
BECKETT,
EL INCONSOLABLE
Entrevista a Samuel Beckett
por CHARLES JULIET
Llamo al interfón. Me invita a subir. Cuando salgo del ascensor casi me
tropiezo con él. Me estaba esperando en el descanso. Entramos en su despacho.
Me instalo en un canapé frente a su mesa de trabajo y él se sienta en un
taburete, en línea oblicua respecto a mí. Ya ha adoptado la postura habitual en
él cuando está sentado sin hacer nada: una pierna enroscada sobre la otra, la
barbilla apoyada en la mano, la espalda inclinada, la mirada baja.
El silencio se ha apoderado de nosotros y sé que no va a ser fácil romperlo.
Curiosa idea, pensé, interrogar a alguien que no es sino pregunta. Desvía la
mirada, pero cuando noto que sus ojos intentan fijarse en los míos soy yo quien
los desvía. He aquí que estoy ante un hombre cuya obra tanto me ha aportado y
con quien, en mi soledad, he mantenido interminables diálogos. Por todas estas
razones lo considero un amigo y tengo que admitir, no sin asombro, que para él
sólo soy un desconocido. Durante esta entrevista me va a costar mucho trabajo
coordinar esos datos tan agresivamente contrarios.
El silencio es tan denso que se podría cortar con un cuchillo. De pronto
recuerdo, no sin aprensión, que Beckett puede estar con alguien —me lo ha
comentado Maurice Nadeau— y marcharse una o dos horas después sin haber
pronunciado una sola palabra.
Lo observo de reojo. Es serio, sombrío. Tiene las cejas fruncidas. Su mirada es
de una intensidad difícil de sostener. Estoy empezando a ponerme nervioso y
hago lo posible no ya por hablar, sino por emitir algún sonido. Con voz apenas
audible empiezo a explicarle que a los veintidós años intenté leer Molloy y que
no entendí nada del libro y ni tan siquiera sospeché su importancia. Que,
curiosamente, y sin intención alguna de leerlas, fui adquiriendo las obras que
publicó posteriormente. Que en la primavera de 1965, y totalmente por
casualidad, recorrí una docena de líneas de Textos para nada . Que no pude
soltar el libro y lo devoré con pasión. Que me lancé de inmediato sobre su obra
y me quedé profundamente impresionado. Que había leído y releído todas sus
obras. Que lo que más me había impresionado fue ese extraño silencio que reina
en Textos para nada , un silencio al que sólo se puede acceder en el límite de
la más extrema soledad, cuando el ser ha abandonado todo, olvidado todo, y ya
no es sino esta escucha que capta la voz que susurra cuando todo calla. Un
extraño silencio, sí, que prolonga la desnudez de la palabra. Una palabra sin
retórica, sin literatura, jamás perturbada por ese mínimo de invención que
necesita para desarrollar lo que tiene que expresar.
—Sí —admite con voz sorda—, cuando uno se escucha, lo que se oye no es
literatura.
Sé que durante estos últimos meses ha estado gravemente enfermo. Ésa ha sido
precisamente la razón por la que este primer encuentro, que se había fijado
para el 3 de mayo, no pudo llevarse a cabo. El día anterior había estado en la
inauguración de la exposición de Hayden y por la noche se puso enfermo. La
señora Beckett, que me recibió, pronunció la palabra gripe y decidimos no
anular el encuentro previsto sino simplemente retrasarlo unos días. Sin embargo
estuve esperando en vano una llamada telefónica.
Cuatro meses después supe que había tenido un absceso en el pulmón, y en
seguida pensé en si no habría sido una tardía consecuencia de aquel día de
preguerra cuando, una noche, en la calle y sin motivo alguno, le apuñaló un
mendigo.
Le pregunto por su salud y me habla de ella. Después la conversación gira en
torno a la vejez.
—Siempre he deseado tener una vejez tensa, activa... El ser que no deja de
arder mientras el cuerpo huye... He pensado muchas veces en Yeats... Escribió
sus mejores poemas después de los sesenta...
