver somos conscientes de que también nosotros podemos ser vistos. El ojo del otro se combina con nuestro ojo para dar plena credibilidad al hecho de que formamos parte del mundo visible. Si aceptamos que podemos ver aquella colina, en realidad postulamos al mismo tiempo que podemos ser vistos desde ella. La naturaleza recíproca de la visión es más fundamental que la del diálogo hablado. Y muchas veces el diálogo es un intento de verbalizar esto, un intento de explicar cómo, sea metafórica o literalmente, “ves las cosas”, y un intento de descubrir cómo “ve él las cosas”.




Todas las imágenes a que se refiere este libro son de factura humana. Una imagen es una visión que ha sido creada o reproducida. Es una apariencia, o conjunto de apariencias, que ha sido separada del lugar y el instante donde apareció por primera vez y preservada por unos momentos o unos siglos. Toda imagen encarna un modo de ver. Incluso una fotografía, pues las fotografías no son como se supone a menudo, un registro mecánico. Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes, aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista de entre una infinidad de vistas posibles. Esto es cierto incluso para la más despreocupada instantánea familiar. El modo de ver del fotógrafo se refleja en la elección del tema. El modo de ver del pintor se reconstituye a partir de las marcas que hace sobre el lienzo o el papel.




Sin embargo, aunque toda imagen encarna un modo de ver, nuestra percepción o apreciación de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver. Las imágenes se hicieron al principio para evocar la apariencia de algo ausente. Gradualmente se fue comprendiendo que una imagen podía sobrevivir al objeto representado; por tanto, podría mostrar el aspecto que había tenido algo o alguien, y por implicación como lo habían visto otras personas. Posteriormente se reconoció que la visión específica del hacedor de imágenes formaba parte también de lo registrado. Y así, una imagen se convirtió en un registro del modo en que X había visto a Y. Esto fue el resultado de una creciente conciencia de la historia. Sería aventurado pretender fechar con precisión este último proceso. Pero sí podemos afirmar con certeza que tal conciencia ha existido en Europa desde comienzos del Renacimiento.




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miércoles, 27 de julio de 2016

La era de las rebeliones, de las contrarrevoluciones y del nuevo estado de excepción / Ricardo Antunes



Antunes, Ricardo. Profesor Titular de Sociología del Trabajo en el Instituto de Filosofia e Ciências Humanas de la Universidade Estadual de Campinas (IFCH/UNICAMP), Brasil. Autor, de entre otros libros de Los sentidos del trabajo, publicado por Ediciones Herramienta; editado también en Brasil, EE.UU., Inglaterra/Holanda, Italia, Portugal e India; Adiós al trabajo, publicado por Herramienta y editado también en Brasil, Italia, España, Venezuela y Colombia; además ha publicado Riqueza e miséria do trabalho no Brasil, Vol. I, II y III (Boitempo). Coordina las Colecciones Mundo do trabalho (Boitempo) y Trabalho e emancipação (Ed. Expressão Popular). Colabora en revistas académicas en el país y en el exterior. Integra el consejo asesor de Herramienta, de la que es colaborador habitual.






Una necesaria nota de advertencia

Hace más de cinco décadas atrás, una dictadura militar iniciada en 1964 torturó, encarceló y mató jóvenes y adultos, niños y niñas, hombres y mujeres en Brasil. Y, con intensidad aún más desconocida, hizo lo mismo en Chile, Argentina, sin dejar afuera a Uruguay, de entre tantos otros países de América Latina.

El inventario de esta era de genocidios lo podemos constatar con los resultados de las investigaciones realizadas en Brasil, en Chile y todavía con más intensidad en la Argentina: un nivel pavoroso de torturas, descubrimiento casi interminable de cadáveres, eliminación de cuerpos torturados, asesinados y destrozados, todo para poder esconder la masacre de aquellos que lucharon contra las dictaduras militares.

Recuerdo como si fuese hoy, en mi primer viaje a Argentina, ese país tan emblemático de nuestra América Latina, que cuando llegué en una mañana soleada a La Plata, a mediados de la década de 1970, con el florecer de la primavera, la primera imagen que a mí vino fue la de un cementerio político. Las flores escondían el horror de la juventud asesinada por la dictadura militar argentina.

