domingo, 30 de octubre de 2016

TEORÍA DE LA CLASE OCIOSA / THORSTEIN VEBLEN





I
Introducción

La institución de una clase ociosa se encuentra en su máximo desarrollo en los estadios superiores de la cultura bárbara por ejemplo, en la Europa feudal o el Japón feudal. En tales comunidades se observa con todo rigor la distinción entre las clases; y la característica de significación económica más saliente que hay en esas diferencias de clases es la distinción mantenida entre las tareas propias de cada una de las clases. Las clases altas están consuetudinariamente exentas o excluidas de las ocupaciones industriales y se reservan para determinadas tareas a las que se adscribe un cierto grado de honor. La más importante de las tareas honorables en una comunidad feudal es la guerra; el sacerdocio ocupa, por lo general, el segundo lugar.

Si la comunidad bárbara no es demasiado belicosa, el oficio sacerdotal puede tener la preferencia, pasando entonces el de guerrero a ocupar el segundo lugar. En cualquier caso, con pocas excepciones, la regla es que los miembros de las clases superiores -tanto guerreros como sacerdotes -estén exentos de tareas industriales y que esa exención sea expresión económica de su superioridad de rango. La India brahmánica ofrece un buen ejemplo de la exención de tareas industriales que disfrutan ambas clases sociales. En las comunidades que pertenecen a la cultura bárbara superior hay una considerable diferenciación de subclases dentro de lo que puede denominarse -en términos amplios -la clase ociosa; hay entre esas subclases una diferenciación paralela de ocupaciones. La clase ociosa comprende a las clases guerrera y sacerdotal, junto con gran parte de sus séquitos.



Las ocupaciones de esa clase están diversificadas con arreglo a las subdivisiones en que se fracciona, pero todas tienen la característica común de no ser industriales. Esas ocupaciones no industriales de las clases altas pueden ser comprendidas, en términos generales, bajo los epígrafes de gobierno, guerra, prácticas religiosas y deportes. En una etapa anterior, pero no la primera, de la barbarie, encontramos la clase ociosa menos diferenciada. Ni las distinciones de clase ni las que existen entre las diversas ocupaciones de la clase ociosa, son tan minuciosas ni tan intrincadas como en los estadios posteriores.

 Los isleños de la Polinesia ofrecen en términos generales un buen ejemplo de esta etapa, con la salvedad de que -debido a la ausencia de caza mayor -la profesión de cazador no ocupa en el esquema de su vida el lugar de honor habitual. La comunidad islandesa de la época de las sagas ofrece también un buen ejemplo de este tipo. En tales comunidades hay una distinción rigurosa entre las clases y entre las ocupaciones peculiares a cada una de ellas.



El trabajo manual, la industria, todo lo que tenga relación con la tarea cotidiana de conseguir medios de vida es ocupación exclusiva de la clase inferior. Esta clase inferior incluye a los esclavos y otros seres subordinados y generalmente comprende también a todas las mujeres. Si hay varios grados de aristocracia, las mujeres de rango más elevado están por lo general exentas de la realización de tareas industriales o por lo menos de las formas más vulgares de trabajo manual. En cuanto a los hombres de las clases superiores, no sólo están exentos de toda ocupación industrial, sino que una costumbre prescriptiva lo descalifica para desempeñarlas. La serie de tareas que tienen abiertas ante sí está rígidamente definida.

Como en el estadio superior de que ya se ha hablado, esas tareas son el gobierno, la guerra, las prácticas religiosas y los deportes. Esas cuatro especies de actividad rigen el esquema de la vida de las clases elevadas y para los miembros de rango superior -los reyes o caudillos - son las únicas especies de actividad permitidas por el sentido común o la costumbre de la comunidad. Cuando el esquema está plenamente desarrollado, hasta los deportes son considerados como de dudosa legitimidad para los miembros de rango superior.

Los grados inferiores de la clase ociosa pueden desempeñar otras tareas, pero son tareas subsidiarias de algunas de las ocupaciones típicas de la clase ociosa. Tales son, por ejemplo, la manufactura y cuidado de las armas y equipos bélicos y las canoas de guerra, la doma, amaestramiento y manejo de caballos, perros, halcones, la preparación de instrumentos sagrados, etc. Las clases inferiores están excluidas de estas tareas honorables secundarias, excepto de aquellas que son de carácter netamente industrial y sólo de modo remoto se relacionan con las ocupaciones típicas de la clase ociosa…






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viernes, 28 de octubre de 2016

“Tucker: un hombre y su sueño” / ELOTRO



 



Buscando otra tropecé con ella, en youtube, digo con la peli de Coppola: “Tucker: un hombre y su sueño” (1988) una biografía (más bien hagiografía fantástica)  de un tal Preston Tucker, empresario y diseñador de automóviles estadounidense.

Lo primero que quiero destacar es el chasco que uno se lleva  cuando (¡casi treinta años después!) vuelve a ver una peli que tenía digamos “tasada” como una obra brillante e interesante y además de las que dejan, por muy variados motivos y no todos estrictamente cinematográficos, un grato recuerdo. El chasco es, sobre todo, con uno mismo, claro está.

Una vez más compruebo que la memoria personal, la mía al menos, falsea los hechos que supuestamente se limita a almacenar, no sé si bien apilados o caóticamente amontonados. No digo que la puñetera memoria personal ponga negro donde verdaderamente ponía (y eso cuando es  comprobable) blanco, sino más bien que somete, en nuestra ausencia consciente, “lo real” a un completo tratamiento de reformas, reajustes, mutilaciones, cambios, variaciones, supresiones y añadidos que, tras la consumación de la gran metamorfosis, no sólo lo hace irreconocible sino que lo ha convertido sustancialmente en “otra realidad”.




Otra “realidad” que realmente resulta ser una más de esas ficciones  enclaustradas en ese almacén-laboratorio que llamamos memoria personal y que, irresponsablemente, utilizamos a diario como fiable banco de datos e “ideología prét-a-porter”. Vamos, como la Wikipedia pero en personal e intransferible.

“Los pensamientos –escribe Pavese- son tentativas de aclararte a ti mismo un problema”.  Vamos allá:

De “Tucker…” recordaba “una puesta en escena” espectacular, brillante, dinámica… movimientos de cámara vertiginosos y prodigiosos encuadres, planos y, articulando todo el engranaje, su no menos magistral montaje… (la brillante implementación de la lógica formal del muy versátil relato made in Hollywood.)

Y sí, pero menos, en ese aspecto se puede decir que la peli ha envejecido mal, a día de hoy se nos antoja afectada, muy amanerada; es lo que tiene lo exclusiva y rigurosamente “técnico” en el conjunto del lenguaje y su anatomía “gramatical” cinematográfica, que casi nace ya obsoleto, y un solo minuto después, es lastrante. Pero lo que se verifica innegable es su muy constatable eficacia, su incuestionable utilidad como “envoltura, envase y vehículo”, en definitiva como óptima forma “mediadora” para la “función” de su determinado “contenido”,  ¿y qué otra puede ser la primordial función del estilo?





Se nota que la peli era un encargo, uno más de sus muchos  trabajos alimenticios y “pagadeudas”, que Coppola resuelve en esta ocasión de forma más bien sumaria, digo si atendemos a su contrastado nivel e historial, aunque no olvida imprimir su huella personal, bien que algo camuflada en la superficie o en otros casos situada bajo ella, en una especie de capa freática que consigue aflorar significativas y vistosas “humedades” en algunas escogidas  tomas, secuencias o diálogos del film.