Como respuesta a mis preguntas me habla de los años extremadamente sombríos que
pasó después de que dimitiera de la Universidad de Dublín. Primero vivió en Londres,
después en París. Había renunciado a proseguir una carrera universitaria
iniciada con brillantez, pero no pensaba en convenirse en escritor. Vivía en
una habitación pequeña de un hotel de Montparnasse y se sentía perdido,
aplastado, vivía como un guiñapo. Se levantaba a mediodía y sólo tenía fuerzas
para arrastrarse hasta el café más próximo y desayunar. No podía hacer nada. Ni
siquiera conseguía leer.
—Había aceptado ser un Oblómov... —después añade en voz muy baja, con
cansancio—: Estaba mi mujer... Era difícil...
Le hago más preguntas. Pero no recuerda bien. O a lo mejor no quiere recordar
aquella época. Me habla del túnel, del crepúsculo mental. Después:
—Siempre he tenido la impresión de que dentro de mí había un ser asesinado.
Asesinado antes de mi nacimiento. Tenía que encontrar a ese ser asesinado.
Intentar devolverle la vida... Un día fui a escuchar una conferencia de Jung...
Habló de una de sus pacientes, una chica jovencísima... Al final, mientras la
gente se iba marchando, se quedó callado. Y como hablándose a sí mismo,
asombrado por el descubrimiento que estaba haciendo, dijo:
—En el fondo no había nacido nunca.
Siempre he tenido la impresión de que yo tampoco había nacido nunca.
Además, el final de esta conferencia le proporcionó un episodio de Los que
caen:
"Madame Rooney: Recuerdo que asistí a una conferencia que dio uno de esos
nuevos especialistas de lo mental, no recuerdo cómo se llaman. Decía...
Monsieur Rooney: ¿Un alienista?
Mme: No, no, simplemente la depresión mental. Esperaba que arrojaría un poco de
luz sobre mi vieja obsesión con las nalgas de los caballos.
M: ¿Un veterinario?
Mme: No, no, simplemente el infortunio mental, me acordaré de cómo se dice esta
noche. Nos contó la historia de una niña muy rara y muy desgraciada, y cómo,
después de haber intentado curarla sin éxito durante años, había tenido que
acabar renunciando. No le había encontrado nada anormal, no tenía nada. Lo
único que ocurría, según él, es que se estaba muriendo. Así pues, se lavó las manos,
y efectivamente murió al poco tiempo.
M: ¿Qué tiene eso de extraordinario?
Mme: No, es sólo una cosa que dijo y su manera de decirlo lo que me ha estado
obsesionando posteriormente.
M: Piensas en ello por la noche, en tu cama, retorciéndote cómo un gusano, sin
poder cerrar los ojos.
Mme: Pienso en eso y en otros... horrores. (Pausa.) Cuando acabó de hablar de
la niña se quedó inclinado un buen rato, por lo menos fueron dos minutos, y
bruscamente levantó la cabeza y exclamó, como si acabase de tener una
revelación: “¡En realidad, nunca había nacido, eso es lo que ocurría!”.
(Pausa.) Habló sin notas de principio a fin. (Pausa.) Yo me marché antes de que
acabara."
En 1945, Beckett volvió a Irlanda para visitar a su madre, a la que llevaba sin
ver desde que empezó la guerra. Después volvió a visitarla en 1946, y durante
esa estancia tuvo la repentina revelación de lo que debía hacer.
—Comprendí que aquello no podía seguir así. Entonces me contó lo que ocurrió
aquella noche, en Dublín, al final del muelle, en medio de una fuerte
tempestad. Y lo que me dijo es lo mismo que refiere el pasaje de La última
cinta [de Krapp]:
"Espiritualmente fue un año negro y pobre a más no poder hasta aquella
memorable noche de marzo cuando, al final del muelle, en plena tormenta, no lo
olvidaré nunca, todo se me aclaró. Por fin tuve la visión. Lo que vi de pronto
era que la creencia que había guiado toda mi vida, a saber... grandes rocas de
granito y la espuma que surgía a la luz del faro y el anemómetro que giraba como
una hélice..., claro para mí por fin, que la oscuridad que siempre me había
ensañado en reprimir es en realidad mi mejor... indestructible asociación hasta
el último suspiro de la tempestad y de la noche con la luz del entendimiento y
el fuego."