En Brasil, incluso frente a esas evidencias terribles, todavía escuchamos a celebrantes y lacayos de la dictadura militar, pro-fascistas y fascistas, defendiendo el horror, pidiendo la vuelta de los militares. La mentira fue de tal envergadura que la dictadura militar de 1964, esa contrarrevolución burguesa dictatorial y autocrática, para recordar a Florestan Fernandes (Fernandes, 1975), se autodenominó como “revolución”, como también nos recordó Caio Prado Jr. (Prado Jr., 1966). La mentira comenzó desde el inicio, cuando el golpe militar escogió como fecha de origen el 31 de marzo, fraguando la facticidad histórica, ya que el golpe militar ocurrió de hecho el 1° de abril, el día de la mentira.




Es vital que la juventud no olvide ese hecho y resista con la lucha, donde haya riesgo de una nueva dictadura, toda vez que nuestras clases burguesas son, esencialmente, de perfil autocrático, actuando por la vía del golpe y de las dictaduras siempre que sus intereses de clase corren algún riesgo. Por eso, a lo largo de décadas, intentan ocultar lo “peor” de la dictadura militar para que la juventud crea que algo “positivo” ocurrió durante aquel tenebroso periodo.
Así, la única forma de impedir los golpes, vengan como vengan, es a través de la organización y la resistencia popular. Si no hay organización social de los trabajadores, de las trabajadoras, de los estudiantes, de los trabajadores rurales, de los campesinos, de las comunidades indígenas, de los negros, de los inmigrantes, de los movimientos sociales, los golpes vuelven, aún cuando puedan asumir una apariencia menos brutal o más ablandada. De este modo, es de extrema importancia recordar aquellos tristes años –o décadas– de esa fase tenebrosa de nuestra América Latina, para que nunca más suceda ¡Nunca Más!
Como la historia del mundo es en gran medida la historia de las contradicciones, nuestra América Latina caminó oscilante, ora en el flujo, ora en el reflujo de las reformas y de las contrarreformas, de las revoluciones y de las contrarrevoluciones.






De la era de las rebeliones a la fase de las contrarrevoluciones

1968 fue el año que bamboleó al mundo: los levantamientos en París y en varios países de Europa; la invasión rusa a Checoslovaquia; las huelgas de 1968 en Brasil; la masacre de estudiantes en México en 1968; las huelgas del autumno caldo (otoño caliente) en Italia en 1969, el mismo año del Cordobazo en Argentina, para citar algunos ejemplos emblemáticos, entramos en una era de rebeliones que se expandieron en casi todos los rincones del mundo. Cinco años después, en un cuadro de profunda crisis estructural (Mészáros, 2002) del sistema de dominación del capital, constatada su crisis profunda en todos los niveles, económico, social, político, ideológico, valorativo, fue obligado a diseñar una nueva ingeniería de dominación.
Vinieron, en una sucesión concatenada, la reestructuración productiva de los capitales, la financiarizaciónampliada del mundo y la barbarie neoliberal, y este trípode de la destrucción fue responsable por el advenimiento de la contrarrevolución burguesa de amplitud global, para recordar la expresión frecuentemente usada por el sociólogo brasileño Octavio Ianni.

Una contrarrevolución burguesa poderosa, cuyo objetivo primero fue destruir todo lo que había de organización de la clase trabajadora, del movimiento socialista y anticapitalista. Esa reacción fue, entonces, la respuesta a las luchas emprendidas por los polos más avanzados del movimiento obrero europeo y de los movimientos sociales que lucharon por la emancipación en 1968, que anhelaban nada menos que el control social de la producción,por fuera tanto del encuadramiento socialdemócrata como del llamado “modelo soviético”.



Esa contrarrevolución burguesa descargó su profundo brío antisocial a escala global: impulsó la barbarie neoliberal todavía dominante; inició una monumental reestructuración productiva del capital a escala global que alteró, en muchos elementos, la ingeniería productiva del capital (Antunes, 2013), siendo que esa acción bifronte estuvo siempre bajo la hegemonía del capital financiero (Chesnais, 1996), de lo que resultó una ampliación descomunal tanto de la (súper)explotación del trabajo como del mundo especulativo y su capital ficticio. Pero es bueno recordar que el capital financiero no es sólo capital ficticio que circula y generaliza las especulaciones y los saqueos: el capital ficticio es una parte prolongada del capital financiero y este es, como sabemos de hace mucho tiempo, una fusión compleja entre el capital bancario y el capital industrial (como nos enseñaran Lenin, Hilferding, Rosa Luxemburgo, entre otros).