La cinta tiene, en mi opinión, una lectura paradójica, o sea, cuando menos dos lecturas enfrentadas, con desigual fuerza y presencia (y al mismo tiempo complementarias aunque claramente asimétricas). Y esto es así, y más adelante se procura argumentar, debido a cierta ambigüedad (que en contrapartida arroja luz por contraste) aportada por el muy intencionado y significativo  “toque” Coppola.





La principal, por tiempo y por espacio ocupado en la estructura del  relato y en su preciso metraje, es que se trata de una descarada apología del capitalismo monopolista y del consecuente “estilo de vida americano”. La secundaria (que gira sobre el mismo eje pero en sentido opuesto) consiste en una apología del capitalismo monopolista y del “estilo de vida americano” llevada hasta tal grado de paroxismo que deviene en grotesca, cáustica y mordaz caricatura del “objeto” de exaltación y, ya del tirón, del enajenado “sujeto” indirectamente exaltador (el contexto social, “él” y su estomagante y, para nada ornamental, familia).

En la vertiente principal: Un joven ingeniero con una “idea” genial, innovadora y de naturaleza socialmente “popular” (máxima calidad y mínimo precio del producto: un coche de lujo -¡con todos los extras!- al alcance de los pobres), sin un dólar en el bolsillo y sin contactos ni enchufes (aunque sí, y debido a su vehemente franqueza,  potenciales y poderosos enemigos monopolistas en el sector) en medios financieros, industriales o políticos, se propone, cual David redivivo, vencer al Goliat (General Motors, Chrysler y Ford) del sector automovilístico estadounidense.



Con un simple artículo (publirreportaje) en una revista de gran tirada e influencia (apología de la prensa y la publicidad y sobre todo del poder de la “opinión pública”, de la clase media, del “pueblo”, a la hora de “cambiar las cosas”) consigue hacerse famoso y, desde ahí, sin más –difícil eludir el sarcasmo de los guionistas-, “vender” al “pueblo” su genial “idea”. Una vez entronizado como “famoso” y dada la masiva respuesta “popular” conseguida por su “idea”, las cosas cambian radicalmente (¡desde dentro y mediante los propios instrumentos “legales” del Sistema! ¡apología del cuento de hadas!) en el mundo financiero, industrial y político. Y ya todo viene “lógicamente” rodado… con un coche revolucionario: motor trasero de inyección, cinturones de seguridad, cristales laminados, máxima seguridad, potencia y velocidad, y mínimo consumo al más bajo precio del mercado (apología de la producción capitalista –sin embargo la clase obrera, la fuerza de trabajo, la creadora de “valor”, no aparece en ningún momento, no hay fotogramas para el “conflicto”, ni explícita ni implícitamente-  de la “mercancía” y de la cultura del “consumismo”)

Consigue del gobierno la cesión de la nave industrial más grande del mundo, no la segunda ni la medalla de bronce, sino la primera, el oro (se trata, le dice el generoso y campechano senador que firma y sella la papela, de una antigua factoría de aviones en desuso.)

Consigue un consejo de administración con gran prestigio y  experiencia en el sector y altamente acreditado entre la banca, la industria y la política.

Consigue millones de dólares de financiación mediante la oferta de acciones y la venta anticipada, a su producción, de vehículos.

Consigue, ante la escasez del mercado, que el mismísimo Howard Hughes se “ofrezca” en su ayuda y desinteresada y voluntariamente le facilite la obtención de toneladas de acero y aluminio, procedentes de una de sus fábricas de helicópteros. Ahí queda eso.

Consigue, en definitiva, superar todos los obstáculos. Y, una vez que la “genial idea” es definitivamente  puesta en práctica… emerge dramáticamente la antipática realidad de lo “real” realmente existente: resulta que hay gente “mala”, sin connotaciones de clase,  incluso en los USA.



Es entonces cuando, sin salirnos del marco del cuento de hadas, nuestro joven y genial ingeniero, descubre con estupor, que, ingenuamente, ha colocado con plenos poderes al frente de la compañía a los “malos”, el consejo de administración se revela como un auténtico “Caballo de Troya” que trabaja al servicio del Goliat de las tres cabezas.  Han decretado que ninguna de las revolucionarias innovaciones son, por el momento, “viables” en la práctica (estamos en plena II Guerra Mundial): ni el motor trasero y de inyección, ni los cinturones de seguridad, ni… por supuesto, el precio final, que debe de ser duplicado (apología en suma de la lógica del beneficio, de la extracción de plusvalía, ¡es la racionalización capitalista!).
Y así se consuma la traición: no hay alternativa al monopolio de la producción que ostenta Goliat en el “Libre Mercado”, el mejor de los mercados posibles.

 En lo que hemos llamado lectura secundaria encontramos una secuencia que puede servir de ejemplo, puesto que hay varias, del “toque” Coppola: La bella esposa del joven ingeniero (que ‘casualmente’ se encuentra de gira promocional hábilmente montada por los “troyanos” para alejarle de la “real” fábrica de coches, que no de sueños) le llama por teléfono para informarle de todas las mutilaciones que, a sus espaldas, está sufriendo el genial prototipo que él había diseñado. Tras la minuciosa enumeración de todas las innovaciones suprimidas… a las que nuestro héroe trata de restar importancia… llega a la última: no se fabricarán coches de color azul, el preferido de la primera dama de la Tucker Corporation. ¡Eso sí que no! ¡Hasta ahí podríamos llegar! estalla nuestro joven héroe. Cari, vuelvo inmediatamente a casa.

El cuento de hadas, bien amañado, continúa con sus mistificaciones, con la heroica construcción de un reducido número de vehículos como último y desesperado recurso de evitar el cierre de la fábrica, la muerte del “sueño”. Y es aquí, en ese “in crescendo” que se llega al clímax,  donde aparece la “Justicia igual para todos” (apología directa del Estado burgués y sus instituciones, de clase evidentemente, pero por algún olvido no se hace constar: “de tan patente se hace invisible”)

Gracias a un emocionado discurso y a la solidaridad de un “angélico” jurado “popular” que cree en su inocencia… nuestro héroe salva la honrilla y, aunque lo pierde todo, es declarado inocente de estafa y malversación… acusación que, como guinda del pastel, habían presentado los “malos” del cuento, los “troyanos” y que fue rápidamente secundada por los poderosos financieros y políticos gubernamentales que habían colaborado en la infame encerrona, por emplear un término elusivo con la lucha de clases.

Otro “toque” malévolo de Coppola: el actor que encarna al joven ingeniero Tucker es el joven Jeff Bridges (una década más tarde “el nota” de ‘El gran Lebowski’ de los hermanos Cohen) y quien interpreta el papel del malvado senador a sueldo del trío-Goliat, es ni más ni menos que papá Lloyd Bridges. Padre e hijo en la vida real. Todo queda en casa.
¿O en el Sistema que “todo” lo asimila, a su manera?

Supongo que depende de la lectura de cada uno. Hecha por cuenta propia, digo.