—Había que tirar todos los venenos... (con esta expresión se refiere sin duda a
la decencia intelectual, al saber, a las certidumbres que uno mismo se impone,
al deseo de dominar la vida...), encontrar el lenguaje apropiado... Cuando
escribí la primera frase de Molloy no sabía a dónde me dirigía. Y cuando
terminé la primera parte, ignoraba cómo iba a continuar. Todo ha ido viniendo
solo. Sin tachar nada. No había preparado nada. No había elaborado nada.
Se levanta, saca de un cajón un cuaderno bastante grueso con la cubierta algo
desgastada y me lo da. Es el manuscrito de Esperando a Godot . Es un cuaderno
con las hojas cuadriculadas, con papel de la época de la guerra, gris, áspero,
de mala calidad. Las únicas páginas escritas son las de la derecha, cubiertas
de una escritura difícilmente legible. Lo hojeo con emoción. En la última parte
ha escrito también en la izquierda, pero para leer hay que dar la vuelta al
cuaderno. Efectivamente, el texto no tiene ningún retoque. Mientras yo intento
descifrar algunas réplicas, él musita:
—Todo ocurría entre la mano y la página.
No, no ha leído a los filósofos y pensadores orientales.
—Proponen una salida y yo sentía que no la había. La solución es la
muerte.
Le pregunto si escribe, si todavía puede escribir:
—El trabajo anterior prohíbe cualquier continuación de ese trabajo. Por
supuesto, puedo escribir textos como los de Têtes-mortes. Pero no quiero. Acabo
de tirar a la papelera una obrita de teatro. Cada vez hay que dar un paso
adelante.
Largo silencio.
—La escritura me ha llevado al silencio.
Largo silencio.
—Sin embargo tengo que continuar... Estoy frente a un acantilado y tengo que
seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar
unos cuantos miserables milímetros...
Pero el médico le ha fijado normas estrictas. Es hora de que tome algunas
medicinas y se disculpa por tener que interrumpir un momento nuestra
entrevista.
En la carta que le escribí para pedirle la entrevista, mencioné que yo conocía
a Bram van Velde.
Los une una vieja amistad, pero Bram van Velde vive en Ginebra, nunca escribe
y, por tanto, no tienen ningún contacto.
Me pide noticias suyas.
Frente a su mesa de despacho hay un lienzo de Bram van Velde. Como está detrás
de mí, me levanto para poder verlo.
Es una composición enigmática, pintada antes de la guerra, en un período de
transición.
Yo sé que a Beckett le gusta mucho este cuadro, pero creo poder suponer que al
adquirirlo también quería ayudar a un pintor que lo es taba pasando muy
mal.
Mientras sigo de pie, echo un vistazo por la ventana y, a la difusa luz gris de
este día de finales de otoño, entreveo los tejados y los muros de la prisión de
la Santé.
Me habla de Bram van Velde en un tono que me permite adivinar el gran cariño
que le tiene.
—Era horroroso —prosigue—, vivía en una miseria espantosa. Vivía solo en su
estudio, entre sus lienzos, que no enseñaba a nadie. Acababa de perder a su
mujer y estaba tristísimo... Permitió que me acercara un poco. Tuve que
encontrar un lenguaje, intentar llegar hasta él.
Luego se interesa por mi persona. Por mi trayectoria.
De nuevo le pregunto sobre su trabajo y su obra.
No, no puede hacerse una idea de la carga energética que contiene. Ni imaginar
lo que sus libros pueden representar para quienes los leen.
—Soy como un topo en una topera.
Desde que escribe no lee prácticamente nada, pues considera que ambas
actividades son incompatibles.
Piensa que su ensayo sobre Proust es pedante y se opone a que se traduzca al
francés.
Si ha escogido esta lengua es porque para él era nueva. Conservaba el perfume
de lo extraño. Le permitía escapar a los automatismos inherentes a la
utilización de una lengua materna.
Cuando empezó Molloy escribía por la tarde. Pero luego, de noche, no podía
conciliar el sueño. Entonces se impuso escribir por la mañana.
Considera que su obra tiene cosas flojas. Declara que no le gustan determinados
personajes, que le parece “que no funcionan”.