Así, al contrario de cierta lectura frágil defendida por muchos economistas poco críticos, el capital financiero no es una alternativa al mundo productivo, pero lo controla en gran parte y sólo una parte de él –el capital especulativo de tipo ficticio– se disloca en periodos de crisis de acumulación. Basta recordar que, cuando compramos un producto financiado, estamos en verdad, ofreciendo una doble ganancia para los capitales: tanto en la compra como en el financiamiento de las mercancías.

Y este es el lastre material existente, sin el cual el capital financiero no puede dominar “eternamente”. Capital ficticio sin algún lastre productivo es una imposibilidad, cuando se piensa en una dominación de largo periodo. No es por otro motivo que, en la lógica del capital financiero, el saqueo, la explotación y la intensificación del uso de la fuerza de trabajo tiene que ser llevada cada vez más al límite en el capitalismo de nuestro tiempo. Y es también por eso que los padecimientos, la vergüenza y los niveles de (súper)explotación de la fuerza de trabajo alcanzan grados de intensidad jamás vistos en fases anteriores, en el Sur y Norte del mundo global.




En nuestra América Latina vivimos, bajo forma diferenciadas, esa larga era de contrarrevoluciones. La dictadura militar chilena anticipó el neoliberalismo, antes de su llegada a Inglaterra, así como en alguna medida ocurrió también con la dictadura militar en Argentina. Pero fue posteriormente, bajo la era de la desertificación neoliberalque la contrarrevolución efectivamente triunfó (Antunes, 2004 y 2006).

Como sabemos, la pragmática neoliberal significó la mayor concentración de riqueza y de la propiedad de la tierra, avances en los intereses y ganancias del capital, intenso proceso de privatizaciones de las empresas públicas, desregulación de los derechos sociales y del trabajo, libertad plena para los capitales, de los que resultó el aumento de la pauperización de los asalariados, expansión de los bolsones de precarizados y de los desempleados, de entre tantas otras consecuencias socialmente nefastas.

En el mundo financiero latinoamericano, basta recordar que muchos bancos extranjeros compensaron su situación de casi insolvencia en sus países de origen a través de la ampliación de sus ganancias en Brasil, Chile y tantos otros países latinoamericanos. El caso del Santander es ejemplar, y Brasil, que hasta pocas décadas atrás tenía un sistema financiero mayoritariamente nacional y estatal, hoy tiene ese sector fuertemente transnacionalizado.
Fue contra ese proyecto profundamente destructivo que los obreros y obreras, de los campos y las ciudades, los pueblos indígenas, los campesinos, los sin-tierra, los desposeídos, los hombres y las mujeres sin empleo, además de una miríada de otros movimientos sociales como los de la juventud, ambientalistas, etc., desencadenaron nuevas formas de luchas social y política, especialmente a partir de los años 1990.

En los Andes, donde madura una cultura indígena secular y milenaria, cuyos valores son muy distintos de aquellos estructurados bajo el control del tiempo del capital, se ampliaron las rebeliones, se diseñan nuevas luchas, dando claras señales de contraposición al orden que se estructura desde el inicio del dominio, expoliación y desposesión típicas de la fase neoliberal (Antunes, 2011) En Bolivia, las comunidades indígenas y campesinas se rebelaron contra la sujeción y subordinación.




En Venezuela, los asalariados pobres de los morros de Caracas esbozaron nuevas formas de organización popular en las empresas, en los barrios populares y en las comunidades. En el Perú, los indígenas y los campesinos desencadenaron varios levantamientos contra los gobiernos conservadores y junto con tantos otros pueblos andinos avanzaron en espacios de resistencia y rebelión.

En Argentina, durante la eclosión de los levantamientos de diciembre de 2001 vimos la lucha de los trabajadores desocupados, de los “piqueteros”, que conjuntamente con las clases medias empobrecidas, depusieron varios gobiernos, en aquellos días que sacudieron Argentina. En México encontramos los ejemplos de Chiapas desde 1994 y, posteriormente, de la Comuna de Oaxaca en 2005, que fueron fuertes rebeliones contra la destrucción neoliberal. Hubo incluso innumerables luchas sociales urbanas en prácticamente toda América Latina, contra lamercantilización o conmoditización de los servicios públicos, como salud, educación, transporte, etc.