ELOTRO


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miércoles, 26 de octubre de 2016

Paolo Flores d’Arcais / ¡Democracia! Libertad privada y libertad rebelde




Democracia y definiciones

¿Tiene aún sentido hablar de democracia? Y sobre todo ¿tiene aún sentido reivindicarla como bandera de libertad igualitaria? Todos son demócratas y se llenan la boca con ella, aunque la detesten, la quieran confeccionada a medida o incluso la masacren. Por otra parte ya se proclamaban liberales y demócratas los Thiers y los Gambetta que un siglo y medio atrás, con decenas de miles de ejecuciones sumarias, cavaron la tumba (literalmente) de la Comuna de París, el momento de democracia más auténtica que haya conocido la historia. Hoy más que nunca «democracia» corre el riesgo de no significar ya nada. Si pueden invocarla indistintamente George W. Bush y Aung San Suu Kyi, Václav Havel y Vladimir Putin, Stéphane Hessel y Silvio Berlusconi, quiere decir que a estas alturas la palabra tiene tanta precisión como la niebla o el humo. Si pueden enarbolarla los jóvenes de la plaza Tahrir y los militares que los asesinan o las barbas y hopalandas islámicas que salieron vencedoras de las urnas y que se habían quedado agazapadas en las mezquitas sin arriesgar nada, si pueden proclamarla tanto los manifestantes de Zuccotti Park como los Le Pen, padre e hija, quizá es que a estas alturas sólo es un manido flatus vocis. Y sin embargo la democracia sigue siendo hoy imprescindible, es más: sigue siendo lo imprescindible.

Porque hasta el momento es el único horizonte de legitimidad al que referirse para validar las instituciones políticas, desde que la caída del muro destruyó, incluso ante los que no querían ni oír ni ver, el último resquicio de credibilidad «progresista» de los totalitarismos del Este. Es así hasta tal punto que incluso los que pretenden ahogar la democracia en la teocracia se ven obligados a invocarla como instrumento y procedimiento de toma de decisiones, desde los partidos islámicos (tanto «moderados» como fundamentalistas) hasta el pontífice de Roma que reina dichosamente. Pero, ante todo, porque de una manera u otra siempre es en nombre de la democracia y de sus valores constitutivos y fundamentales, la libertad y la igualdad, que mujeres y hombres de cualquier condición y de cualquier continente se alzan en revuelta e incluso arriesgan su vida contra el monstruo moteado de las opresiones. Y sin embargo a la vista está que hoy en día es imposible encontrar una democracia digna de ese nombre.

Las democracias reales existentes son cada vez más un pálido simulacro de los valores perfilados solemnemente en las Constituciones o, más a menudo, una parodia: en los callejones sin salida del sistema o en los arrabales de la actividad de gobierno, los políticos enlodan y pisotean a diario los derechos de los ciudadanos de los que deberían emanar. Por eso los ciudadanos les corresponden con dosis industriales de desafección y menosprecio. El pensamiento conservador ha hallado una solución acomodaticia. Las pretensiones de la democracia –soberanía de los ciudadanos y libertad/poder igual para todos– resultan desmesuradas. Hay que llevar la poesía de los ideales a la prosa cotidiana y aceptar que se admita la existencia de una democracia efectiva allí donde se puede votar sin fraudes electorales desmedidos y en la que cohabitan varios partidos y candidatos en liza. El resto es utopía. A continuación viene «lo mejor es enemigo de lo bueno» y toda la letanía de lugares comunes bienpensantes. Pero a esta acusación de utopía ya respondió Max Weber, un testigo libre de toda sospecha por ser defensor del más despiadado «realismo político», quien concluye su clásico La política como profesión con esta frase: «Es cierto, y toda la experiencia histórica lo confirma, que lo posible no se lograría si en el mundo no se intentase una y otra vez lo imposible».

Si se declara que la democracia, en su sentido etimológico, no es más que una utopía, cualquier caricatura y engaño alegará tener derecho a cada resquicio de nobleza que la palabra conlleva, y cualquier tergiversación y deformación secuestrará en beneficio propio el aura inviolable que ha acumulado esa palabra/valor a lo largo de siglos de luchas y sacrificios. De esta manera los dueños del vapor y de la cosa pública se convertirían también en los amos y señores del significado de «justicia y libertad», mientras que quienes se propusieran hacer realidad la democracia según su etimología, poder de todos y de cada uno, se convertirían «objetivamente» en intrigantes antidemocráticos. Las palabras son piedras. Las palabras son armas. La filología es una espina clavada para todo gobierno, porque las palabras/valores son «puestas en juego» en el choque entre opresores y oprimidos, sistema y ciudadanos, nuevas castas y Tercer Estado actual. Allá donde las palabras pueden ser domesticadas y doblegadas por el poder…



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lunes, 24 de octubre de 2016

En la era de la prosa cipotuda / Íñigo F. Lomana







 Arturo Pérez-Reverte, Manuel Jabois , Juan Tallón y Antonio Lucas, exponentes de la prosa cipotuda.


A lo largo de los últimos años, hemos visto cómo se ha ido desarrollando en nuestra prensa un estilo que amenaza con convertirse en canónico, si es que no lo ha hecho ya, y sobre el que tal vez resulte interesante hacer algunas observaciones. Me ha parecido oportuno acuñar el término prosa cipotuda para describirlo porque refleja bien dos de sus rasgos más sobresalientes: la virilidad y la rimbombancia. Para no dejar este análisis desprovisto de cierta precisión, querría comenzar haciendo un par de comentarios sobre el concepto de estilo.

Los estilos literarios, al contrario de lo que solemos pensar, están muy lejos de ser esos inocentes juegos combinatorios con los que dejamos marcas expresivas en un texto. Y no lo son por dos razones. En primer lugar, porque siempre delatan una ideología, sobre todo cuando, como en el caso que nos ocupa, se hace un uso tan generoso del lirismo, con las obligaciones de condensación conceptual que eso conlleva. En segundo, porque los estilos pueden servir también para poner de manifiesto la pertenencia a algún linaje literario o, cuando menos, la franca voluntad de ingresar en uno para disfrutar de las ventajas que pueda tener asociadas, ya sea en términos de prestigio o de visibilidad.


Alrededor de este estilo cipotudo se ha congregado un nutrido grupo de periodistas para el que también existe una divertida etiqueta: neocolumnismo de extremo centro. El término extremo centro hace referencia al mejunje de sentido común, costumbrismo arcaico y falsa despolitización con el que aderezan sus artículos y columnas. Por alguna razón, todos ellos creen que el espacio público está ocupado por una hermandad de moralistas macabros entre la que tienen que abrirse paso a codazos para proclamar las sencillas verdades de las que son portadores. Pretenden hacernos creer que, como señalaba Antonio Lucas en el congreso iRedes de este año, su equidistancia es una herramienta deinsubordinación contra la dictadura de la moral. Este laissez-faire de baratillo es la lectura que el extremocentrismo ha hecho de eso que se ha dado en llamar el fin de las ideologías.

Aunque la poderosa influencia que el umbralismo ha ejercido sobre este grupo es evidente, no he querido entretenerme en trazar su genealogía. Lo que sí me he permitido hacer es una lista con algunos de los recursos más característicos del estilo cipotudo. En este conjunto de trucos retóricos, léxicos y semánticos está cifrada la escuálida concepción de lo literario con la que nuestros estilistas trabajan; una concepción que bien podría enunciarse en forma de ley de la siguiente manera: “si hay muchas metáforas, es poesía”. Obviamente, el listado de rasgos que sugiero no puede ser más que orientativo. Al lector le encomiendo la tarea de completarlo. Muchas de las ideas que componen el armazón conceptual de este texto proceden del libro Estilo rico, estilo pobre de Luis Magrinyà, con quien tengo una deuda que no me gustaría dejar sin reconocer.