—Hay algunas cosas flojas necesarias, pero otras no me las perdono.
Le pregunto cómo pasa los días y si todo lo que ha hecho le supone un auxilio
real en estos instantes en los que el ser vacila, siente que pierde el
equilibrio.
—En esos momentos, la enfermedad me ha ayudado mucho.
Mientras se levanta para coger uno de sus libros y lo coloca sobre la mesa para
dedicármelo, dejo que mi mirada se posé largamente sobre él.
Su belleza. Su seriedad. Su concentración. Su sorprendente timidez; La densidad
de sus silencios. La intensidad con la que hace existir lo invisible.
Pienso que, si resulta tan impresionante, evidentemente es debido a que se nota
que lo es, pero también, y sobre todo, a su absoluta sencillez. Una sencillez
de comportamiento, de pensamiento, de expresión. Seguramente, alguien muy
diferente. Un hombre superior. Quiero decir: un hombre humilde, sujeto a la
intimidad de una permanente pregunta sobre lo fundamental. De pronto, esta
evidencia: Beckett, el inconsolable...
En la escalera seguimos hablando un buen rato. Me explica que todavía está muy
cansado y se disculpa por no poder invitarme a cenar. Pero nos hemos citado
para la primavera siguiente y me asegura que entonces cenaremos juntos.
Me pregunta con interés en qué voy a emplear mi estancia. Le respondo que no
tengo ningún proyecto y que si he venido a París es exclusivamente para
verlo.
—Pero no, no. No tenía usted que haber venido desde Lyon sólo para verme.



(24
de octubre de 1968)
Volvemos a vernos en la Closerie des Lilas. De
nuevo su seriedad, su concentración, su ensimismamiento. Su belleza. Profundas
arrugas en la base de la nariz. Tiene el pelo abundante, corto, mal peinado. Un
rostro modelado, hundido, espiritualizado, por el sufrimiento y la tensión
interior. Y, sin embargo, desprende juventud y vitalidad. Cada vez que lo veo,
lo que más me sorprende es esa tan singular mezcla de silencio, de calma, de
suavidad, de pasividad, de asentimiento, de vulnerabilidad y de lo que
generalmente pasa por lo contrario: una energía, una fuerza que se siente que
son excepcionales, visibles en esa mirada de águila que verdaderamente
impresiona.
Ya se ha hecho el silencio y no sé cómo empezar el diálogo.
Acaban de darme un ejemplar de la monografía que la galería Maeght dedica a
Bram van Velde. Le pregunto si desearía hojearla. La coge. La recorre mirando
con mucha atención las reproducciones; leyendo tres o cuatro veces algunas
páginas del texto.
Hablamos durante mucho tiempo de Bram y me hace varias preguntas.
Después yo le pregunto por su trabajo.
—Siempre tengo algo entre manos. Puede ser largo, pero se va reduciendo cada
vez más.
Cada vez le gusta menos lo que escribe.
Le pregunto si ha tenido dificultades para acceder al no querer, al no
poder.
—Sí, hasta 1946 intenté saber para estar en condiciones de poder. Pero luego me
di cuenta de que me equivocaba de camino. Posiblemente, no haya sino caminos
equivocados. Sin embargo hay que encontrar el camino equivocado que te
conviene.
—¿Ha leído usted a los místicos?
—Sí, cuando era joven. Pero no he profundizado en ellos.
Y con tono abrumado:
—La verdad es que nunca he profundizado en nada.
Le oculto mi asombro. Un largo silencio.
Prosigo:
—En las obras de los místicos se pueden encontrar decenas y decenas de frases
comparables a algunas de las que ha escrito usted mismo. ¿No cree que si se
deja de lado la cuestión de las creencias religiosas se pueden encontrar
numerosos puntos en común entre ellos y usted?
—Sí... Posiblemente ha habido a veces una misma manera de experimentar lo
ininteligible.
Sigo hablándole de Bernardo de Claraval. Le digo que he encontrado en su obra
pasajes que tienen el ritmo, el aliento, lo cortante de las mejores páginas de
El innombrable .
Se ríe abiertamente y me para asegurándome que tiene muchas cosas contra
él.
Sé a lo que se refiere y nos reímos juntos.