En este periodo, el ciclo de gobiernos neoliberales en América Latina perdió progresivamente fuerza, lo que posibilitó la ampliación del descontento social contra el neoliberalismo. En algunos casos, tales movimientos y partidos políticos se convirtieron en gobiernos y generaron experiencia políticas que señalaban la posibilidad efectivas de cambios, como en la Venezuela de Chávez y su bolivarianismo, o el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, que venció en las elecciones e inició un largo ciclo en Bolivia.
Hubo también victorias de movimientos y partidos políticos de oposición que llegaron al gobierno, como el PT en Brasil y los Frentes Amplios en Chile y Uruguay, entre otras experiencias. Pero después de más de una década de estas victorias podemos constatar que, en su gran mayoría, estos nuevos gobiernos aceptaron hacer un amplio pacto y fuerte conciliación con los grandes capitales, lo que terminó de corroerlos por dentro y devorar a sus gobiernos, como ocurre de modo patente en Brasil en los días actuales, cuestión a la que nos referimos a continuación. Después de varias luchas de gran importancia, que marcaron un fuerte periodo de contestación, el neoliberalismo, más como tragedia que como farsa, todavía sigue dominante.




La ofensiva de la derecha, la onda conservadora y el golpe de nuevo tipo

Sea a través de gobiernos neoliberales “puros”, sea por la acción de gobiernos social-liberales (apologéticamente llamados “neo-desarrollistas”) que fracasaron al intentar implementar una moderada tercera vía, el neoliberalismo retoma y re-fortalece el control en los países donde la conciliación dominaba (ver Pradella y Marois, 2015). En el caso de Argentina, después de un largo desgaste de los gobiernos Kirchner, asistimos recientemente a la victoria de Macri, esta variante degladiador de la barbarie. Y estamos presenciando también la gestación, en un nivel bastante avanzado y ya casi victorioso, del golpe parlamentario en Brasil, a través del proceso de impeachmentque, en la forma que ha asumido, burla ostentosamente la Constitución brasileña de 1988.

Los gobiernos de Lula y Dilma del PT, como gobiernos de conciliación, fueron en última instancia, ejemplos significativos de representación de los intereses de las clases dominantes, realizando como punto de diferenciación la inclusión de un programa de mejoras puntuales, como el programa Bolsa-Familia, volcado hacia los asalariados y sectores más pobres del país, de entre otras medidas similares. Mientras el escenario económico fue favorable, Brasil parecía caminar bien, pero con el agravamiento de la crisis económica, social, política e institucional, ese mito se desmoronó, en el mismo momento en que la Operación judicial denominadaLava Jato alcanzaba a algunos núcleos de corrupción política ampliamente implementados por el PT en el gobierno. Todo eso revirtió profundamente el “cuadro positivo” y convirtió el futuro inmediato en completamente imprevisible.

Ya en las elecciones de octubre de 2014 se percibía una reducción del apoyo de las fracciones burguesas al gobierno de Dilma, toda vez que el cuadro recesivo anticipaba la necesidad de cambios profundos en su política económica para ajustarse al nuevo escenario. No fue por otro motivo que, inmediatamente después de la victoria electoral, en enero de 2015, Dilma implementó un ajuste fiscal profundamente recesivo que, más allá de ampliar el descontento empresarial, aumentó también los descontentos en todas las clases sociales – aunque frecuentemente por motivos opuestos.
En las clases medias, en sus sectores más conservadores –desde liberales, conservadores, hasta defensores de la dictadura militar, pasando por proto-fascistas y fascistas– se desencadenó un verdadero odio al gobierno de Dilma y al PT de Lula. En las capas medias bajas, el desencanto también se amplió, pues lo salarios se reducen, la inflación aumenta y el desempleo se torna creciente y así mismo galopante. El mito del proyecto “neo-desarrollista” del gobierno del PT se desmoronó.

En la clase trabajadora, los sectores todavía vinculados al PT, hacen un enorme esfuerzo para impedir elimpeachment, pero el parlamento, de perfil conservador –verdadero Pantano de la política brasileña–, bajo comando conservador, está imbuido de la propuesta de destituir al gobierno de Dilma a cualquier precio.