Y ahora, sí: ¡acompáñenme! Les prometo todo tipo de prodigios. Habrá puñaladas hasta el mango, borrachos, suicidas, halógenos mentales y, por supuesto, mucho sexo. Especialmente de ese que prende como una mecha al primer trago.

1.- SEMÁNTICA DE LA MASCULINIDAD: NOVIAS, BARES Y TRINCHERAS
Lo que a continuación voy a analizar son manifestaciones de masculinismo, no de machismo. No crean que se trata de un detalle menor. Es habitual que los estilistas cipotudos insistan —a menudo de forma histérica— en que nada hay de machista en sus textos. Y en parte tienen razón. Muchos de ellos, de hecho, han defendido abiertamente la presencia de las mujeres en el mundo del toreo. Y estoy seguro de que todos reconocerían sin vergüenza que cuando leen un libro —esos objetos sagrados en torno a los cuales ejercen su sacerdocio— pueden llorar igual que “una peluquera de extrarradio”, como diría Joaquín Sabina. Es más: tanto él como don Arturo Pérez-Reverte coinciden con Aute en que las novelas, como las canciones, hay que dirigirlas un poco al “coño de las mujeres”. (Véase el vídeo de la entrevista “Arturo Pérez-Reverte y Joaquín Sabina, a la lumbre de un tequila” El Mundo. Web. 2016). Sensibilidad femenina, como ven, no falta.

Podría decirse que el propósito de su masculinismo es más pedagógico que polémico, ya que el destinatario de sus diatribas no es tanto la mujer como el hombre. O, al menos, un tipo de hombre —esos “falsos delicados con cuello de piqué” de los que nos habló en una ocasión Antonio Lucas— que necesita ser espabilado, un poco como cuando en los pueblos de antaño se llevaba a Juanillo al bar de carretera para que se iniciara en la vida. Esa es, quizá, la razón por la que don Arturo Pérez-Reverte siente la necesidad de regalarle a su amigo Javier Marías una pistola en cada cumpleaños. Tal vez lo ve demasiado “británico”, “cortés” y “civilizado” y, como todos sabemos, nada hay mejor que sentir el frío metal de unaLuger para endurecer cualquier sensibilidad. Así nos describe el académico-navegante la singular tradición que le une a Marías:

“Hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa”. (“Armando a Javier Marías”. El País, 24 de noviembre de 2014)

Hay que tener el corazón de hielo para no percibir la belleza de esta escena, aunque tampoco entendemos muy bien la razón por la que se considera de interés público.

De este mismo propósito pedagógico proceden, seguramente, la mayor parte de las metáforas militares e imágenes de violencia gratuita con las que nos encontramos en la prosa cipotuda. El cuartel es un espacio de educación masculina, igual que el bar, el club náutico y la redacción de un periódico de provincias (en la que, dicho sea de paso, siempre hay algún viejo zorro “vivo y cínico” que dice sabias perogrulladas, como en la mili). Por eso es importante que haya abundantes referencias al mundo castrense o a la peligrosidad de las armas. Así, para describir a alguien que habla con franqueza, se dice de él que ha “dejado todo dispuesto para una barricada” o que “las palabras no se le encasquillanfácilmente”. Juan Tallón, por otro lado, nos explica que una vez sintió el desengaño en un bar “muy adentro y muy caliente, como cuando te acuchillan de maravilla hasta el mango”. Un poco exagerado, ¿no? Tal vez tengamos que adentrarnos en la cargada atmósfera del bar —espacio esencial en el imaginario cipotudo— para ver si así descubrimos el porqué de tan salvajes puñaladas.


El periodista Manuel Jabois, uno de los ejemplos de la prosa cipotuda. Dani Pozo


El poeta Robert Bly, principal figura del movimiento masculinista norteamericano, se quejaba de que los hombres de nuestros días ya no van a los bares para entrar en contacto con las potencias primitivas de la masculinidad. Ahora se congregan allí para “mantener conversaciones light ante una cerveza light”, de manera que todos los vínculos que establecen con otros machos “se rompen en cuanto una mujer joven entra o toca el ala del sombrero de cowboy de alguien”. Para evitar que esto ocurra, nuestros prosistas nos ofrecen desde sus artículos y columnas retratos vívidos de aquellos bares ancestrales y churretosos en los que “todos nos hemos dejado la piel”.

Lo primero que uno debe saber del bar es que, como nos recuerda Tallón, el mejor es “siempre el inesperado, ese bar mugriento que deja una huella profunda”: uno de esos en los que se sirven alcohol barato en copas sucias y en los que se busca refugio para huir de “un mundo que humea monóxidos malos”, como diría Antonio Lucas. Esto del alcoholismo, un tema que por alguna razón muchos consideran literario, ha dado lugar en nuestra prensa a un impresionante reguero de patochadas líricas acerca del número de copas de whisky que se tomó Dylan Thomas antes de morir, o sobre el espesor del charco de vómito en el que se ahogó Malcolm Lowry. Quizá sea el momento de pedir que se ponga fin a semejante tendencia. Más que nada porque hay otros temas también muy literarios(el herpes, la prostatitis, las escrófulas) sobre los que nuestros hombres de letras tienen que guardar silencio para poder seguir escribiendo sobre sus resacas o sobre las cogorzas más monumentales de la historia literaria.

La segunda cosa que hay que saber de los bares es que allí no se beben copas, ni se hacen consumiciones, ni se piden bebidas: se apuran tragos.Esos tragos pueden ser “lentos” o “largos”, y durante el tiempo que se tarda en apurarlos pueden pasar cosas asombrosas. A un tal Aquilino, del que nos habla Manuel Jabois en “Aquilino, presente”, no se le ocurre nada mejor que ponerse a “inquirir” después de terminar “su trago largo de cerveza”. Antonio Lucas, por su parte, nos informa de que Joaquín Sabina y Arturo Pérez-Reverte son como “dos cuates explorándose a tragos lentosy como sentados en el Salón Tenampa, México, Distrito Federal”.

Sin embargo, lo más habitual es que después de apurar su trago el Hombre se dedique a observar, a rememorar o a pensar en algo, preferentemente en algún “desamparo” (¡cómo no!) o en algún “desengaño amoroso”. Y aquí es donde nos vemos obligados a empezar a hablar de novias, porque en el universo cipotudo las mujeres, las copas y las resacas están íntimamente unidas, como se nos recuerda en este intercambio lleno de frescura:

Antonio Lucas: ¿Cuántas te han dejado esta semana?
Manuel Jabois: ¿Botellas o mujeres?



El periodista Antonio Lucas

Aunque Juan Tallón afirma en su blog que él también tuvo hace cinco o seis años “una novia efímera en Vigo”, la autoridad de referencia en este asunto de los ligues y las borracheras es Manuel Jabois, que lo ha convertido en uno de los ejes narrativos de sus columnas (al menos hasta que se convirtió en analista político). En “Prescripción fuckultativa”, por ejemplo, nos invita con sanísima desenvoltura a entrar en su alcoba. Allí tenemos la suerte de asistir a uno de sus bestiales orgasmos. Primero, sin embargo, se nos ofrecen algunos detalles sobre la Ceremonia del Gran Ensamblaje:
“Traté de mover lentamente mi cuerpo hacia el otro, desplazándolo como una nave que se vaya a acoplar a la Estación Espacial Internacional, y una vez culminada la empresa se desató una espiral de locura y depravación que nos llevó a golpes por todos los rincones de la casa hasta acabar en la cama”.