Volvemos a su obra. Reconoce que ha ido alejándose cada vez más de sus
textos.
—Al final, ya no se sabe quién habla. Hay una desaparición absoluta del sujeto.
A eso es a lo que conduce la crisis de identidad.
Considera que el artista está obligado a desaparecer como individuo ante lo que
hace.
Vuelvo a sus Textos para nada . Cito algunos fragmentos... “Esa nada que
abunda...”. Sonríe.
Me habla de Joyce, de Proust, de que ambos pretendían crear una totalidad y
transmitirla en su infinita riqueza. No hay más que examinar, observa, sus
manuscritos o las pruebas que han corregido. Nunca acababan de añadir y de
volver a añadir. Él actúa de otra manera, hacia la nada, comprimiendo sus
textos cada vez más.
Le hablo de la “pobreza” de su universo, tanto en lo que respecta a la lengua
como en lo que respecta a los medios utilizados: pocos personajes, pocas
peripecias, pocos problemas abordados, y sin embargo todo lo que importa está
dicho, y con qué vigor, con cuánta singularidad.
Admite sonriendo que, en alguna parte, ambas maneras deberán encontrarse.
—A menudo —continúo diciendo— me he preguntado cómo ha sido posible que no haya
usted muerto de vergüenza.
Me va a responder, pero cambia de parecer. Como antes, se queda totalmente ensimismado,
y entonces parece que ya no hay nada vivo en él. La mirada increíblemente
intensa, fija y ciega, el rostro y el cuerpo petrificados...
Al cabo de un largo silencio de varios minutos, reaparece.
Otro largo silencio. Pero creo que debo proseguir. Le digo que estoy
asombradísimo de que haya podido subsistir en él la fe en la escritura y en la
comunicación.
También a él le asombra. Habla de misterio.
Me refiero a la universalidad de su obra. Al hecho de que miles de personas del
mundo entero hayan podido descubrir, leyéndole, lo que hay en lo más recóndito
de su ser y de lo que no tenían conciencia.
Baja la cabeza.
—Ése también es otro misterio.
Continúa hablando pero no oigo algunas de sus palabras pronunciadas en voz
demasiado baja...
Luego X... nos interrumpe..., es un escritor-editor que quiere que Beckett
firme algo.
Cuando X... se retira, después de haber importunado a Beckett con su molesta
insistencia, me doy cuenta de que nuestra entrevista ha terminado.
Se produce un silencio de cuatro o cinco minutos y espero a que dé la señal de
partida.
Pero es él quien me hace preguntas sobre mi persona y mi trabajo.
En diciembre se marchará a Marruecos para no estar en París durante las
fiestas.
Le hablo de Irlanda. En 1968 tuvo que ir a Irlanda durante cinco días a un
funeral, pero ya no va a volver. ¿Qué piensa de esa guerra? No le interesa.
Pero después de unos instantes se refiere a ella con cierta vehemencia. Me cita
esta frase de Mitterrand:
“El fanatismo es la estupidez”.
—Allí, no hay dos fanatismos, sino tres, cuatro, cinco, que a su vez están
desgarrados por otros fánatismos.
Me explica por qué se obstinan en mantener con vida a Franco hasta el 25 [sic]
de noviembre. Ese día será un franquista el que pueda nombrar al jefe de
gobierno, mientras que si muere antes sería alguien del otro lado.
—Ni a Goya se le ocurrió algo parecido.
Sigue yendo a su casa de campo, donde se queda solo durante dos o tres semanas
seguidas. Escribe por la mañana y por la tarde hace algunas chapuzas, o bien
pasea por su prado o, si no, va en coche a visitar lugares más aislados por
donde pasear.
—¿No se siente usted solo?
Hace un gesto de asombro.
—No, no, en absoluto. Al contrario. Pero cuando era más joven no hubiera podido
hacerlo.
Me habla con fervor del silencio. Del placer de poder seguir el curso del sol
desde que se levanta hasta que se pone.
Como un eco de lo que le ha dicho X... hace unos momentos, me habla del afán
por el éxito literario. Recuerda a Van Gogh...
—Cuando uno piensa en que no vendió ni un solo cuadro...
(14 de noviembre de 1975)
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