Como el impeachment está previsto en la constitución del país, se convirtió en la “alternativa ideal”: deflagrar un golpe con apariencia legal, constitucional. Un golpe que, contando con el decisivo apoyo de los grandes medios de comunicación dominante, asumió la ficción de un no-golpe. No un golpe militar, como en 1964, pero sí ungolpe de nuevo tipo, forjado por el pantano parlamentario que, hasta poco días antes, era parte de la base aliada que daba sustento a los gobiernos de Dilma y Lula.

Vale una vez más recordar lo que dijo Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cuando afirmó que el parlamento francés llegó a su condición más degradante y más degradada (Marx, 1974). Para nuestra suerte, Marx no vio el funcionamiento servil, negociante, verdaderamente pantanoso del parlamento brasileño de los días actuales. Él es incomparable con el francés. Haciendo una metáfora con la sequía y la desertificación producida por la falta de lluvias, se puede decir que el parlamento brasileño es la expresión de un pantano que llegó a su volumen muerto (nivel de las reservas de agua en la parte más baja, despreciada por la cantidad de impurezas).

No es difícil constatar, entonces, que la crisis es de alta profundidad: además de económica, social y política, es también una crisis institucional, toda vez que abriga riesgos de confrontación creciente entre el Legislativo, el Ejecutivo y el poder Judicial. A pesar de que el gobierno de Dilma hizo esencialmente todo lo que las distintas fracciones de las clases dominantes exigían, la amplitud y el alcance de la crisis las llevó a decidir por el descarte de un gobierno que siempre les sirvió y, de ese modo, reintroducir un gobierno “puro”, para garantizar que sean tomadas todas las acciones necesarias para lograr el reinicio de la expansión burguesa. Vale recordar que la dominación burguesa en Brasil siempre se alternó entre la conciliación por lo alto y el golpe, sea él militar, civil o parlamentario.

Nuestras clases dominantes recurren, entonces, al uso de un instrumento legal, que es el impeachment, previsto en la constitución brasileña de 1988, pero lo hacen a partir de una maniobra ilegal, como ocurrió anteriormente en Honduras, en 2009, con la destitución del presidente Manuel Zelaya y, posteriormente en Paraguay, en 2012, cuando en menos de dos días el Congreso de aquel país votó por el impeachment de Fernando Lugo.
De este modo, en lo concreto de la política brasileña, el impeachment está siendo usado como una variante de golpe blanco para destituir a la presidenta reelecta en 2014. Con la enorme corrosión de sus bases sociales de sustentación, se viene desarrollando un golpe parlamentario y judicial (toda vez que sectores del poder Judicial vienen implementando una legislación de excepción para poder dar respaldo jurídico al golpe), lo que es impulsado por los medios de comunicación privados, poderosísimos, pero que no tienen ningún escrúpulo en apoyar un parlamento que es el más despreciado de la historia republicana del Brasil.

Esto no significa, es imperioso reiterar, que se deba ser condescendientes o conniventes con los gobiernos petistas en sus prácticas desmesuradas de corrupción político-electoral, toda vez que dicha práctica es recurrente en la historia republicana brasileña de más de un siglo, para no recordar los periodos colonial e imperial, bajo el dominio de Portugal, donde la corrupción era ya pragmática, cotidiana en la vida política del país. Pero un golpe, en sus múltiples y distintas modalidades, es siempre un acto que tiene la marca de la ilegalidad y de la excepcionalidad.



Conclusión: el estado de excepción y su nuevo tipo de golpe

Las causas más profundas de la crisis actual las podemos así sintetizar: como la crisis económica tiene evidentes componentes globales, ella inicialmente alcanzó, desde 2008, a los países capitalistas centrales, como los Estados Unidos, Japón y diversos países de Europa. Pero como ella es una crisis desigual y combinada, terminó llegando al sur, la periferia y sus países intermedios. Y, cuando más la crisis se profundiza en el norte, mayor es la succión de capitales hacia el centro y más intensificadas son las tazas diferenciales de explotación, sea directamente entre el norte y el sur, o el este y el oeste, sea entre las propias regiones y países, donde también lo desigual y lo combinado se reproducen en forma micro-cósmica.

En Brasil, la llegada de la crisis fue poco a poco solapando y desmoronando el mito petista de la conciliación o del “neo-desarrollismo”. Todo esto comenzó a venirse abajo desde las rebeliones de junio de 2013, mostrando que la fraseología de un país que caminaba hacia el primer mundo era una ficción desprovista de cualquier lastre real, objetivo y material (ver varios análisis en Sampaio, 2014).