Cuando apenas nos hemos repuesto de nuestra sorpresa al descubrir que el cuerpo del narrador debe moverse hacia el de la otra persona para mantener relaciones sexuales, tiene lugar por fin el Gran Bramido que, naturalmente, se nos revela entre un montón de divertidos símiles:

“En aquella necesidad de fagocitar a mi amante como Khal Drogo, vi anunciarse el orgasmo a trechos devastadores, comiendo kilómetros a zancadas, avecinándose como un quejido de la Tierra. Y así fue como de pronto, entre bufidos grotescos, me sobrevino al cerebro un dolor violento que me desplomó sobre las sábanas”.

La fuerza que irradia Jabois es tal que incluso las glosas que le dedican otros están escritas en el mismo estilo cipotudo que él practica. De Jabois se ha dicho, sin ir más lejos, que cuando se sienta parece un “cíclope atrapado en una sillita de jardín de infancia” y que tiene “unos incisivos separados con los que podría abrir una caja entera de botellines” Es más: cuando habla “esparce largos charcos de silencio en los que arroja palabras” y “lo hace con la falta de puntería de quien alimenta peces invisibles” (Karina Sáinz Borgo. “Manuel Jabois: «Soy un gran explotador de mis pocos recursos». Zenda, 5 de junio de 2016). ¿Se acuerdan de lo que antes decíamos sobre estilos y linajes literarios? He aquí un buen ejemplo de cómo pueden usarse los recursos estilísticos para asociarse a una determinada tradición.

2.- MACHOS SÍ, PERO SENSIBLES: DEL ÉXTASIS LÍRICO AL ZARPAZO COLOQUIAL
El autor que practica el estilo cipotudo vive a caballo entre la taberna y la biblioteca —o, mejor, la librería de lance—. Para dejarnos a todos clara esta doble pertenencia, se ha desarrollado un astuto mecanismo expresivo que consiste, como también ha señalado Luis Magrinyà, en combinar viriles coloquialismos con una pirotecnia lírica ensordecedora. Veamos un ejemplo extraído del perfil de Leonard Cohen que Antonio Lucas elaboró para el diario El Mundo hace unos días.

“Es uno de esos hombres que no necesitan cambiar la voz de sitio para decir algo que aún alivia a los felices y a los jodidos. Sabe decir el mundo con el cansancio justo, con el callar helado que su estupor necesita (…) Desde la escritura que maneja es posible considerar mejor el patrón oro de algunos desamparos, de ciertas extrañezas (…) de anchas averías”.



El periodista Juan Tallón, otro ejemplo de prosa cipotuda. 
Moeh Atitar

En pocos sitios podemos ver con más claridad ese batiburrillo de cursilería y vigor —esa mezcla de seres jodidos, callares helados, patrones oro del desamparo y anchas averías—, que constituye la viga maestra del edificio retórico cipotudo. El mismo Lucas, a quien su compañera Carmen Rigalt describió con toda justicia como “un prestidigitador de la palabra”, ha señalado que no se fía de quienes “hacen juegos de manos con palabras” porque “siempre esconden algo”. Me parece una advertencia valiosa y animo a todos los lectores a seguirla.

Otra pieza de importancia a este respecto es el agudo estudio psicológico que Jorge Bustos dedicó a Andreas Lubitz, el copiloto alemán que estrelló un avión en marzo de 2015 para vengarse de un desengaño amoroso. “No todos”, nos cuenta escandalizado el periodista, “nos llevamos a 149 humanos con nosotros porque ella se fue y nos escuece el corazoncito, carajo”. Tras esta reflexión llena de sentimiento, tiene lugar el éxtasis lírico, gracias al cual aprendemos que la psique de Lubitz es, entre otras cosas increíbles, “el “halógeno interior de un destino implacable donde no cabe la zozobra de la conciencia”.

Pero a Bustos parece no bastarle con esta papilla de poesía y coloquialismo para expresar la enormidad del suceso que está contando, y decide incorporar como picante innovación un monólogo interior. El lector puede acceder así a la conciencia del perturbado Lubitz. Vean lo que se encuentra allí:

"Por qué tuviste que hacerlo, si yo te quería. Qué hermosos son Los Alpes desde tan cerca. En ese pueblecito podríamos pasar nuestro próximo invierno juntos, esquiando. (…) Así, así, bajamos trazando una línea tan perfecta. Los del control no saben nada, qué lástima de burócratas que renuncian a volar, volar libre, tan alto. Pero no creas que por eso te olvidaré. Iré a tu encuentro. O quizá ya no (…) El aire es un túnel pero se acerca la luz. ¡Luz, más luz! ¡Aquí viene!"

Decía Kingsley Amis que el problema de las novelas protagonizadas por extraterrestres superinteligentes es que estos nunca pueden serlo más que su autor. Con el monólogo interior pasa un poco lo mismo: pone de manifiesto con demasiada claridad lo reducido que es a veces el universo que habita un narrador. Por eso es un recurso que conviene usar con mucha prudencia, especialmente cuando se escribe en un periódico.

Podríamos hablar ahora del “tic metaficcional” como tercer rasgo delestilo cipotudo, pero creo que el lector ya ha recibido suficientes sobresaltos. No conviene exponerlo también a la larga lista de referencia literarias (Hemingway, Fitzgerald, Conrad…) con las que nuestros nuevos estilistas intentan construir un parnasillo privado dentro del cual se incluyen. Pero no me gustaría acabar sin transmitir algún mensaje edificante. Algo que resuma bien lo que hemos querido decir aquí a propósito de los estilos y lo literario como cliché. Así que aquí tienen esta última advertencia en forma de cita: “Si ves escrito algo muy preciosista, seguramente sea porque tampoco tengo muchas cosas que contar” (Manuel Jabois). Apréndansela bien.


Íñigo F. Lomana (Madrid, 1975) es crítico y traductor. Ha sido investigador en el Departamento de Literatura Inglesa de la Universidad Complutense de Madrid.



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sábado, 22 de octubre de 2016

Los golpes de Estado de ayer y hoy / Marcos Roitman





Los golpes de Estado de ayer y hoy 

Seguramente nunca se cerró el ciclo de los golpes de Estado en América Latina. Una ilusión política quiso ver en el fin de la guerra fría el comienzo de una nueva etapa. En el horizonte se oteaba un futuro de paz, estabilidad política y crecimiento económico. El comunismo había caído en desgracia y el dispositivo para combatirlo: los golpes de Estado, perdían legitimidad. A partir de entonces se podrían utilizar mecanismos de guante blanco sin necesidad de recurrir a la violencia directa. Las presiones para derrocar un gobierno democrático entraban en la era constitucional. El golpe de Estado cruento y con las fuerzas armadas de protagonistas no era una opción viable. Hacer caer un gobierno por otras vías, aun siendo un golpe de Estado, no levantaría tanta suspicacia. Otras instituciones podrían ocupar el papel protagónico, los militares habían cumplido su misión en la guerra contrala subversión comunista. En el corto y medio plazos, los proyectos democráticos, socialistas, y anticapitalistas no aparecían en la agenda. El enemigo interno había sido neutralizado, cuando no reducido a su mínima expresión, por la vía del genocidio, la tortura y la desaparición forzada.

