jueves, 4 de agosto de 2011

ANTIPOEMAS / Nicanor Parra



MUJERES

La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,
La señora de mármol de Carrara
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse
Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámara nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudó por simpatía
(Porque le encanta la música clásica),
La pelirroja que se fue de bruces,
La que sólo se entrega por amor,
La doncella que mira con un ojo,
La que sólo se deja poseer
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los órganos sexuales,
La que se une sólo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo),
La mujer que se entrega porque sí
Porque la soledad, porque el olvido…
La que llegó doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(Ella no quiere nada con el falo),
Todas estas walkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacándome de quicio.




TRES POESÍAS

1

Ya no me queda nada por decir
Todo lo que tenía que decir
Ha sido dicho no sé cuántas veces.

2

He preguntado no sé cuántas veces
Pero nadie contesta mis preguntas,
Es absolutamente necesario
Que el abismo responda de una vez
Porque ya va quedando poco tiempo.

3

Sólo una cosa es clara:
Que la carne se llena de gusanos.





PIDO QUE SE LEVANTE LA SESIÓN

Señoras y señores:
Yo voy a hacer una sola pregunta:
¿Somos hijos del sol o de la tierra?
Porque si somos tierra solamente
No veo para qué
Continuamos filmando la película:
Pido que se levante la sesión.

Nicanor Parra

miércoles, 3 de agosto de 2011

Álvaro Cunqueiro



VOLANDO CON EL TRUENO

Hace exactamente dos años que me senté a esta misma máquina, en la redacción de “Faro de Vigo”, a escribir mi primer artículo de esta ya quizás excesiva serie de “El envés”. Y lo titulaba así: “Volando con el trueno”. No lo quiero releer. Supongo que hablaría de Cuchulain, y del arcángel Izrail, y del enano secreto del Basileo, y del mago Virgilio, tan famoso en la Edad Media romana, leyenda del Virgilio latino de la melancolía geórgica y de los viajes de Eneas, el último nostos de la diáspora troyana. Escribí aquel artículo porque aquél día abría sus rayos una tormenta en el fondo de saco de la ría, sobre la isla de San Simón y el Berdugo, bajo la puente militar de Sampaio –escribíamos Berdugo con B, que es lo propio-, y sonaba el trueno solemnemente, lo mismo que hoy, en que me cogió la tronada en las afueras, sentado entre boticarios, comiendo honestamente en honor de su presidente provincial, Domingo Fernández del Riego, bajo una parra de alicante morisco, que por cierto abre muy bellamente y es la tal para una sombra de mayo. Estábamos en la segunda queimada cuando comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, deslizadas de las amplias hojas de la parra, gruesas gotas. Esto le hubiera gustado a esos eruditos y poetas chinos que yo cito tantas veces, los cuales consideraban que unas gotas caídas de las ramas de los árboles, en verano, tras la tormenta, eran una caricia perfecta para la cabeza de un hombre feliz.




Cuchulain mandaba con su dedo índice de la mano derecha los rayos a ahogarse en el océano. Era el príncipe de los nubeiros entre los gaélicos, de esos humanos que arriendan el rayo, o como Emil, el sobrino de Diterico de Berna, lo saben transformar en rutilante espada o en larga lanza. No sé dónde leí –que ya van olvidados los más de los libros, compañeros de mocedad- que en Zelanda, en las aldeas, los labriegos y pescadores cebaban a una mujer, la cual, engordando, con sus mantecas ahuyentaba la chispa. He sido una vez, en el País Vascongado, dueño de una piedra serpentina, de una ofita, que procedía de cabaña de pastor pirenaico, en la cual hacía oficio de espantarrayos en los días tormentosos, y en las horas calmas servía para, calentada en las brasas y metida luego en la olla de barro, ayudar a hervir presto a la leche, a la que daba un sabor peculiar. Los vascones le llaman a la piedra serpentina cincunegui, que vale por “piedra de la cigüeña”. También la Ciconia alba, en las altas torres donde anida, preserva del rayo…



Digo todo esto para que se vea que soy el ser menos imaginativo que ande por ahí, y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo, y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana. Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de éstos días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, la razón de continuar.




De continuar contra la miseria, contra la violencia, contra el terror, contra la mentira. Es el hombre el animal más extraño, que decía el Estagirita, pero también la hierba más débil. Resiste porque sueña, y porque el amor hace olvidar el hambre. Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana. Dante encontró a los tristes en el Infierno. Le decían al gibelino: “Tristes fuimos en el dulce aire que del sol se alegra…”. El gibelino y yo vamos, al borde de la tiniebla, creyendo que toda hora es alba.

Álvaro Cunqueiro

lunes, 1 de agosto de 2011

Nicanor Parra





“… para eso se escribe, escribimos porque nos sentimos mal y queremos sentirnos bien y, ¿cómo hacemos para sentirnos bien? A través de combinaciones felices de palabras”

“La propia poesía nerudiana me da la razón: “Qué pura eres de sol o de noche caída/qué triunfal, desmedida, tu órbita de blanco/y tu pecho de pan alto de clima/tu corona de árboles negros, bien amada,/huele a sombra y a precipitada fuga tiránica”… Es una poesía hipnótica.
Yo personalmente estoy por una poesía que produzca el efecto contrario. A mí no me interesa mandar a dormir al lector sino lo que me interesa es despertarlo. Prefiero que un poema sea como un balde de agua fría que se echa en la cabeza del lector para concientizarlo, antes que la poesía como droga.”




“Yo creía que la poesía era rimar ‘azul’ con ‘tul’ hasta que un día, estando en Londres, me choqué con un verso de John Donne que decía: “Death be not proud” (Muerte no seas orgullosa), y eso me cambió totalmente la idea que me había formado de la poesía y ahí nomás me puse a escribir los antipoemas.”

“… los argentinos, deberían estar orgullosos del Martín Fierro, el poema tiene de todo, se puede leer de muchas maneras, como un poema épico, como una novela de aventuras, hasta tiene pasajes con imágenes surrealistas antes del surrealismo… Es un poema total, completísimo. El Martín Fierro no es la voz de un hombre, es la voz de un pueblo.”

Nicanor Parra





“Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: Una mezcla.”





“Qué es un antipoeta:
Un comerciante en urnas y ataúdes?
Un general que duda de sí mismo?
Un sacerdote que no cree en nada?
Un bailarín al borde del abismo?
Un poeta que duerme en una silla?”


***

Qué es la antipoesía:
Un temporal en una taza de té?
Una mancha de nieve en una roca?
………………………………
Un ataúd a gas de parafina?
Una capilla ardiente sin difunto?

Marque con una cruz
La definición que considere correcta.

Nicanor Parra