Cuando esa crisis alcanzó a Brasil con intensidad, hacia fines de 2014 e inicios de 2015, las fracciones dominantes llegaron a un primer consenso: “¿en época de crisis quien va a pagar con las cargas de esas pérdidas? Será, como siempre, la clase trabajadora”. Estas fracciones burguesas comenzaron a exigir, primero, que los costes de la crisis fuesen enteramente pagados por los asalariados, a través de recortes en el seguro de desempleo, en la Bolsa Familia, que Dilma rápidamente hizo enseguida de comenzar su segundo mandato.

Pero, con el agravamiento de la crisis, las propias fracciones dominantes comenzaron a discutir un segundopunto: cuáles fracciones burguesas van a perder menos con la crisis (una vez que todas ellas tienden a perder en este escenario, con la excepción de la burguesía financiera que, además de la hegemonía en los bloques de poder, pueden utilizar su dimensión especulativa ficticia para continuar acumulando). Entonces, en este momento las fracciones burguesas disputan entre sí quién va a perder más o menos con la crisis.
Y esto llevó, definitivamente, a un tercer punto: en este contexto recesivo que se intensifica cada día, el gobierno de conciliación de la dupla Dilma/Lula ya no les interesa más. Y, si no es posible eliminarlo electoralmente, ya que las fracciones dominantes no quieren esperar hasta 2018 –el momento en que debe terminar el actual mandato de Dilma– es preciso forjar una alternativa extra-electoral. Aún cuando los gobiernos del PT hayan hecho todo lo que las clases dominantes les exigieron, ahora es el momento de descartar un gobierno servil y abrir la vía para otro gobierno, sin las marcas del PT, de Lula y de Dilma, para garantizar la propia dominación burguesa en tiempos de crisis.

Termino entonces, con lo que indiqué anteriormente: la dominación burguesa en Brasil –y eso en alguna medida tiene resonancia en toda América Latina– siempre osciló, alternándose, entre la conciliación por lo alto y el golpe. En la primera característica, la conciliación por lo alto, Getúlio Vargas y Lula fueron los grandes maestros en toda la historia republicana. Cuando las clases dominantes (profundamente internacionalizadas y financierizadas) decidieron recientemente cerrar este ciclo y descartar al gobierno de Dilma y el PT, decretaron también el fin de este ciclo de conciliación iniciado por Lula, pero siempre bajo el comando burgués.

Y esta transición, hoy, solamente es posible a través de un nuevo tipo de golpe, que tenga una faceta parlamentaria y respaldada en una legislación de excepción. Parece, entonces, que al menos en este aspecto, Agamben tiene una buena dosis de razón (Agamben, 2004). Y nuestra América Latina puede comenzar a preparar o intensificar la resistencia a esta esdrújula fase que puede ser caracterizada como estado de derecho de excepción. Para el cual, tristemente, nuestro continente tiene una larga experiencia y tradición.

Bibliografía
Agamben, Giorgio, Estado de exceção. San Pablo: Boitempo, 2004.
Antunes, Ricardo, A desertificação neoliberal no Brasil (Collor, FHC e Lula). Campinas: Autores Associados, 2004.
–, Uma Esquerda Fora do Lugar. Campinas: Autores Associados, 2006.
–, O Continente do labor. San Pablo: Boitempo, 2011.
–, Los sentidos del trabajo. Buenos Aires: Herramienta, 2013.
Chesnais, François, A Mundialização do Capital. Río de Janeiro: Xamã, 1996.
Fernandes, Florestan, A Revolução Burguesa no Brasil. San Pablo: Zahar, 1975.
Marx, Karl, O 18 Brumário e cartas a Kugelmann. Río de Janeiro: Paz e Terra, 1974.
Mészáros, István, Para além do capital. San Pablo: Boitempo, 2002.
Pradella, Lucia / Thomas, Marois, (eds.), Polarising development: alternatives to neoliberalism and the crisis.Londres: Pluto, 2015.
Prado Jr., Caio, A Revolução Brasileira. San Pablo: Brasiliense, 1966.
Sampaio, Jr., Plinio, Jornadas de Junho. San Pablo: Instituto Caio Prado/ICP, 2014.


Enviado especialmente por el autor para su publicación en Herramienta.
Traducción del portugués de Raúl Perea.


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