Establecer sistemas políticos fundados en la economía de mercado, potenciar la doctrina neoliberal y no perder el tren de la globalización se convirtió en un dogma de fe. Los votos sustituyeron las botas y las urnas las metralletas. El ajuste político tendió a rehacer la dupla liberal-conservadora bajo la emergente nueva derecha. Mientras tanto, la socialdemocracia ocupó el nicho de la izquierda, desplazando a comunistas y socialistas marxistas. El debate de las alternativas derivó hacia los pro y contras de la economía de mercado. Capitalismo con rostro humano o salvaje: Keynes contra Hayek.

El ciclo que se iniciara en Brasil, en 1964, donde se ubican los golpes militares de Argentina (1966), Bolivia (1973) y Uruguay (1973), no tendría continuidad en Chile. Ese mismo año, el 11 de septiembre, el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular puso en escena otro proyecto político económico. Supuso refundar el orden y sentar las bases de un nuevo modelo. El general golpista Augusto Pinochet apuntalaría: no tengo plazos, sino metas. Sólo así se puede interpretar la derrota sufrida por la dictadura en el referendo de 1988. Perderlo, y acelerar la salida de Pinochet, era una opción contenida en la Constitución promulgada por la dictadura en 1980, buque insignia del actual sistema político chileno. Tras el triunfo del NO, mantuvo el cargo de comandante en jefe de las fuerzas armadas, cedió el poder formal, se trasformó en senador y declaró a los medios de comunicación: misión cumplida. Las fuerzas armadas podían volver a los cuarteles. Leyes de amnistía y negociaciones ocultas, les blindaban.

Si Brasil inauguró los golpes de Estado cívico-militares, en 1964, con las fuerzas armadas como protagonistas, sus ministros de economía no rompieron el proyecto desarrollista de base keynesiana. La novedad la encontramos en el apartado represivo. Brasil tuvo el deshonor de practicar la tortura de forma científica y sistemática bajo el paraguas de la doctrina de la seguridad nacional. La técnica del Pau de arara (colgamiento de pies y manos) es su aporte. Dilma Rousseff, hasta hace una semana presidenta de Brasil, derrocada por un nuevo tipo de golpe de Estado, fue una de sus víctimas. Hoy, Brasil se convierte en guía para nuevos golpes de Estado. Ni Honduras (2009) ni Paraguay (2012) reúnen todos los requisitos para considerarlo ejemplar.

Los golpes, hasta Chile, 1973, fueron receptores del Estado como actor, espacio geopolítico, donde la población civil era objetivo político y militar. El subversivo podía ser cualquier persona. Estaba camuflado en la familia, la escuela, el trabajo. Eran mujeres, jóvenes, hombres, madres, deportistas, estudiantes, campesinos, obreros, trabajadores de cuello blanco, intelectuales, artistas, etcétera. Los miles de asesinatos presentan esta dimensión de la guerra global contra la subversión comunista. Las dictaduras de ayer fueron conocidas como regímenes burocrático-autoritarios.

Hoy, el golpe de Estado en Brasil (2016) no conlleva la presencia de las fuerzas armadas, tampoco saca los carros blindados ni se bombardean palacios de gobierno. La nueva derecha prefiere recurrir a los poderes Legislativo y Judicial. Es un robo más limpio, sin demasiados daños colaterales. Pero no nos engañemos, siempre fue una opción, simplemente no pudieron practicarla. Hoy sí es viable.

En América Latina, la derecha jamás alcanzó los votos para controlar el parlamento con mayoría suficiente y poner en marcha el juicio político. Fue el caso de Chile. En marzo de 1973 se celebraron elecciones legislativas; la Unidad Popular obtuvo 44 por ciento de los votos, lejos quedaban los 2/3 necesarios para derrocar institucionalmente al presidente Salvador Allende. A lo más, lograron emitir proclamas llamando a las fuerzas armadas al golpe de Estado, legitimando su actuación. Eso aconteció en Brasil en 1964 y en Uruguay en 1973.



La entrada en escena de gobiernos populares y los llamados progresistas, a partir del triunfo de Hugo Chávez en Venezuela (1998), disparó las alarmas. Le siguieron Bolivia, Ecuador, Paraguay, Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay, sumándose los sandinistas en Nicaragua, el Frente Farabundo Martí en El Salvador y Manuel Zelaya en Honduras. El mapa neoliberal se resquebrajaba. Pocos previeron a finales del siglo XX la emergencia de proyectos anticapitalistas y contra el neoliberalismo. El fallido golpe de Estado en Venezuela, en 2002, supuso el retorno del golpe de Estado como dispositivo político.

El triunfo político y económico del neoliberalismo, considerado irreversible, había aparcado los golpes de Estado. ¿Para qué agitar su fantasma? Mientras no hubo alternativas, la derecha no hizo uso de ellos. Hoy se muestran imprescindibles para recuperar el espacio perdido. Brasil marca el camino, como hiciera en 1964. Acabar con el gobierno democrático es su objetivo, y revertir las políticas sociales, de allí que sea un golpe de Estado en toda regla.



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jueves, 20 de octubre de 2016

CULTURA/ RAYMOND WILLIAMS






1. Cultura

En el centro mismo de un área principal del pensamiento y la práctica modernos aparece un concepto que es frecuentemente utilizado en las descripciones, «cultura», que en sí mismo, en virtud de la variación y la complicación, comprende no sólo sus objetos, sino también las contradicciones a través de las cuales se ha desarrollado. El concepto funde y confunde a la vez las tendencias y experiencias radicalmente diferentes presentes en formación.
Por tanto, resulta imposible llevar a cabo un análisis cultural serio sin tratar de tomar conciencia del propio concepto; una conciencia que deber ser histórica, como veremos más adelante. Esta vacilación ante lo que parece ser la riqueza de la teoría desarrollada y la plenitud de la práctica lograda, adolece de la incomodidad, e incluso de la ineptitud, de cualquier duda radical.

Literalmente, es un momento de crisis: una conmoción de la experiencia, una ruptura del sentido de la historia, que nos obligan a retroceder desde una posición que parecía positiva y útil: todas las inserciones inmediatas a una tesis crucial, todos los accesos practicables a una actividad inmediata. Sin embargo, no se puede bloquear el avance. Cuando los conceptos más básicos –los conceptos, como se dice habitualmente, de los cuales partimos– dejan repentinamente de ser conceptos para convertirse    en problemas –no problemas analíticos, sino movimientos históricos que todavía no han sido resueltos–, no tiene sentido prestar oídos a sus sonoras invitaciones o a sus resonantes estruendos.




Si podemos hacerlo, debemos limitarnos a recuperar la esencia en la que se han originado sus formas.    Sociedad, economía, cultura: cada una de estas «áreas», identificadas ahora por un concepto, constituye una formulación histórica relativamente reciente. La «sociedad» fue la camaradería activa, la compañía, «el hacer común», antes de que se convirtiera en la descripción de un sistema o un orden general. La «economía» fue el manejo y el control de un hogar familiar y más tarde el manejo de una comunidad, antes de transformarse en la descripción de un perceptible sistema de producción, distribución e intercambio. La «cultura», antes de estas transiciones, fue el crecimiento y la marcha de las cosechas y los animales y, por extensión, el crecimiento y la marcha de las facultades humanas.

Dentro de su desarrollo moderno, los tres conceptos no evolucionaron armónicamente, sino que cada uno de ellos, en un momento crítico, fue afectado por el curso de los demás. Al menos, éste es el modo en que hoy podemos comprender su historia. Sin embargo, en el curso de los cambios verdaderos, lo que se mezcló con las nuevas ideas, y en alguna medida se fijó a ellas, fue un tipo de experiencia siempre compleja y sin ningún precedente absoluto. La «sociedad», con el acento que se le adjudicó con respecto a las relaciones inmediatas, fue una alternativa consciente ante la rigidez formal de un orden heredado, considerado más tarde como un orden impuesto: el «Estado». La «economía», con el acento que se le adjudicó en relación con el manejo y el control, fue un intento consciente de comprender y controlar un cuerpo de actividades que habían sido asumidas no sólo como necesarias, sino como actividades ya dadas. Por tanto, cada concepto interactuaba con una historia y una experiencia cambiantes. La «sociedad», elegida por su sustancia y su necesidad primordial, la «sociedad civil», que podría ser distinguida de la rigidez formal del «Estado», se convirtió a su vez en algo abstracto y sistemático.



En consecuencia, se hacían necesarias nuevas descripciones de la sustancia inmediata que la «sociedad» eventualmente excluía. Por ejemplo, el «individuo», que alguna vez había significado el concepto de lo indivisible, un miembro de un grupo, fue desarrollado hasta convertirse en un término no sólo esperado, sino incluso contrario: «el individuo» y la «sociedad». La «sociedad», en sí misma y en lo que respecta a sus términos derivados y calificados, es una formulación de la experiencia que hoy sintetizamos bajo la denominación de la «sociedad burguesa»: su creación activa contra la rigidez del «Estado» feudal; sus problemas y sus límites dentro de este tipo de creación; hasta que, paradójicamente, se distingue de –e incluso se opone a– sus propios impulsos iniciales.

Del mismo modo, la racionalidad de la «economía», considerada como un modo de comprender y controlar un sistema de producción, distribución e intercambio en relación directa con la institución actual de un nuevo tipo de sistema económico, se conservaba aunque se veía limitada por los mismos problemas que afrontaba. El verdadero producto de la institución racional y del control era proyectado como algo «natural», una «economía natural», con leyes del tipo de las leyes del («invariable») mundo físico.    

La mayor parte del pensamiento social moderno parte de estos conceptos y de las notas inherentes a su formación, de sus problemas aún por resolver y que habitualmente se dan por sentado. Por lo tanto, existen un pensamiento «político», «social» o «sociológico» y «económico», y se supone que ellos describen «áreas», entidades comprensibles. Habitualmente, se agrega, aunque a veces de un modo reluctante, que existen, por supuesto, otras «áreas»: fundamentalmente el área «psicológica» y el área «cultural». Sin embargo, en tanto es mejor admitir éstas que rechazan aquéllas, habitualmente no se percibe que sus formas provienen, en la práctica, de los problemas irresolutos de la configuración inicial de los conceptos. ¿Es la psicología «individual» («psicológica») o «social»? Este problema puede descartarse a fin de discutirlo dentro de la disciplina apropiada hasta el momento en que se descubre que el problema de qué es «social» lo ha dejado sin resolver el desarrollo predominante de «sociedad».





¿Comprendemos la «cultura» como «las artes», como «un sistema de significados y valores» o como un «estilo de vida global» y su relación con la «sociedad» y la «economía»? Los interrogantes deben plantearse, pero es sumamente difícil que seamos capaces de ofrecer una respuesta a menos que reconozcamos los problemas que se hallan implícitos en los conceptos de «sociedad» y «economía», que han sido transmitidos a conceptos tales como «cultura» en virtud de la abstracción y la limitación que caracterizan a tales términos.    

El concepto de «cultura», cuando es observado dentro del contexto más amplio del desarrollo histórico, ejerce una fuerte presión sobre los términos limitados de todos los demás conceptos. Ésta es siempre su ventaja; asimismo, es siempre la fuente de sus dificultades, tanto en lo que se refiere a su definición como a su comprensión. Hasta el siglo XVIII todavía era el nombre de un proceso: la cultura de algo, de la tierra, de los animales, de la mente. Los cambios decisivos experimentados por la «sociedad» y la «economía» habían comenzado antes, en las postrimerías del siglo XVI y durante el siglo XVII; gran parte de su desarrollo esencial se completó antes de que la «cultura» incluyera sus nuevos y evasivos significados.

Esta situación no puede comprenderse a menos que tomemos conciencia de lo que había ocurrido a la «sociedad» y a la «economía»; de todos modos, nada puede ser plenamente comprendido a menos que examinemos un decisivo concepto moderno que en el siglo XVIII necesitaba una nueva palabra: civilización…



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martes, 18 de octubre de 2016

Eduardo Galeano: Una entrevista al Che Guevara









(El diálogo con el Che fue publicado en No. 266 enero-marzo/2012 pp. 129-132 el semanario Mondo Nuovo, de Roma, y en el diario Época, de Montevideo, a principios de octubre de 1964. La versión posterior apareció, tres años después, en Monthly Review, de Nueva York, y en el semanario Marcha de Montevideo).


La imagen del Che guerrillero en Santa Clara lo presentía batiéndose en la inhóspita jungla boliviana, y se me mezclaba en la cabeza con el recuerdo del Che en la conferencia de Punta del Este, estadista brillante, economista, sombrío profeta; aquel intelectual refinado que leía antologías de Aguilar en la Sierra Maestra, se sabía de memoria buena parte del Canto general, hablaba con admiración de las novelas de Carpentier y se reía del realismo socialista. Pero por sobre todas las imágenes, o sumándolas, una surgía: era el Che contestando, en conferencia de prensa, la pregunta de un idiota interesado en saber si él era argentino, cubano o qué: –Yo soy ciudadano de América, señor –había dicho. Cuando conversamos en La Habana, le comenté: El destino de Cuba está íntimamente entrabado con el destino de la revolución latinoamericana. Cuba no puede ser coagulada dentro de fronteras; funciona como motor de la revolución continental. ¿O no? Y me contestó:
Podría haber posibilidades de que no. Pero nosotros hemos eliminado las posibilidades de que no. La posibilidad de que los movimientos revolucionarios latinoamericanos no estuvieran directamente ligados a Cuba, hubiera podido concretarse si Cuba accedía a dejar de ser ejemplo para la revolución latinoamericana. Por el solo y simple hecho de estar viva, no es un ejemplo. ¿De qué modo es un ejemplo? Del modo como la revolución encara las relaciones con los Estados Unidos y el espíritu de lucha contra los Estados Unidos. Cuba se podía transformar en un ejemplo puramente económico, digamos.

Una especie de vitrina del socialismo.
Una vitrina. Esa sería una fórmula que hasta cierto punto garantizaría a Cuba, pero que la divorciaría de la revolución latinoamericana. No somos vitrina.

¿Y cómo se irradia una fuerza de ejemplo que no termine en la contemplación? ¿A través de la solidaridad? ¿Pero hasta dónde puede llegar, cuáles son sus límites? ¿Cómo definiría usted la necesaria solidaridad entre Cuba y los movimientos de liberación en América Latina?
El problema de la solidaridad (sí, sí; claro que esto se puede escribir) consiste en hacer por la revolución latinoamericana todo lo que sea factible dentro de una situación de derecho, y una situación de derecho es una relación entre distintos países que llegan a un equilibrio en sus intercambios ideológicos o políticos, sobre la base de convenciones mutuamente acatadas.

Situación que se da, solamente, con tres países.
Con dos. Bolivia rompió relaciones esta tarde.

Descontaba que el Uruguay no demoraría en hacer otro tanto. Tengo la impresión [le dije] de que la ruptura del gobierno chileno sorprendió a los cubanos.
¿Cómo que nos sorprendió? No nos sorprendió en absoluto.

Sin embargo, la gente, en la calle, parecía realmente asombrada.
La gente, puede ser. El gobierno, no. Nosotros sabíamos lo que se venía.

Le pregunté qué opinaba de ciertas declaraciones del FRAP chileno sobre Cuba, poco antes del triunfo de Frei.
Pues nos pareció terrible [dijo].

Sugerí que podía ser el fruto de las circunstancias: los imprescindibles zigzags en la ruta hacia el poder a través de las relaciones. Afirmó:
El poder, en Latinoamérica, se toma por las armas o no se toma.

Movió la cabeza y agregó:
Ponga: en líneas generales.




Digamos entonces la ruta hacia el gobierno, ya que no el poder. Confundir una cosa con la otra puede resultar grave, ¿verdad? Eso pasó en Brasil, ¿no? Pero entonces el Che recordó que estaba delante de un periodista: la espontaneidad y la cautela se robaban el sitio a lo largo de las tres horas de conversación. En el supuesto caso de que nuevas revoluciones estallaran en América Latina, ¿no se produciría un cambio de calidad en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos?
Se ha hablado de la posibilidad de un acuerdo de coexistencia, sobre determinadas bases. Pero si el incendio se propaga, y el imperialismo se ve obligado a echar agua al fuego, ¿cuál será entonces la situación de Cuba, es decir, de la chispa?
Nosotros definimos la relación entre Cuba y los Estados Unidos, en la época actual, como un automóvil y un tren que van corriendo más o menos a la misma velocidad, y el automóvil tiene que cruzar el paso a nivel. A medida que se acerca al paso a nivel, se acerca la posibilidad de confrontación y de choque. Si el automóvil –que sería Cuba– cruza antes que el tren, es decir, si la revolución latinoamericana adquiere cierto grado de profundización, ya se ha pasado al otro: ya Cuba no tiene significación. Porque a Cuba no se le ataca por despecho del imperialismo, sino que se la ataca por la significación que tiene. Quiero decir que si se profundiza la situación revolucionaria en Latinoamérica, hasta un punto tal que obligue a un empleo grande de las fuerzas norteamericanas, una serie de territorios ya no tendrían significación. Ya se habría atravesado el paso a nivel. Nosotros vamos agravando nuestras confrontaciones con los Estados Unidos, día a día, objetiva y fatalmente, a medida que se agrava la situación en Latinoamérica –y lo mejor que tiene es lo mal que está. Ahora, si la situación se agrava tan convulsivamente que obliga a los Estados Unidos, en gran escala, a utilizar fuerzas y recursos grandes, por su propio peso la significación de Cuba desaparece. Ya el problema fundamental no es Cuba, como catalizadora, porque ya se ha producido la reacción química. La incógnita es: si cruzaremos o no antes que el tren. Podríamos frenar, pero es difícil que frenemos.

Con tales perspectivas, ¿hasta qué punto es posible la coexistencia?
No se trata de Cuba, sino de los Estados Unidos. No le interesa Cuba a los Estados Unidos, si la revolución no cuaja en Latinoamérica. Si los Estados Unidos dominaran la situación, ¿qué les importaría Cuba?

Y en el supuesto caso de que la revolución latinoamericana no estallara, ¿es posible que Cuba siga adelante?
Claro que es posible.

¿A largo plazo?
A largo plazo. Ya pasó el período peor del bloqueo.




No me refiero solo a la subsistencia física. Quiero decir si el aislamiento de Cuba de sus fuentes nutricias latinoamericanas no podría producir problemas de otro orden: deformaciones internas, rigidez ideológica, lazos cada vez más fuertes de dependencia. Una revolución latinoamericana enriquecería, sin duda, al marxismo: permitiría aplicar mejor los esquemas a nuestra realidad peculiar. Y si la revolución se latinoamericanizara, ¿permitiría que Cuba recobrara su marco natural de existencia? No es una afirmación: es una pregunta.
Me parece un poco idealista la cosa. Uno no puede hablar de fuentes nutricias. Las fuentes nutricias son la realidad cubana, cualquiera que ella sea, y la aplicación correcta del marxismo-leninismo al modo de ser del pueblo cubano en determinadas condiciones. El aislamiento puede provocar muchas cosas. Por ejemplo, que nos equivoquemos en la forma de apreciar la situación política en Brasil; pero distorsiones en la marcha de la revolución, no. Claro que es más fácil para nosotros hablar con un venezolano que con un congolés, pero en definitiva nos entenderemos perfectamente con los revolucionarios congoleses, aunque no hemos hablado todavía con ellos. Hay una identidad en la lucha y en los fines. Una revolución en Zanzíbar nos puede dar también cosas nuevas, experiencias nuevas; la unión de Tangañica y Zanzíbar; la lucha de Argelia; la lucha en Vietnam. Tenemos el delantal indígena de nuestra madre americana, decía Martí, y está bien, pero nuestra madre americana desde hace tiempo ha pasado por sucesivas cruzas. Y cada vez más los sistemas son mundiales: un sistema mundial del capitalismo y un sistema mundial del socialismo. El hecho de que Argelia sea libre fortalece a Cuba; la existencia de Guinea la fortalece; la del Congo, también. Nosotros siempre mantenemos muy clara esa idea: la identidad de Cuba con todos los movimientos revolucionarios. A pesar de los parentescos raciales, religiosos, históricos, Argelia está más cerca de Cuba que de Marruecos.

¿Y más cerca de la URSS que de Marruecos?
Eso tendrían que contestarlo los argelinos.

Cuando usted habla de «sistema mundial del socialismo», menciona países que no integran el bloque socialista. En esos países, movimientos de carácter nacionalista, canalizándose hacia el socialismo, le han impreso un fuerte sello propio.

El resultado final, necesariamente, es que siempre se va hacia una integración marxista, o se regresa hacia el campo capitalista. El Tercer Mundo es un mundo de transición. Existe porque, dialécticamente, existe siempre, entre los contrarios, un campo donde se profundizan las contradicciones. Pero no se puede mantener aislado ahí. La propia Argelia, a medida que avanza en la profundización del sistema socialista, deja paulatinamente el Tercer Mundo.
¿No se puede hablar de un Tercer Mundo transversal al propio bloque socialista? El conflicto, ya no sordo, entre chinos y soviéticos, fue analizado por algunos pensadores marxistas, como Paul Baran, como una consecuencia de las contradicciones internas entre los países socialistas, con diferentes niveles de desarrollo y diferentes grados de confrontación con el imperialismo.
La muerte de Paul Baran me produjo una profunda impresión. Yo lo estimaba mucho; él había estado aquí, con nosotros. 

Imperturbable, movía su habano, en silencio; miraba mi lápiz bic como a un intruso protagonista del diálogo; decidí guardarlo. En adelante, el Che Guevara respondió a un bombardeo de preguntas sobre temas económicos. De la Conferencia de Ginebra («la razón la tienen unos, pero las cosas las tienen otros») a los errores cometidos en el proceso económico interno, el Che Guevara habló largo y tendido. Hasta que un enemigo irrumpió en la habitación para recordar al ministro de Industrias que su rival le aguardaba desde hacía veinte minutos ante el tablero de ajedrez, en el piso de abajo. Y no era cosa de perderse el campeonato así como así.






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